Lo más inquietante de Smiling Friends no son sus demonios, monstruos ni criaturas deformes. Lo verdaderamente desconcertante es descubrir, episodio tras episodio, que ese universo delirante termina pareciéndose demasiado al nuestro. Bajo la apariencia de una comedia absurda, la serie creada por Zach Hadel y Michael Cusack construye una de las reflexiones más originales de la animación contemporánea sobre la depresión, el sinsentido y la capacidad humana para normalizar el caos.
Zarko Pinkas | “El Ayatolá del Rock and Rolla“
Lo más inquietante de Smiling Friends no son sus demonios, monstruos ni criaturas deformes. Lo verdaderamente desconcertante es descubrir, episodio tras episodio, que ese universo delirante termina pareciéndose demasiado al nuestro. Bajo la apariencia de una comedia absurda, la serie creada por Zach Hadel y Michael Cusack construye una de las reflexiones más originales de la animación contemporánea sobre la depresión, el sinsentido y la capacidad humana para normalizar el caos.
Puedo asegurar que he gozado Smiling Friends. El primer capítulo me dio esa alegría olvidada de las primeras temporadas de The Simpsons. ya que hay series que hacen reír por sus chistes. Otras por el ingenio de sus diálogos. Smiling Friends pertenece a una categoría mucho más difícil: hace reír porque ha comprendido que el mundo dejó de obedecer hace mucho tiempo a la lógica. Que nuestras sociedades son un ensalada de ridiculeces sin la mayor profundidad y es ahí donde lo absurdo nos lleva a reir. Esa es la razón por la que su universo resulta tan extraño y, al mismo tiempo, tan familiar.
Esa es la razón por la que su universo resulta tan extraño y, al mismo tiempo, tan familiar.
Pim y Charlie no son héroes. Tampoco detectives, aventureros o salvadores del mundo. Son empleados de una empresa cuya misión consiste en devolverles la sonrisa a personas que han dejado de encontrarle sentido a la existencia. La premisa parece ridícula, pero conforme avanzan los episodios se convierte en una metáfora sorprendentemente precisa de nuestro tiempo. Mientras Pim insiste en creer que siempre existe una salida, Charlie parece aceptar que la realidad rara vez ofrece respuestas satisfactorias. Uno representa el optimismo casi infantil; el otro, el cansancio de quien ha aprendido a convivir con el absurdo. Ninguno tiene completamente la razón y, precisamente por eso, funcionan.
La serie nunca necesita explicar esa dualidad. Basta observar cómo ambos atraviesan un mundo donde los demonios, los monstruos, las princesas medievales, las celebridades decadentes, las criaturas amorfas y los humanos conviven sin cuestionar jamás su existencia. Lo extraordinario nunca interrumpe la rutina. Forma parte de ella.
Ese principio alcanza su máxima expresión en personajes como el Señor Boss. Cualquier otra producción lo convertiría en el centro del disparate. Smiling Friends, en cambio, lo presenta como un jefe de oficina más. Puede adoptar comportamientos completamente impredecibles, casarse con un demonio, asumir decisiones desconcertantes o reaccionar con absoluta calma frente a situaciones imposibles. Allan, obsesionado con el orden administrativo, intenta mantener funcionando una empresa instalada en medio del caos, mientras Glep demuestra que incluso el lenguaje deja de ser una barrera cuando todos aceptan las reglas de ese universo. No son simples personajes secundarios. Son la prueba de que el absurdo también puede tener estructura.
Y esa estructura es lo que diferencia a Smiling Friends de muchas otras comedias animadas. Su mundo no está construido sobre el desorden, sino sobre una lógica distinta.
Hay empresas, hospitales, restaurantes de comida rápida, programas de televisión, policías, burocracias, relaciones familiares y problemas laborales. Charlie recuerda con absoluta normalidad haber frecuentado un restaurante desde su infancia. Nadie se sorprende porque una criatura imposible haga fila para comprar una hamburguesa o porque un demonio participe en una fiesta de Halloween. Las reglas existen. Lo único que cambia es quiénes las habitan.
