Por Alonso Rosales
Cinco años después de que la COVID-19 transformara la salud, la economía y la vida cotidiana del planeta, los gobiernos volverán este viernes 25 de septiembre a las Naciones Unidas para discutir una pregunta que sigue abierta: ¿está realmente preparado el mundo para enfrentar una nueva pandemia?
La respuesta no depende solamente de tener vacunas almacenadas. Implica contar con sistemas de vigilancia epidemiológica, laboratorios capaces de detectar rápidamente nuevos patógenos, personal sanitario suficiente, cadenas de suministro resistentes y capacidad para producir vacunas y medicamentos sin depender completamente de otras regiones.
La Segunda Reunión de Alto Nivel de la Asamblea General de la ONU sobre Prevención, Preparación y Respuesta frente a Pandemias se realizará este viernes en Nueva York. El encuentro buscará revisar los avances desde la primera reunión de alto nivel de 2023 y renovar los compromisos internacionales. El tema central será fortalecer la cooperación multilateral e intergeneracional bajo los principios de equidad y solidaridad.
Uno de los protagonistas latinoamericanos de este debate es el médico brasileño Jarbas Barbosa, director de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y director regional de la Organización Mundial de la Salud para las Américas.
Barbosa ha insistido durante la semana de la Asamblea General en una idea fundamental: la preparación para una pandemia no puede construirse únicamente cuando aparece una emergencia.
La OPS sostiene que las capacidades necesarias para enfrentar una pandemia —vigilancia epidemiológica, redes de laboratorios, atención primaria, prevención y control de infecciones y sistemas sanitarios resistentes— también son las herramientas que los países necesitan todos los días.
En declaraciones y actividades públicas durante la Asamblea General, Barbosa ha defendido la necesidad de mantener inversiones permanentes en laboratorios y sistemas de vigilancia, incluso cuando no exista una emergencia sanitaria.
Su advertencia tiene especial relevancia porque una de las lecciones de la COVID-19 fue que un sistema sanitario no puede improvisar su capacidad de respuesta cuando un virus ya se encuentra circulando.
En una intervención reciente, el director de la OPS señaló que la preparación de laboratorios no consiste solamente en disponer de equipos sofisticados. También requiere redes capaces de detectar acontecimientos inusuales, transportar muestras de manera segura, producir resultados confiables y compartir rápidamente la información entre instituciones y países.
La pandemia también dejó una segunda lección: quien no produce vacunas, medicamentos y tecnologías sanitarias depende de quienes sí pueden fabricarlos cuando llega una crisis mundial.
La OPS informa que América Latina y el Caribe cuentan actualmente con más de 30 centros públicos y privados de producción de vacunas distribuidos en siete países, aunque estos centros participan en diferentes segmentos de la cadena de producción y no todos fabrican vacunas contra COVID-19. Además, cuatro productores han avanzado en nueva infraestructura para vacunas basadas en ARN mensajero.
Por eso, no sería correcto afirmar que existen “30 centros de vacunas contra el COVID” en América Latina. La cifra de más de 30 corresponde a instalaciones de producción de vacunas en general.
En materia específica de tecnología de ARNm contra COVID-19, la estrategia regional comenzó con dos centros seleccionados por la OPS y la OMS: Bio-Manguinhos/Fiocruz, en Brasil, y Sinergium Biotech, en Argentina.
Brasil ha avanzado especialmente en esta área. En septiembre de 2026, la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria (Anvisa) autorizó que una vacuna de ARNm contra COVID-19 desarrollada por Bio-Manguinhos/Fiocruz avanzara hacia ensayos clínicos de fase I. La OPS la describe como la primera vacuna de ARNm desarrollada en América Latina y el Caribe que llega a la etapa de ensayos clínicos.
Esto representa un cambio importante respecto a los primeros años de la pandemia, cuando buena parte de la región dependía de proveedores externos para obtener vacunas.
