Por Zarko Pinkas.
Asistí este 3 de noviembre , en La Galera Teatro y Cocina, a la apertura del XII Festival Internacional de Poesía Amada Libertad con un propósito sencillo: escuchar. Llegué invitado por Alexia Miranda, artista salvadoreña cuya obra he seguido con interés desde hace años y cuya búsqueda estética siempre me ha parecido profundamente honesta. Ir a su lectura fue un acto natural, casi una consecuencia de la curiosidad cultural que uno intenta mantener despierta.
La velada reunió poetas de distintas geografías: El Salvador, Guatemala, México, Honduras, Costa Rica, Norteamérica, Sudamérica y otras fronteras del idioma. A cada quien lo acompañaba su acento, su memoria y su manera particular de sostener el silencio entre verso y verso. Hubo densidad en la noche, y un tono introspectivo que invitaba a sentarse sin prisa, a dejar que las palabras hicieran su trabajo sin buscar explicaciones rápidas.
La intervención de Alexia Miranda destacó por su propuesta sensorial: pausas, respiraciones, sonido, gesto. No es poesía que busque convencer o imponer; es poesía que abre un espacio y deja que el lector o espectador lo habite, si quiere. Esa sutileza —esa manera de sugerir más que de subrayar— es una cualidad que pocas voces mantienen sin perder profundidad.
No pretendo hacer crítica literaria de nadie. La poesía, como la vida, opera desde la subjetividad, y cada quien recibe lo que está preparado para escuchar. Lo que puedo afirmar es que hubo autenticidad en los presentes, y la voluntad de compartir desde lo íntimo. Más allá de temas, tonos o enfoques, lo valioso fue la presencia: la palabra respirando en voz humana, sin pantalla de por medio.
En tiempos donde todo se vuelve consigna, donde el discurso intenta sustituir a la experiencia y las redes erosionan la capacidad de contemplación, escuchar poesía en vivo se vuelve un acto casi subversivo. Recordamos, aunque sea por un instante, que el pensamiento se afina escuchando, que el espíritu se ensancha en la fricción con otras sensibilidades, y que la cultura no se milita: se habita, se vive y se aprende.
Agradezco la invitación, y celebro que existan noches así, donde la palabra vuelve a tener peso, silencio y respiración. Que ese eco permanezca.