El proceso judicial contra Uribe ha desatado un escándalo porque, por primera vez en la historia reciente, un expresidente tan poderoso enfrenta la justicia por delitos graves.
Foto: Cortesía.
Por Alonso Rosales.
La condena del expresidente Álvaro Uribe Vélez por manipulación de testigos ha encendido una tormenta política y emocional en Colombia, reabriendo heridas históricas y polarizando aún más a un país marcado por dos siglos de violencia política. Las reacciones de la derecha más radical y sus figuras emblemáticas no se hicieron esperar. La senadora María Fernanda Cabal, férrea defensora de Uribe, denunció una “venganza judicial” por parte de sectores que, según ella, buscan “derrumbar el legado de quien salvó a Colombia del terrorismo”. A su vez, otros voceros de la ultraderecha, como el exministro Fernando Londoño y el excandidato presidencial Rafael Nieto Loaiza, calificaron la condena como un “golpe institucional” y una “farsa jurídica”.
Sin embargo, más allá de los discursos en redes y micrófonos, el proceso judicial contra Uribe ha desatado un escándalo porque por primera vez en la historia reciente, un expresidente tan poderoso enfrenta la justicia por delitos graves. Para muchos, esta condena representa una rendija de esperanza en la lucha contra la impunidad, pero para otros, es una amenaza directa a los intereses del establecimiento tradicional que ha gobernado Colombia por más de 200 años.
Este momento también revive las memorias de los sangrientos enfrentamientos entre liberales y conservadores, que marcaron gran parte de la historia republicana del país. Desde la independencia hasta mediados del siglo XX, estas guerras partidistas se tradujeron en masacres, desplazamientos forzados y una cultura de odio profundamente enraizada. Entre los episodios más devastadores figura la Guerra de los Mil Días (1899-1902), que dejó más de 100.000 muertos y un país empobrecido. Le siguieron el Bogotazo (1948), tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, y posteriormente “La Violencia”, una guerra civil no declarada entre 1948 y 1958 que causó más de 300.000 muertes.
Estas guerras fueron lideradas por figuras políticas e ideológicas como Mariano Ospina Rodríguez, Tomás Cipriano de Mosquera, Rafael Núñez, Laureano Gómez, Jorge Eliécer Gaitán y Gustavo Rojas Pinilla. Cada uno, en su tiempo, representó intereses de élites conservadoras o liberales que instrumentalizaron el poder para imponer sus visiones, dejando al pueblo atrapado en medio de los cañones, machetes y el fanatismo.
En entrevistas recogidas en municipios como Honda, Sonsón y Garzón, varios ancianos relataron su experiencia con la guerra entre partidos. “Yo tenía 12 años cuando vi cómo mataron a mi padre por no quitarse el sombrero azul”, cuenta don Efraín, hoy de 89 años. Otro testimonio significativo fue el del fallecido obispo de Garagoa, monseñor Félix Ramírez, quien confesó en 1982 a un periodista radial que “la Iglesia fue cómplice al bendecir la guerra desde los púlpitos, alentando a los feligreses a empuñar el fusil en nombre de Dios y del Partido”.
La condena de Uribe no es un caso aislado: es el reflejo de una cultura política construida sobre la impunidad, el clientelismo y la violencia como herramienta de poder. La ultraderecha colombiana se aferra a símbolos como Uribe, no solo por su figura carismática, sino porque representa un modelo de orden autoritario que ha sido históricamente funcional a las élites.
Hoy, el país asiste a una encrucijada: mirar hacia adelante o repetir el ciclo. La justicia que toca las altas esferas aún provoca escándalo, pero también esperanza. En la voz de los ancianos que vivieron la guerra, y en las lágrimas de las víctimas del conflicto armado reciente, Colombia encuentra la verdad que la política ha querido callar.
Fuentes consultadas para este artículo: