Día del Libro: la levedad de parecer profundos

Hoy 23 de abril es el Día del Libro. Y aquí estoy, frente al espejo quebrado, sosteniendo dos opciones como si fueran credenciales de acceso a una élite imaginaria: Ideas: Historia Intelectual de la Humanidad de Peter Watson, o Ulises de James Joyce. No es una decisión literaria. Es una decisión estética. Estratégica. Casi política. ¿Con cuál de estos libros me tomo el selfie que mejor simule profundidad?

Zarko Pinkas-Ramírez |

Entre portadas prestigiosas y poses cuidadosamente ensayadas, la lectura se convierte en utilería y el pensamiento en espectáculo breve. En el escaparate digital, parecer lector pesa más que serlo.



Hoy 23 de abril es el Día del Libro. Y aquí estoy, frente al espejo quebrado, sosteniendo dos opciones como si fueran credenciales de acceso a una élite imaginaria: Ideas: Historia Intelectual de la Humanidad de Peter Watson, o Ulises de James Joyce. No es una decisión literaria. Es una decisión estética. Estratégica. Casi política. ¿Con cuál de estos libros me tomo el selfie que mejor simule profundidad?

Porque de eso va todo esto: de simular.

En el mundo de las irrealidades intelectuales —ese ecosistema perfectamente adaptado a las redes sociales— ha surgido una especie particularmente interesante: el intelectual performativo. No estudia, no investiga, no se equivoca siquiera. Produce. Contenido. Breve, digerible, con subtítulos grandes y música de fondo. Tres minutos bastan para “analizar” la condición humana, el colapso de Occidente o la obra completa de cualquier autor que, en realidad, apenas ha hojeado.

Ya los he visto. Hablan con tono grave, pausas calculadas, mirada perdida hacia un punto fuera de cámara, como si consultaran una verdad superior. Pero no: están viendo el contador de reproducciones.

Todo se ha convertido en un show. Un espectáculo de cartón donde el pensamiento crítico es reemplazado por una coreografía de gestos aprendidos. Y el problema no es que exista ese teatro —siempre ha existido—, sino que ahora se consume como si fuera conocimiento.

Por eso vuelvo a mi dilema inicial. ¿Con qué libro engañar mejor?

Porque seamos honestos: Ulises no es un libro para posar. Es un libro para perderse. Leerlo es como caminar dentro de un pantano mental donde cada paso exige esfuerzo, paciencia y, en muchos casos, resignación. Su estructura, su lenguaje, su flujo de conciencia… todo está diseñado para descolocar. No es accesible. No quiere serlo. Y ahí está parte de su grandeza.

Pero también, seamos más honestos aún: hoy, decir que uno ha leído Ulises funciona como un certificado social. Una contraseña. Una manera elegante de decir “estoy por encima”. Y lo curioso es que esa afirmación rara vez se pone a prueba. Nadie pide explicaciones. Nadie cuestiona. Basta con mencionarlo y adoptar cierta estética: boina negra, cuello de tortuga, barba cuidadosamente descuidada.

Listo. Intelectual.

No estoy desmereciendo a James Joyce, ni mucho menos. Quien realmente ha atravesado Ulises y puede interpretarlo con solvencia, está en otro nivel. Eso es indiscutible. Pero justamente por eso, resulta tan fácil usarlo como máscara. Porque pocos lo han leído de verdad. Y menos aún lo han comprendido.

No estoy desmereciendo a James Joyce, ni mucho menos. Quien realmente ha atravesado Ulises y puede interpretarlo con solvencia, está en otro nivel. |

En cambio, Ideas: Historia Intelectual de la Humanidad juega en otra liga. Es un libro vasto, sí, pero honesto. No exige devoción ciega ni sacrificio intelectual performativo. Se puede leer por partes, por etapas, por curiosidad. Es un libro que construye, no que intimida. Y ahí radica la diferencia fundamental entre el lector y el impostor.

El lector busca entender. El impostor busca parecer.

En cambio, Ideas: Historia Intelectual de la Humanidad juega en otra liga. Es un libro vasto, sí, pero honesto. No exige devoción ciega ni sacrificio intelectual performativo.|

Y claro, eso lo vuelve menos fotogénico. Nadie se toma una selfie o una foto con un libro que está leyendo realmente. Porque leer de verdad implica interrupciones, subrayados, dudas, cansancio. No es una imagen limpia. No es un momento perfecto. Es un proceso.

Pero las redes sociales no toleran procesos. Solo resultados. Instantáneos, pulidos, listos para consumir.

Entonces empiezo a considerar otras opciones. Friedrich Nietzsche está demasiado usado. Franz Kafka tiene cierto prestigio melancólico, pero ya fue explotado hasta el cansancio. H. P. Lovecraft podría funcionar, aunque atrae a un nicho específico. ¿Y si intento algo más contemporáneo? Coraline de Neil Gaiman, tal vez. Algo que conecte con generaciones más jóvenes, sin parecer completamente ajeno. O incluso El Silmarillion de J. R. R. Tolkien. Denso, sí, pero con suficiente legitimidad nerd como para generar respeto inmediato.

El punto es encontrar el equilibrio perfecto entre lo que parece difícil y lo que no requiere haber sido leído. Porque, al final, de eso se trata este pequeño ritual del Día del Libro: de cómo nos mostramos, no de lo que entendemos.

Y aquí viene la parte incómoda.

La gente cree. Cree en la imagen, en la pose, en el gesto ensayado. Cree porque quiere creer. Porque es más fácil consumir una apariencia de profundidad que enfrentarse al esfuerzo real que implica pensar. Y en ese pacto tácito entre quien finge y quien acepta la ficción, todos salimos relativamente satisfechos.

Nadie exige demasiado. Nadie ofrece demasiado. Pero eso no es lectura. No es pensamiento. Es marketing personal con utilería cultural.

Así que vuelvo al espejo. Sostengo Ideas. Sostengo Ulises. Y por un momento considero no tomar ninguna foto.

Leer, sin más. Sin prueba. Sin evidencia. Sin audiencia. Y eso, curiosamente, sería lo más radical que podría hacer hoy para intentar se profundo junto a un pipa y mi camiseta de cuello de tortuga.