Ese detalle convierte a la serie en una obra profundamente surrealista.
André Breton definía el surrealismo como una forma de reconciliar el sueño con la realidad. Smiling Friends parece ir todavía más lejos: elimina la frontera entre ambos hasta convertir lo imposible en costumbre. Sus personajes jamás se preguntan por qué viven rodeados de seres imposibles. Del mismo modo que nosotros hemos dejado de preguntarnos por muchas de las contradicciones que gobiernan nuestra propia época.
Quizá por eso uno de los momentos más memorables siga siendo el episodio de Desmond. Un hombre decide quitarse la vida porque considera que su existencia carece de sentido. La serie jamás convierte ese dolor en un melodrama. Lo enfrenta con humor, incomodidad y una honestidad que desarma al espectador. Pim intenta rescatarlo con un optimismo inquebrantable; Charlie observa la situación con el realismo de quien sabe que no existen soluciones sencillas. La risa nace de esa tensión, no de la tragedia.
Algo similar ocurre en episodios como la búsqueda de la princesa, donde un aparente cuento de hadas termina deformándose hasta convertirse en una sátira del heroísmo clásico; en la aventura de Halloween, donde un demonio deja de ser una amenaza sobrenatural para transformarse en un personaje más dentro de una fiesta; o en las apariciones de Mr. Frog y otras celebridades grotescas que reflejan la fugacidad de la fama contemporánea. Ninguna de esas historias pretende enseñar una lección moral. Todas parecen lanzar la misma pregunta: ¿por qué seguimos creyendo que nuestro mundo es más coherente que este?
La respuesta quizá se encuentre fuera de la pantalla.
Vivimos en una época donde las redes sociales convierten a desconocidos en íconos culturales de un día para otro, donde los algoritmos determinan buena parte de lo que vemos, pensamos o consumimos, donde la ansiedad y el agotamiento emocional se han normalizado y donde la realidad cambia con una velocidad imposible de procesar. Frente a ese escenario, el universo de Smiling Friends deja de parecer una exageración. Se convierte en un espejo deformado que, precisamente por deformar, revela con mayor claridad aquello que normalmente preferimos ignorar.
La serie tampoco necesita recurrir a la incorrección política como un fin en sí mismo. Su irreverencia no nace del escándalo fácil, sino de su libertad para romper cualquier expectativa narrativa. Cuando el espectador cree haber entendido hacia dónde se dirige una escena, esta cambia de dirección sin perder nunca la coherencia interna. Ese es el verdadero riesgo creativo de la serie: no teme desconcertar.
Visualmente ocurre lo mismo. La convivencia entre animación tradicional, modelos tridimensionales, imágenes hiperrealistas y personajes que parecen haber escapado de otras caricaturas no responde únicamente a una decisión estética. Refleja una cultura fragmentada, saturada de referencias y acostumbrada a consumir simultáneamente múltiples formas de representación. La identidad visual de Smiling Friends es, en muchos sentidos, la identidad visual de internet.
Sería un error reducir la serie a una simple comedia absurda. Bajo sus colores estridentes y sus criaturas grotescas se esconde una observación incómoda sobre nuestra época: hemos aprendido a convivir con el sinsentido sin siquiera advertirlo. Quizá por eso el trabajo de Pim y Charlie resulta tan conmovedor. No intentan cambiar el mundo. Apenas intentan que alguien sonría un día más.
Y tal vez ahí resida el verdadero corazón de la serie. No en sus demonios, ni en sus monstruos, ni en sus situaciones delirantes.
Sino en la idea de que, incluso dentro del caos más absoluto, todavía existe espacio para un gesto de empatía. Al terminar cada episodio, queda una sensación extraña. Durante veinte minutos hemos visitado uno de los universos más extravagantes que ha producido la animación para adultos. Sin embargo, al apagar la pantalla, la pregunta inevitable ya no es qué tan absurdo era el mundo de Smiling Friends.
La verdadera pregunta es otra. ¿Y si el universo de Pim y Charlie, con toda su locura, fuera más honesto que el nuestro?