Discurso de Netanyahu en la ONU no lo crea la comunidad internacional.
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Por Alonso Rosales.
Este 26 de septiembre, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu tomó la palabra ante la Asamblea General de las Naciones Unidas con un discurso cargado de advertencias, justificaciones y reproches hacia la comunidad internacional. Su intervención giró en torno a la defensa de la estrategia de Israel en Gaza y la región, marcada por la narrativa de la “seguridad exclusiva” bajo control israelí.
Netanyahu insistió en que Israel debe ser el único garante de la seguridad en Gaza, rechazando la injerencia de organismos internacionales. Aseguró, además, que la comunidad internacional se equivoca al cuestionar la política israelí y al acusar a su gobierno de genocidio. En un intento de contrarrestar esas acusaciones, afirmó que por cada niño y mujer palestina se ha entregado “una tonelada de alimentos”. Sin embargo, múltiples informes de Naciones Unidas y organizaciones humanitarias desmienten esa versión, confirmando que la población gazatí enfrenta una crisis alimentaria severa y un bloqueo asfixiante.
En tono desafiante, Netanyahu declaró que si Hamas aceptara ahora las condiciones impuestas, la guerra terminaría, pero advirtió que de lo contrario “irán por ellos”. Expuso también la existencia de “siete frentes” en los que, según él, Israel se encuentra operando, e hizo alusión a la “amenaza detenida” de Irán. Tal afirmación, sin embargo, es cuestionable, pues Irán mantiene intacta su estructura política y militar, y está lejos de ser neutralizado como potencia regional.
El primer ministro criticó duramente a los países occidentales que han decidido reconocer al Estado de Palestina, tildando esa decisión de error histórico. Desde su perspectiva y la de los sectores ultraderechistas de Israel, solo Tel Aviv tiene derecho a definir la seguridad, justificar los bombardeos, la destrucción de infraestructura civil y las miles de muertes de palestinos. Una visión que ignora la diferencia entre Hamas y la población palestina en general, y que se asemeja al prejuicio de calificar a todos los musulmanes de terroristas, cuando en realidad se trata de una religión con más de dos mil millones de creyentes y una diversidad de expresiones culturales y políticas.
Netanyahu también dedicó elogios a Donald Trump, calificándolo como un “amigo de Israel” que comprendió los dilemas de seguridad que enfrenta el Estado hebreo. Este gesto refuerza la imagen de complicidad internacional, particularmente de sectores de ultraderecha, en una política que muchos juristas y defensores de derechos humanos consideran genocida.
El discurso de Netanyahu en Naciones Unidas revela una estrategia de confrontación directa con la comunidad internacional y de reafirmación del dominio israelí en la región. La retórica de justificación de la guerra, el desprecio a las resoluciones internacionales y la exaltación de aliados políticos cuestionados, dibujan un escenario en el que la historia —y la justicia internacional— tendrán la última palabra.