La importancia de los malls en las sociedades del tercer, cuarto y quinto mundo puede considerarse vital para el desarrollo espiritual de la postmodernidad. Es ahí donde se refleja nuestra victoria definitiva sobre la visión crítica, la individualidad incómoda y esa manía absurda de pensar demasiado que inculcan los cursis que se quejan de todo lo que hemos ganado bajo la gloriosa libertad del consumo.
Zarko Pinkas-Ramírez |
La importancia de los malls en las sociedades del tercer, cuarto y quinto mundo puede considerarse vital para el desarrollo espiritual de la postmodernidad. Es ahí donde se refleja nuestra victoria definitiva sobre la visión crítica, la individualidad incómoda y esa manía absurda de pensar demasiado que inculcan los cursis que se quejan de todo lo que hemos ganado bajo la gloriosa libertad del consumo.
¡Claro que sí! Yo puedo comprar en libertad toda la basura que desee. Síííííí… y punto final.
Estos espacios nos permiten interactuar con otras personas solidarias, empáticas y profundamente humanas. En sus rostros vemos la alegría pura de vivir a plenitud la libertad de comprar y asociarse con sus semejantes, todos caminando en procesión con bolsas de marca como símbolos sagrados de pertenencia.
Nunca olvidaré —aunque lo intenté, a falta de opio moderno— cuando un guardia del mall me dio una clase magistral de educación cívica por no dirigirme a él con el respeto que merece cualquier uniforme con insignias, logos y autoridad institucional. “Disculpe, caballero, debe ser más cortés. Aquí se respeta el orden”, me explicó con tono solemne. Yo respondí mientras lanzaba una moneda a la fuente de los deseos y le tomaba una foto para mi colección personal de guardianes del templo.
El mall abre miles de oportunidades culturales. No es aburrido como un museo lleno de polvo y pasado. Aquí se exhiben las nuevas tendencias del arte contemporáneo: piezas únicas de plástico moldeado con precisión asiática y precios accesibles. Cultura para las masas, para que nadie se quede fuera de esta experiencia estética.
También ofrece ropa de marcas europeas, para que las castas privilegiadas puedan olvidar, por unas horas, que viven rodeadas de gente común. Qué alivio caminar entre vitrinas y perfumes caros, imaginando esa nación soñada donde todo es blanco, limpio, ordenado, rubio. Debemos agradecer que existan metas claras para la humanidad: tener una pareja con pelo rubio, dientes rubios, conversaciones rubias y aspiraciones rubias.
Las familias pueden gozar de exquisiteces culinarias. Cada cadena de comida rápida ofrece alimentos ricos en colesterol, y sus empleados —bien entrenados en la sonrisa corporativa— sazonarán con amabilidad la entrega de la bandeja donde viene envuelto nuestro destino. Incluso conocen nuestra fecha de cumpleaños y podrían cantarnos una melodía parecida a una ópera, porque el mall también es arte, emoción y ternura.
Eso sí: recordemos que la propina no debe darse. No son esclavos, solo trabajadores que deben agradecer que les permitamos existir dentro de nuestro exquisito círculo de consumidores satisfechos.
Las librerías están repletas de libros a precios que permiten a las mayorías acceder al conocimiento. Textos imprescindibles como Cómo ser feliz en un día, Las siete reglas universales del éxito o Piensa como millonario aunque no tengas para el bus. Obras profundas que refuerzan nuestros valores sociales y nuestra fe en la superación instantánea.
Al caer la noche, abren sus puertas hermosos bares. Cada uno decorado con mensajes humanistas y frases de moderación, mientras generaciones enteras vibran al calor del licor, experimentando reflexiones filosóficas sobre la inmortalidad del alma… y el precio del siguiente trago.
Y entonces, como banda sonora inevitable, el reguetón pone las notas exactas a un ambiente saturado de gente buena onda con ganas de mostrar cómo se “perrea” al ritmo del mal gusto universal. Tendremos suerte si encontramos a algún influencer, esos nuevos sabios de la era digital, capaces de compartir la fórmula secreta para lograr más “me gusta” exhibiendo carne humana en el mercado de Instagram mientras predican dignidad social con filtros de lujo.
No olvidemos que en el mall somos todos iguales. Sí, existen pequeñas diferencias, pero no basadas en intolerancia o clasismo: simplemente en el elegante y democrático “nos reservamos el derecho de admisión”. Podemos cruzarnos con estrellas de la televisión, miembros de la farándula criolla, grandes bastiones de la cultura urbana contemporánea, saludarlos con un orgasmo emotivo y recibir una respuesta igualmente sensacional.
Los malls son la cúspide de nuestras fantasías metidas a codazos en la mente. Es ahí donde estamos más cerca del primer mundo y, en cierta forma, de los dioses terrenales que habitan en vitrinas y anuncios luminosos.
El domingo, antesala del incómodo lunes, por fin se obtiene un espacio de reflexión espiritual para las familias. La escena es siempre la misma: el padre con camiseta deportiva, la madre con celular en mano, los pequeños con cachetes regordetes manchados de helado, azúcar y mostaza. Eso llena los ojos de lágrimas. Qué bello es ver cómo toda la basura se globaliza con tanta armonía.
Entre sus paredes, estamos seguros de la violencia sistemática y legalizada. Sus corpulentos guardias velarán por hacer cumplir el orden interno y nos guiarán por las instalaciones cuando nos confundamos en nuestra búsqueda del bien preciado: la compra impulsiva convertida en religión cotidiana.
¿Para qué poseer áreas verdes, si aquí nos regalan la libertad de ser nosotros mismos bajo techo? Todo pueblucho latinoamericano debe poseer un mall en su centro urbano, olvidándose de plazas o parques. La gente necesita comprar, no caminar entre árboles viejos que pueden caerse o recordarnos que existe naturaleza.
El mall es una mejor opción para el ciudadano moderno: desarrollo, seguridad y cultura por unas cuantas horas, bajo aire acondicionado y vigilancia permanente. Es un regalo de evasión y orden en medio del caos de la calle, una pausa artificial que se vende como bienestar.
Las masas merecemos ese derecho: consumir hasta la intoxicación y vivir las cosas simplonas de la vida sobre los cimientos firmes de un espejismo.