Escrito en una servilleta: Mamá Licha, mi bisabuela

"Tenías noventa y dos años la última vez que te vi, que me viste, que nos vimos": René Martínez Pineda.

Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1


Tenías noventa y dos años la última vez que te vi, que me viste, que nos vimos. A pesar de que el médico dijo, con rigor burocrático, que la fractura en la cadera, y tu edad avanzada, te iban a hacer imposible caminar, volviste a hacerlo sólo por llevarle la contraria. Estabas sentada en tu vieja mecedora, tarareando tu melodía favorita mientras hilvanabas recuerdos de cuando eras desquiciadamente bella, según consta en las fotografías que guardabas, con recelo y nostalgia, en el cofre que me dijiste, y yo te creí, había pertenecido al último pirata que saqueó Nicaragua. Apenas pudiste cursar segundo grado, pero fue suficiente para comprender el mundo, ese tu mundo que no iba más allá del lindero que clava el amor. Tus ojos fueron lo más oloroso de mi niñez, lo más dulcito que tenían las fiestas patronales. En tu mirada, se fue a esconder el misterio de la panela que amamantó el coraje prehispánico desde el día en que, presintiéndome, participaste en una marcha de mujeres, en 1922. Cuando pronunciaba tu nombre, al final de la tarde, la casa se llenaba de luz: ¡Mamá Licha! -te gritaba, al llegar de la escuela- y mi sonrisa se llenaba de miel para saber igualito que tu mirada.

Siempre supiste cómo ganarte la vida honradamente en el mercado, donde fuiste capaz de vender, sin especulaciones mezquinas, la cantidad exacta de verduras que se necesitan para acabar con toda el hambre del mundo. Sin necesidad de ningún hombre, criaste a tus tres hijos, a tus seis nietos, y el amor y el canasto de verduras te alcanzaron para criar, incluso, a tus doce bisnietos. Todas las noches, mientras me enseñabas amuletos indígenas, me contaste increíbles leyendas de curas sin cabeza, de fantasmas doloridos vagando por los ríos, de mujeres que se convirtieron en cigarras por la pérdida de sus hijos, de perros con ojos de fuego y lenguas prominentes. Entre todas las cosas de la casa, eras la columna más fuerte. Entre las flores del patio, eras la que florecía todos los días. Entre los sonidos de la noche, eras la oración que me protegía de todo mal.

En las fiestas patronales, te ponías el vestido más bonito que tenías -el de puntos alegres y círculos incansables-, y escondías en tu delantal cinco monedas de plata que, susurrando, me decías que eran mágicas, y yo te creía. Entonces, me llamabas desde el viejo zaguán, y yo salía corriendo a toda prisa porque sabía que era hora de ir a las ruedas. Caminabas tras de mí, callada, nostálgica, respirando la felicidad que yo iba dejando regada por el camino, como si fueran pedazos de sonrisas deshojados por la fascinación. Metiendo mil veces tu mano en el delantal, me comprabas enredos, dulces típicos, algodón de azúcar, panes con gallina accidentada, elotes locos, tostadas de plátano, mango con limón, sal, chile y alguashte. Pero, lo más dulcito de todo, eran tus ojos celestes, cansados, pensativos, bellos, llenos de mí. Y siempre volvíamos a casa con las mismas cinco monedas de plata: para que vengamos mañana, otra vez, me secreteabas, sonriendo, y los sueños se alumbraban bajo mi almohada.

Los dos grados que estudiaste, no te sirvieron de mucho para entender los líos macroeconómicos, ni las leyes de la dialéctica, ni la hipocresía de la moral, ni los enigmas más negros de la religión y la política… y por eso te refugiaste en los poemas que memorizaste, cuando niña, los cuales aún recito cada vez que pronuncio tu nombre. De Historia, sabías lo que habías vivido –en carne propia o por voz ajena-, y eso fue suficiente para que me heredaras la conciencia y la memoria. Me dijiste, y yo te creí, que el tal Colón no descubrió el Nuevo Mundo, sino que, más bien, éste último descubrió la maldad nueva y la nueva maldad. Me dijiste, y yo te creí, que no era tan importante que el hombre pusiera un pie en la Luna, sino que pusiera sus ojos en el cielo. Para ti, eso del Mercado Común Centroamericano, sólo era una frase, puesta en letras grandes y gruesas, que nada tenía que ver con tu canasto de verduras… y tenías mucha razón.

Así me explicaste el mundo, porque así lo entendías: de forma humana, de forma justa, de una forma que, por elemental, era endemoniadamente cierta, tan cierta como el desprecio que sentías por aquellos que se aprovechaban de la ignorancia de la gente, tu gente; tan cierta, como la ilusión que te despertaba el verme estudiar fuera de la escuela, o el ir a recoger las estrellas fugaces, que caían en el  patio, para iluminar con ellas las trenzas de tu pelo blanco, oloroso a incienso pipil. 

Llegaste al final de tu vida sin más diccionario que las cosas que tocaste, y sin más posesiones que el amor que todos te dimos, especialmente yo. Nunca te dije cuánto te amaba, porque nunca fue necesario: tú lo leías en mis ojos. Te gastaste conmigo todas las palabras bonitas que conocías, sobre todo cuando, por la noche, te sentabas en la mecedora a contemplar un universo del cual desconocías sus leyes.

Una tarde, aprovechando que yo estaba distraído, te moriste, a solas, para que no fueran mis lágrimas lo último que verías. Aunque, hoy te lo confieso, yo siempre supe que no habías muerto; supe que, simplemente, te habías deshojado como lo hacía la flor que tanto cuidabas.

Todavía, cuando con mis hermanas pronuncio la palabra: “panela”, la boca se nos llena de miel, y entonces pensamos en ti, justo en el instante en que la noche se ilumina con sólo recordar tu nombre: Mamá Licha, y al nomás pronunciar la última letra, siento cómo ronda por mi cara la mano leve que me enseñó a ser feliz. Por eso, cuando compro dulces típicos en las fiestas patronales, es como si besara tu mirada.