Por Alonso Rosales
La política internacional suele reinventar a sus protagonistas, pero pocas metamorfosis han sido tan abruptas, tan polémicas y tan cargadas de interrogantes como la de Ahmed al-Sharaa, el hombre que hace apenas unos años figuraba en las listas de “terroristas más buscados” de la CIA y el FBI, señalado por sus vínculos con la red que dio origen a al-Qaeda en Siria, y que hoy aparece en fotografías oficiales a las puertas de la Casa Blanca, recibido por Donald Trump, y tratado como aliado por Turquía, Arabia Saudita, Israel y Estados Unidos.
A un año de asumir como figura central del poder en Damasco tras la caída del régimen de Bashar al-Assad, el liderazgo de al-Sharaa continúa generando entusiasmo pragmático en las cancillerías, cautela en los analistas y una mezcla de alivio y desconfianza entre los sirios. ¿Qué ha cambiado realmente? ¿Ha mejorado la vida del pueblo? ¿O la transición ha sido una reconfiguración de poder sin transformar las raíces del conflicto?
Este reportaje reconstruye los logros, las sombras y las contradicciones de su primer año, basándose en material diplomático, informes de organizaciones humanitarias y voces sirias dentro y fuera del país.
Del clandestino a la alfombra roja
La trayectoria de al-Sharaa desafía cualquier manual de diplomacia. Formado en los círculos islamistas radicales que dieron vida a Jabhat al-Nusra —la filial siria de al-Qaeda—, su nombre aparecía desde 2013 en la lista de recompensas estadounidenses. Para Washington era un enemigo directo; para Moscú, un yihadista más en la constelación de grupos rebeldes; para Assad, un terrorista cuyo ascenso era prueba de la conspiración extranjera contra su régimen.
Ese pasado es hoy mencionado con mayor incomodidad que contundencia. En cuestión de meses, y tras la caída del viejo régimen, al-Sharaa se desplazó de la retórica religiosa y la estética de guerra urbana hacia la imagen de un líder transicional pragmático, capaz de negociar simultáneamente con Turquía, Arabia Saudita, Israel, Francia y Estados Unidos. Su visita a Washington —primero informal, luego formal con acceso a la Casa Blanca y encuentro con Trump— selló la nueva narrativa: la del excombatiente que promete estabilidad y que sirve como dique de contención frente al Estado Islámico y la influencia iraní.
En términos geopolíticos, fue una apuesta basada en una frase repetida por diplomáticos de manera casi idéntica: “Peor que el vacío es el caos”.
Un país exhausto que busca respirar
Siria no emergió del conflicto: fue arrastrada a una calma tensa. El fin del régimen de Assad no borró las cicatrices de la guerra ni los desplazamientos masivos. Los sirios viven entre la esperanza de reconstrucción y el temor de volver a caer en un ciclo de represión.
En ese contexto, el gobierno de al-Sharaa logró tres victorias concretas:
Sin embargo, estas mejoras conviven con realidades devastadoras:
El talón de Aquiles: derechos humanos y justicia
Donde el liderazgo de al-Sharaa enfrenta sus críticas más fuertes es en el terreno de los derechos humanos. Informes de Amnistía y Human Rights Watch documentan:
La transición política no ha venido acompañada de un compromiso sólido con la rendición de cuentas. Activistas sirios, especialmente en el exilio, denuncian que la comunidad internacional —que durante años exigió justicia por crímenes de guerra— ha flexibilizado sus exigencias a cambio de estabilidad y acuerdos de seguridad.
Un analista occidental lo resumió así:
“La legitimidad de al-Sharaa no proviene de las urnas ni de la justicia, sino de la utilidad estratégica”.
Las minorías: entre el miedo y la incertidumbre
Uno de los frentes más sensibles del nuevo gobierno es la situación de las minorías, particularmente alauitas, drusas, cristianas y kurdas. El clan Assad, de origen alauita, había mantenido históricamente control férreo sobre estas comunidades, utilizando protección y represión de manera selectiva. Con su caída, el reacomodo territorial ha generado tres dinámicas peligrosas:
1. Violencia localizada y represalias
En regiones alauitas —incluida la zona de Qardaha, vinculada a la familia de Assad— se han reportado ataques, saqueos y enfrentamientos armados producto de venganzas locales, disputas por territorio y luchas internas entre facciones.
2. Desconfianza drusa en Suweida
Suweida sufrió episodios de violencia, secuestros y presiones de milicias rivales, sin que el gobierno transicional ofreciera protección consistente. Muchos drusos perciben que su seguridad depende más de acuerdos comunitarios que del Estado central.
3. Inestabilidad en zonas cristianas y kurdas
En zonas cristianas hay denuncias de discriminación y presiones políticas.
En áreas kurdas la tensión gira en torno al futuro de las estructuras autónomas y la presencia de Turquía, que exige desarticular a las milicias kurdas en la frontera.
En síntesis, el nuevo gobierno no ha logrado articular una política inclusiva capaz de proteger a los grupos vulnerables ni de frenar los ciclos de retaliación.
La sombra del pasado: ¿un líder sin cuentas pendientes?
El mayor cuestionamiento internacional hacia al-Sharaa no es su presente, sino su pasado. Aunque ha adoptado un discurso moderado y tecnocrático, persisten preguntas esenciales:
Ninguna de estas preguntas ha sido respondida con transparencia.
Analistas lo comparan con actores de otras transiciones posbélicas donde figuras armadas se transformaron en políticos: algunos estabilizaron sus países; otros, simplemente reconfiguraron el poder sin cambiar sus métodos.
La diplomacia del pragmatismo: Turquía, Arabia Saudita, Israel y EE. UU.
Los apoyos que hoy recibe al-Sharaa no son prueba de afinidad ideológica, sino de pragmatismo geopolítico.
Pero se trata de alianzas condicionales: ningún país parece dispuesto a respaldarlo si surgen pruebas nuevas sobre abusos graves o si el país cae en un ciclo de caos interno.
¿Qué ha ganado realmente el pueblo sirio?
A pesar de la mejora relativa de seguridad en algunas zonas y del regreso parcial de actividad comercial, la mayoría de los sirios continúan enfrentando:
Para muchos sirios, cambiar a Assad por al-Sharaa no ha significado todavía un cambio profundo, sino un reordenamiento del tablero.
Los desafíos del próximo año
Si al-Sharaa quiere consolidar legitimidad interna —y no depender únicamente del apoyo externo— debe enfrentar cuatro grandes desafíos:
Sin estos pasos, su gobierno corre el riesgo de convertirse en un paréntesis inestable más en la larga historia del conflicto sirio.
un líder entre la oportunidad y el abismo
Ahmed al-Sharaa representa, al mismo tiempo, la promesa y el peligro de la Siria post-Assad. Promesa, porque ha logrado movilizar apoyo internacional, contener focos de violencia y ofrecer la posibilidad de reinserción global del país. Peligro, porque encarna la tendencia de la comunidad internacional a apostar por la estabilidad inmediata aunque implique concesiones profundas en justicia, inclusión y derechos humanos.
A un año de su llegada al poder, su liderazgo se mantiene en una cuerda floja: legitimidad externa sin legitimidad interna sólida; control político sin control total del territorio; apoyo diplomático sin cohesión social.
Lo que ocurra en los próximos meses determinará si su figura pasa a la historia como el arquitecto de la reconstrucción o como otro gobernante que administró el conflicto sin resolverlo.