¿Es mejor ser amado o temido? — El amor en tiempos de oscuridad

Por Zarko Pinkas-Ramírez

Hay una frase popular en Chile que dice: “Cuando el dinero sale por la puerta, el amor salta por la ventana.” Es dura, pero certera. No la inventó Maquiavelo, pero él la habría suscrito sin dudar.

Vivimos una época donde el amor está cercado por condiciones materiales, por algoritmos, por filtros, por rentabilidad emocional. El amor no es un acto puro, es una transacción. O al menos, eso parece.
Y aquí viene la pregunta central: ¿es mejor ser amado o ser temido?


El poder dentro del afecto

Maquiavelo escribió El Príncipe hace más de 500 años. Era un manual de poder. Un texto para sobrevivir en la jungla de la política. En uno de sus pasajes más citados, afirma:
“Los hombres olvidan más pronto la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio.”

Es brutal, pero refleja una verdad incómoda: el amor es volátil, el interés no.
Para Maquiavelo, el temor es un mecanismo más confiable. El amor depende de la voluntad ajena. El miedo se puede inducir.

Pero no estamos hablando de reyes ni de tiranos. Estamos hablando de vínculos cotidianos. De parejas, de cuerpos cansados, de personas reales que intentan construir afecto en una sociedad que todo lo calcula.
Hoy, el amor no es un sentimiento libre, es una batalla entre recursos, poder simbólico y validación digital.

Amor, poder y hambre

Tener pareja ya no es una decisión romántica. Es un acto económico. Un privilegio. ¿Cómo se ama si apenas se sobrevive? ¿Cómo se construye algo si no hay ni estabilidad laboral ni emocional?

Un adulto, latinoamericano, con múltiples trabajos: no tiene pareja porque no tiene dinero.
Y eso no es una exageración. Es la lógica actual. El amor exige condiciones: una casa, un presente compartible, una vida que se pueda publicar.
Pero cuando solo hay cansancio, incertidumbre y silencio, ¿cómo competir contra los filtros?

En las redes sociales, no se busca el alma. Se busca la estética, la imagen, el estilo de vida. El deseo está manipulado. El cuerpo se volvió marca. Y la ternura, un riesgo. Nadie quiere llorar en un mundo que exige sonreír para tener valor.

Relaciones entre desiguales

En esta lógica, las relaciones afectivas están marcadas por un desequilibrio estructural.
Uno da más. Otro calcula más. Uno necesita afecto. Otro necesita estatus.
Y cuando el intercambio deja de ser humano y se vuelve utilitario, el amor se transforma en estrategia.

Ahí es donde Maquiavelo vuelve a entrar: ¿es mejor amar o ser útil? ¿Es mejor seducir o dominar? ¿Es mejor esperar o planificar?

Quizá el amor —como lo entendíamos antes— está en crisis. Ya no es un espacio de descanso emocional, sino otro campo de lucha. Lucha contra la imagen. Contra el mercado. Contra la soledad que se esconde en el algoritmo.

Cristianismo o nihilismo

Ante esto, se abren dos caminos. Uno es maquiavélico: ser frío, calcular, protegerse.
El otro es radicalmente cristiano: poner la otra mejilla, amar sin pedir, seguir creyendo en el milagro de la reciprocidad.
Ambos caminos duelen. Ambos dejan cicatrices.
Y hay un tercer camino: el del exilio interior. El de quienes ya no quieren jugar el juego.
El que resiste amando en silencio. El que elige la sombra, pero con dignidad. Una caverna, un abismo o un callejón oscuro.

Yo no quiero ser temido.
Pero tampoco quiero mendigar afecto en un sistema que me mide por lo que tengo y no por lo que soy.
No busco likes ni admiración. Busco presencia.
Y si eso no es posible, entonces prefiero estar solo. No por rencor, sino por fidelidad a mí mismo.

Final abierto

¿Es mejor ser amado o temido?
Maquiavelo lo preguntó desde el poder. Yo lo pregunto desde la intemperie emocional.
Y quizás no haya una respuesta definitiva.
Solo hay formas de resistir.
Unos desde la frialdad.
Otros desde la fe.
Y otros, simplemente, desde la escritura.
Escribir como quien levanta una vela en medio del apagón.
Escribir como último gesto de humanidad en medio de la bestialidad.
Aunque nadie responda. Aunque nadie abrace. Aunque nadie vea. Aunque la mayoría mienta.