Escrito en una servilleta: Crítica de la crítica al pensamiento crítico.
Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1
Cuando, hace tres meses, dos días, treinta minutos, y once segundos (en el programa, “Pulso Ciudadano”), afirmé que el pensamiento crítico no es posible, ni imaginable, sin una disciplina más feroz que la militar, y más obsesiva que la eclesiástica, mi contraparte, poniendo cara de abuela desalmada, dijo que yo estaba loco, y, para enfatizar mi herética y maligna condición, se persignó, de rodillas, frente a las cámaras de televisión, y alzó los brazos pidiendo clemencia divina. Por un segundo, pensé que se iba a bañar en gasolina e inmolarse, para el perdón de mi pecado mortal, y entonces pensé que la visita de, Prometeo, sería más que oportuna.
Sin embargo, para mí, ese no fue un insulto, sino la definición exacta de lo que soy: un loco tirapiedras que, como si hubiera oído el llamado de una flauta, subió hasta la cima de la colina de la utopía. Ya estando arriba, descubrí que ese es un lugar solitario que no tiene caminos para bajar, por lo que se requiere una disciplina, fuera de este mundo, para permanecer ahí, como una piedra, sin perder la cordura de la que hacemos alarde los locos. Yo, pecador, confieso que el único insulto que me haría sentir mal, es que dijeran que soy un cobarde que no lucha junto al pueblo, una y otra y otra vez… hasta mil veces, emulando la disciplinada necedad, de Edison, en su búsqueda del bombillo eléctrico. ¡Pensamiento crítico y disciplina son inseparables! repetí, a sabiendas de que, decir eso, es visto como un síntoma de locura por quienes, por no conocer el planeta del geógrafo, sobreviven deslumbrados por la imitación sumisa y la repetición estéril, siempre y cuando ambas se apeguen, milimétricamente, a las normas APA.
Sí, estoy loco desde que tengo uso de razón, y ese no es un juego de palabras, ni son palabras jugadas por la Ciguanaba que, con sus tetas desbordantes de realidad, espanta a los eruditos y académicos de papel. Esa es una paradoja espaciotemporal que, como demostró Einstein, nos lleva a encontrar la simplicidad y orden del desorden. Y es que, hay que estar loco, pero loco de verdad, para atreverse a luchar contra los molinos de viento de la desigualdad social, sin más espada que el 18 brumario de Luis Bonaparte, ni más escudo que una oración disciplinada en la pobreza; para ver al elefante de la corrupción tragado por una serpiente en la entrada de la cárcel de cuello blanco; para atreverse a liberar al cordero de la justicia social que está preso en la caja de la impunidad; para atreverse a hacer del pueblo, el Sancho Panza que -entre traiciones, redenciones y claudicaciones-, me mantiene con los pies en la tierra mientras toco el cielo con las manos sucias de sueños colectivos; para salir ilesos del laberinto de la soledad en el que nos tuvieron deambulando durante dos siglos; para ser capaz de ver la utopía como la linda Dulcinea que seduce cuando se desnuda, sólo porque sí; para tener la disciplina de escribirle cuatro cartas diarias, de esperanzas tardías, al Coronel que no tiene quién le escriba, y comunicarle que las pensiones van a ser un premio, no un castigo peor que el de Atlas.
Se necesita estar loco, pero loco de remate, para soportar veinte mil leguas de viaje submarino en busca de los tres tiempos de comida que, aguantando la respiración, yacen en el fondo del mar tenebroso de la plusvalía; para seguir aferrado al amor en los tiempos de la cólera, lo que ni Platón ni la Constitución pueden explicar, sin morderse la lengua o pisarse el escroto; para poder sanar las venas abiertas, de América Latina, con el ungüento de altea de la disciplinada lucha que, en el mercado, libró todos los días, mi bisabuela, para que yo no supiera cuál es el color del hambre ni el sabor del desamparo; para atreverse a viajar al centro de la tierra sin un mapa detallado, y descubrir que en ese lugar cohabitan la conciencia social y la esclavitud del trabajo mal pagado; para tener la fuerza necesaria para recorrer, a pie, los nueve círculos del infierno de Dante, sin dejar de ser un hombre bueno que lanza a navegar los conceptos sociales críticos, a la hora exacta de la ovulación; para querer imitar la disciplina inquebrantable y perturbadora del Conde de Montecristo, y hacer realidad el turno del ofendido, tanto en la calle como en los libros escritos por nosotros; para jugar a la rayuela con las calamidades del pueblo y salir victorioso, aunque nos hagan trampa los reaccionarios de convento.
Se necesita estar loco, pero loco de atar, para estar dispuesto a viajar, de la tierra a la luna, montado en el lomo de “Hamlet”, el príncipe que, sin dudarlo, señaló el camino para salir del mundo feliz de los tristes más tristes del mundo; para sentarse a escribir, a mano, el nombre y dirección de los seis millones que, con disciplina ósea, murieron luchando por la revolución social, o fueron fusilados, en el paredón de la pedantería doctoral, por los exámenes punitivos que hacen los que, mientras se rascan el culo y ponen cara de científico, memorizan lo que otros escribieron, debido a que ellos no han escrito nada relevante; para tener el temple incuestionable de Jean Valjean, y ver al pueblo como la antítesis de los miserables; para no tener miedo de emprender el viaje de las audacias teóricas en la Santa María, con pecado concebida, e ir en busca del nuevo país que está más allá del océano de los fraudes y la violencia codo a codo; para tener el descaro, sin reparo, de no hacer penitencia por haberle roto el himen a la democracia perfecta en la cama imperfecta del Boccaccio de la transformación; para tener la determinación inquebrantable de acorralar a Moby Dick, y arrebatarle la pierna con la que di el primer paso para salir del país de la ceguera.
Ser un loco y ser un pensador crítico, no es una dicotomía, es una tautología, porque, en ambos casos, se requiere ser totalmente disciplinados, ya que sólo así se puede comprender y hacer tangible la realidad, justo en el momento en que brota de su fuente originaria: el pensamiento y acción del pueblo. No hay nada más cuerdo que ser un loco que está dispuesto a transformar la realidad. Pero, no es fácil ser un loco social, o sea un loco que reinventa el mundo, porque vivimos en una sociedad que, como acto racional, premia la mediocridad de lo memorístico y alaba, en silencio, la cobardía de no tomar una posición en favor de las víctimas. Sí, hay que estar loco para subirse a la máquina del tiempo con la misión de resolver la paradoja del viajero que simboliza a los ciudadanos que caminan por los renglones torcidos de la historia; hay que ser un pensador crítico para vencer la apatía de oír de lejos las campanas y, así, tomar la decisión de subir a doblarlas por quienes, con mucha más disciplina de la que tuvo Ulises cuando andaba en busca de su casa, han esperado encontrar su país.
Al final, uno escoge entre: ser el cuerdo que siempre pone “peros” en la sopa de la coyuntura, y que siempre dice que las cosas no se pueden hacer, porque en los libros dice que no se puede, o ser el loco que hace cualquier cosa, incluso inventar una máquina de hacer Nautilus con lo que queda de un naufragio en tierra firme.