La producción regional adquirida mediante los mecanismos de compra de la OPS representó aproximadamente 26% del volumen de vacunas comprado por los Fondos Rotatorios Regionales en 2025, frente a apenas 1,5% en 2020.
Mientras los organismos internacionales hablan de la próxima pandemia, Estados Unidos enfrenta un problema que demuestra que incluso enfermedades prevenibles pueden volver a convertirse en una amenaza cuando disminuye la cobertura de vacunación.
Los CDC reportaron 3.471 casos confirmados de sarampión en Estados Unidos hasta el 17 de septiembre de 2026, distribuidos en 47 jurisdicciones.
El dato es especialmente significativo porque el sarampión es una de las enfermedades más contagiosas conocidas y requiere niveles muy altos de inmunización para impedir su propagación sostenida.
La cobertura de la vacuna triple vírica —sarampión, paperas y rubéola, conocida como MMR— entre los niños de kindergarten cayó de 95,2% en el año escolar 2019-2020 a 92,5% en 2024-2025, según los CDC. La propia agencia estima que unos 286.000 niños de kindergarten quedaron en riesgo durante ese último año escolar.
El brote de 2026 ha golpeado particularmente a Carolina del Sur y Pensilvania. De acuerdo con datos reportados esta semana, Carolina del Sur acumulaba 686 casos y Pensilvania 649, aunque las cifras son dinámicas y continúan actualizándose.
El problema también ha adquirido una dimensión relacionada con la mortalidad. El 23 de septiembre, los CDC registraron una muerte relacionada con sarampión en Estados Unidos, mientras continuaba la discusión sobre varias muertes notificadas por autoridades de Pensilvania. Reuters informó que los CDC estaban trabajando con las autoridades epidemiológicas estatales y territoriales para establecer una definición estandarizada de muerte relacionada con sarampión.
El caso estadounidense demuestra que la preparación sanitaria no consiste únicamente en desarrollar nuevas tecnologías. También implica mantener las vacunas existentes, alcanzar coberturas suficientemente altas y conservar la capacidad de detectar y contener rápidamente los brotes.
Para América Latina, la discusión de Nueva York tiene una dimensión adicional. La región necesita fortalecer simultáneamente sus sistemas sanitarios y su capacidad industrial.
La dependencia externa no se limita a las vacunas terminadas. La OPS señala que la región mantiene una fuerte dependencia de proveedores externos para principios activos farmacéuticos y otros componentes esenciales. En Argentina, la dependencia de principios activos se estima en alrededor del 85%, mientras que en Brasil llega al 95%.
Esto significa que producir una vacuna dentro de un país no necesariamente significa controlar toda la cadena de suministro.
La construcción de capacidad regional de producción, por tanto, se convierte en una cuestión de seguridad sanitaria. Argentina y Brasil están desarrollando plataformas de ARNm, mientras que otros países de la región participan en proyectos de investigación, regulación, producción y transferencia tecnológica. La OPS ha reunido en estos procesos a instituciones de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, México, Panamá y otros países.
La reunión de este viernes llega en un momento en que el mundo dispone de más herramientas que en 2020: mejores sistemas de vigilancia, nuevas plataformas de vacunas, mecanismos internacionales de cooperación y el Acuerdo sobre Pandemias de la OMS, además del fortalecimiento del Reglamento Sanitario Internacional y del Fondo para Pandemias.
Pero disponer de instrumentos no garantiza que funcionen cuando llegue una nueva emergencia.
La verdadera prueba será si los países mantienen la inversión cuando desaparezca la atención mediática, si pueden compartir información rápidamente, si las vacunas pueden producirse cerca de las poblaciones que las necesitan y si los sistemas sanitarios pueden responder sin colapsar.
El debate de la ONU, en ese sentido, no gira solamente alrededor de la próxima enfermedad. También gira alrededor de las decisiones que los gobiernos tomen antes de que aparezca.
La COVID-19 demostró el costo de llegar tarde. El desafío ahora es evitar que la próxima pandemia encuentre nuevamente al mundo preparando sus respuestas cuando el virus ya esté circulando.