Escrito en una servilleta: Los mil y un día sin homicidios: cuando los números se convierten en personas

"Los mil y un días sin homicidios son, al final, los mil y un días de reinvención del país": René Martínez Pineda.

Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1

En los treinta años en los que, como si hubiéramos regresado al oscurantismo, el país fue uno de los más peligrosos del mundo -con tasas de homicidios de tres dígitos- el problema de la inseguridad ciudadana tomó posesión del imaginario colectivo, pero no para resolver el problema, sino para acomodarse cultural y socialmente a él (la mala adaptación antropológica), pues esa fue la estrategia de los gobiernos de turno para construir el Estado Delincuencial idóneo para fomentar el miedo, la corrupción y la impunidad. No era un problema coyuntural irrelevante o secundario, ni era una percepción falsa de la realidad, era el problema urgente de la inmensa mayoría de la población, lo cual quedaba evidenciado en las tasas de homicidios que siempre iban al alza, y en la victimización y revictimización de los ciudadanos honrados que esperaban un milagro cada vez que se cambiaba de presidente. Y es que, tanto los partidos políticos dominantes en esos treinta años, como los medios de comunicación, las ongs defensoras de los derechos humanos (los de los victimarios, hay que aclarar), las iglesias y las empresas que se nutrían con la sangre de los salvadoreños, supieron instalar la narrativa de los victimarios para justificar la violencia como “un mal necesario”, para institucionalizar las pandillas como sujetos sociopolíticos con derecho a controlar y dividirse el territorio (expropiación de lo cotidiano), y para legitimar la figura del pandillero, presentándolo como un modelo de movilidad social. Así de lapidario e infame.    

Sin embargo, la delincuencia masiva, que parecía un callejón sin salida o un laberinto sin centro, empezó a resolverse con la llegada de Nayib Bukele al poder, quien empezó a liderar un plan de combate frontal al delito que tiene componentes de prevención del mismo, lo cual, como país, nos llevó de ser, uno de los más peligrosos del mundo, a ser el más seguro del hemisferio occidental, bajando drásticamente la tasa de homicidios en menos de cuatro años, años en los que empezamos contar, uno a uno, los “días sin homicidios”, en lugar de contar, con morbo, los muertos de cada día. Resolver, como lo urgente, el problema de la delincuencia, ha sido la acción democrática más fulminante y radical en la historia del país, ya que eso permitió rescatar la pertinencia y vigencia del Estado, pues brindar seguridad a los ciudadanos es su deber y razón de ser, y, además, es un derecho de la población, la que espera que los cuerpos de seguridad garanticen la seguridad “en el territorio”, para pasar a ser ella la garante de la seguridad “desde el territorio”. Esto último es posible cuando la seguridad ciudadana gobierna las relaciones sociales.

Hoy, que se acaban de alcanzar mil días sin homicidios, la seguridad ciudadana ya forma parte del imaginario colectivo, y ha sido llevada al nivel de bien cultural de la población, tangible e intangible. Ahora bien, a partir de ese número cabalístico y simbólico, el conteo vuelve a cero, para mantener la aspiración y la determinación de que la violencia social no vuelva sobre sus pasos, para lo cual se necesita de la conjunción armoniosa de los tres poderes del Estado, que son los que, como sujetos sociales de nuevo tipo, van a garantizar que los monstruos de la vieja sociedad (que se tarda en morir) no logren que: el pasado, vuelva a pasar, y para ello se necesita resolver, como acto seguido y continuado, el problema más importante: la desigualdad social.  

Mil días sin homicidios, significan: mil días sin miedo a salir a la calle o a pasear de noche por la comunidad y el centro histórico; mil días sin lágrimas de los familiares de las víctimas; mil días sin tronarse los dedos esperando el regreso a casa de los hijos, sanos y salvos; mil días sin funerales anónimos y súbitos; mil días sin sufrir la angustia cotidiana de pagar la extorsión; mil días sin ser amenazados ni silenciados y cegados; mil días sin salir huyendo del país con la ilusión de correr más rápido que la muerte; mil días que derrotan a los dos siglos de violencia institucionalizada, cuya última expresión fue una guerra social de pobres contra pobres.

Si hace años, el miedo a la delincuencia fue un producto y premisa de la muerte, hoy la aspiración de ser un país digno y seguro es la premisa y producto de la transformación social en favor de las víctimas. Todavía el camino sigue siendo largo y difícil, porque persisten las secuelas de la dimensión tangible e intangible de la violencia social, aunque la probabilidad estadística de ser víctima de un delito ha disminuido de forma significativa. Siendo así, la construcción de la seguridad ciudadana, como un hecho cultural, demanda un enfoque cualitativo, más que cuantitativo, y eso nos remite a la narrativa a utilizar para profundizar en la cotidianidad subjetiva de la seguridad ciudadana, en cuanto verdad pragmática estudiada, comprendida e impulsada a través de una aproximación al hecho sociológico desde la lógica de movimiento de los sujetos sociales, pues son ellos los que, de forma individual y colectiva, le dan sentido y significado a la sensación de seguridad, poniéndole un rostro humano a los datos sobre la tasa de homicidios. 

Los mil y un días sin homicidios son, al final, los mil y un días de reinvención del país, y mantener ese ritmo, en los próximos años, requiere de una disciplina férrea.