"La decisión ya estaba tomada desde hacía unas horas, sólo era cuestión de toparse con el momento y el lugar propicio para rendirse a la fuerza ardiente": René Martínez Pineda.
Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1
La situación fue tan sorpresiva, alucinante y demoledora, que pensó que ese era el único camino posible para salir, de una vez por todas, del tormento carnal en el que había caído, esa mañana, unos minutos antes de escuchar la última ponencia sobre el suicidio desde la óptica de Durkheim, y que lo dejó en una condición de sumisión realmente lamentable. Sin pensarlo, ni un tan solo minuto, sin sopesar los resultados que se miden con lágrimas ajenas, se lanzó de la terraza del hotel Plaza, en La Habana Vieja, desde cuyas sobrias, tibias y amplias habitaciones, estilo colonial tardío, podía sentirse el aroma febril del legendario bar, “Floridita”, y, a medianoche, hasta se podía oír el rumor erudito de Hemingway garabateando, ferozmente, “el viejo y el mar”. Pero la decisión ya estaba tomada desde hacía unas horas, sólo era cuestión de toparse con el momento y el lugar propicio para rendirse a la fuerza ardiente que, mostrándole la fascinación que se oculta en un vientre patrio, le trastocó la cordura con una tan sola imagen que, desde ese preciso instante, le empezó a martillar la cabeza y a ponerle la boca como un río desbordado.
Se lanzó al vacío, y vacío, por desilusión, por desencanto, por impotencia, por un embrujo súbito y opositor –según cita el informe de la policía-, sentimientos que son igual de fuertes, aunque totalmente distintos entre sí, porque pertenecen a mundos subjetivos diferentes, pero que, misteriosamente, provocan la misma congoja indefensa, la cual se envalentona cuando se juntan todos los demonios en la misma persona, y a la misma hora perentoria del otoño. Es entonces cuando la combinatoria salvaje de ambas sensaciones, se convierte en un drama sin salida, en un callejón de los lamentos bancarios, en un pantano insondable y oscuro, en un laberinto de la soledad sin el hechizo de un ombligo identitario y revelador en su centro.
Para tratar de hacer más leve el momento final, pidió un mojito cubano, doble, con unas gotas de sándalo, y se sentó en el lugar preciso para ver y tocar el titiritar de las luces de los autos clásicos que, con sus ojos almendrados, le dan un toque de embrujo a la ciudad, y que por ratos parece que se burlan del tormento ajeno. Eran las nueve de la noche. Durante el último sorbo -que parecía interminable, como si la copa se negara a vaciarse en su boca-, se lanzó al pavimento, totalmente desnudo, totalmente solo, totalmente rendido, totalmente culpable, totalmente frustrado. Una a una, su cuerpo fue pasando por las ventanas del hotel, y hasta se puso a contarlas para que el choque con el piso fuera algo inesperado y, por lo tanto, menos temible y doloroso. A medida que caía, iba viendo, a través de los hermosos ventanales con detalles art-Nouveau-Diane, la insondable intimidad de los huéspedes, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivamente visuales en habitaciones anónimas, los breves y densos instantes de felicidad, cuyos rumores llegaban hasta los pasillos y la escalera de emergencia, de modo que, unos instantes antes de destriparse en el pavimento, había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que, aquella vida que abandonaba para siempre, por la puerta de la cobardía, valía la pena de ser vivida, aunque sea como espectador nostálgico del ombligo territorial, ese lugar que indica el origen de todos los embrujos y de todas las conciencias sociales. Lástima que el pavimento no tiene entrañas, ni acepta cambios de última hora, ni extiende los brazos para amortiguar el golpe y aconsejarnos que lo pensemos bien, porque Dios ha tenido compasión de nuestro delirio y ha abierto el mar rojo de las imágenes perdidas, esas que no se editaron para mostrar, tal cual es, la lucha por una utopía.
Y, justo en el instante en el que descubrimos que el ombligo de las perturbaciones constantes puede habitar en el imaginario, sin pagar alquiler, concluimos que el mejor lugar para suicidarse no es el choque del vacío con el asfalto, sino la palma de la mano derecha, o los renglones torcidos de la clandestinidad política que hierve en las transformaciones no dadas. Si no fuera porque no ha visto a Messi ganar su segundo mundial, se hubiera lanzado de verdad desde la terraza del hotel. El último sorbo del mojito seguía esperando, pero el efecto de su sabor ya sería completamente distinto.