Por Alonso Rosales
América Latina lleva décadas hablando de integración. Presidentes van y vienen, se multiplican las cumbres, se firman declaraciones solemnes y se pronuncian discursos sobre la necesidad de construir una gran comunidad latinoamericana. Sin embargo, detrás de esa retórica existe una realidad mucho menos alentadora: la región comercia cada vez menos consigo misma.
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha vuelto a poner el dedo en una de las grandes asignaturas pendientes de la región: profundizar la integración económica y diversificar los mercados de exportación. El organismo de Naciones Unidas ha advertido que América Latina necesita fortalecer sus vínculos comerciales internos precisamente cuando el escenario mundial se vuelve más incierto y las grandes potencias utilizan cada vez más los aranceles y el comercio como instrumentos de presión geopolítica.
El dato resulta particularmente preocupante. De acuerdo con las cifras señaladas en el análisis de la CEPAL, el comercio intrarregional pasó de representar alrededor del 21% del comercio total latinoamericano en 2008 a aproximadamente 14% en 2024.
Es decir, después de tantos años hablando de integración, la región ha retrocedido.
Y la comparación internacional resulta todavía más incómoda. Mientras América Latina apenas intercambia una pequeña parte de sus exportaciones con sus propios vecinos, en Europa el comercio intrarregional supera ampliamente el 60% del comercio total. La diferencia no es simplemente estadística: revela dos modelos completamente distintos de construcción económica.
América Latina comercia intensamente con Estados Unidos, China y Europa, lo cual es positivo y necesario. El problema no es venderle al mundo. El problema es venderle tan poco a nuestros propios vecinos.
Estamos hablando de un mercado regional de unos 660 millones de habitantes, una gigantesca masa de consumidores que representa una oportunidad económica extraordinaria. El propio secretario ejecutivo de la CEPAL, José Manuel Salazar-Xirinachs, ha insistido en que la región debe contar con una cartera más diversificada de productos, destinos y socios comerciales, y ha destacado el potencial de ese mercado de 660 millones de personas.
La vulnerabilidad queda todavía más clara cuando observamos casos como México, cuya economía está profundamente vinculada al mercado estadounidense. Más del 80% de sus exportaciones tienen como destino Estados Unidos, según la CEPAL. Centroamérica, en cambio, presenta una mayor proporción de comercio intrarregional, cercana al 25%.
Esto explica por qué la diversificación no es solamente una cuestión académica. Cuando un país depende excesivamente de un solo mercado, cualquier cambio arancelario, político o económico en ese destino puede convertirse rápidamente en un problema nacional.
La experiencia europea debería servirnos de lección.
La actual Unión Europea no nació de un gigantesco acuerdo para integrar inmediatamente todos los sectores económicos. Comenzó en 1951 con la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, concentrada en dos productos estratégicos. A partir de allí, la integración fue ampliándose progresivamente.
En América Latina muchas veces hemos intentado hacer exactamente lo contrario: comenzar con la gran declaración política y dejar los detalles económicos para después.
El resultado está a la vista.
Tenemos numerosos mecanismos de integración, tratados comerciales y organizaciones regionales, pero todavía existen enormes dificultades para que una empresa pueda vender fácilmente sus productos en el país vecino. La propia CEPAL identifica la facilitación del comercio como una herramienta fundamental para reducir tiempos, costos y barreras en las fronteras.
Y aquí aparece una idea que debería convertirse en política de Estado: menos cumbres y más comercio concreto.
Que una empresa guatemalteca pueda vender pollo en El Salvador sin enfrentarse a una montaña de trámites. Que un fabricante salvadoreño pueda vender tornillos en Honduras. Que una empresa mexicana pueda colocar televisores en Costa Rica. Que una pequeña compañía colombiana pueda vender software en Chile o Perú sin tener que navegar por un laberinto regulatorio.
Eso es integración.
No necesitamos empezar por una gran bandera latinoamericana ni por un nuevo organismo burocrático. Podemos empezar por eliminar obstáculos concretos: aduanas más rápidas, documentos digitales, reconocimiento de certificaciones, normas sanitarias compatibles, mejores carreteras y puertos, pagos electrónicos y reglas comunes.
La CEPAL ha venido señalando precisamente la importancia de avanzar mediante acciones concretas y políticas que faciliten el flujo de bienes y servicios entre los países de la región.
América Latina no tiene que escoger entre Estados Unidos, China, Europa o sus propios vecinos. Debe comerciar con todos.
Pero mientras las grandes potencias diversifican sus cadenas de suministro y utilizan sus mercados como instrumentos de poder, América Latina continúa desperdiciando una ventaja que tiene frente a sus propios ojos: un mercado de cientos de millones de consumidores, relativamente cercano y con necesidades complementarias.
El desafío, por tanto, no es volver a pronunciar el discurso de la “Patria Grande”.
Es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: hacer que un producto latinoamericano pueda cruzar una frontera latinoamericana con la misma facilidad con que puede cruzar medio mundo para llegar a China o Estados Unidos.
Después de décadas de poesía integracionista, quizá haya llegado la hora de los acuerdos pequeños, concretos y hasta aburridos.
Porque la verdadera integración latinoamericana no se construirá en una fotografía presidencial.
Se construirá en las aduanas, en las fábricas, en los puertos, en las carreteras y en las facturas de miles de empresas que finalmente puedan venderle a su propio vecino.