Vlad Țepeș: el hombre detrás del vampiro y el peligro de convertir la historia en propaganda

Vlad Țepeș ha vuelto a aparecer en las redes sociales, pero esta vez no lo hace necesariamente bajo la capa del conde Drácula. En distintos espacios de Europa oriental y los Balcanes, el príncipe de Valaquia es recuperado como símbolo de resistencia frente a la expansión otomana y como figura de una época en la que la guerra, el poder y el terror estaban estrechamente ligados.

Zarko Pinkas | Imagen : Vlad Țepeș, príncipe de Valaquia. Retrato anónimo del siglo XVI, conservado en el Kunsthistorisches Museum de Viena. Al fondo, las ruinas de la fortaleza de Poenari, Rumania, una de las fortalezas vinculadas históricamente con Vlad Țepeș.


Vlad Țepeș ha vuelto a aparecer en las redes sociales, pero esta vez no lo hace necesariamente bajo la capa del conde Drácula. En distintos espacios de Europa oriental y los Balcanes, el príncipe de Valaquia es recuperado como símbolo de resistencia frente a la expansión otomana y como figura de una época en la que la guerra, el poder y el terror estaban estrechamente ligados.


Durante siglos, Vlad Țepeș ha sido perseguido por una criatura que nunca existió. El príncipe de Valaquia murió en el siglo XV, pero su sombra sobrevivió convertida en vampiro, primero en los relatos europeos sobre su crueldad y mucho después en la imaginación de Bram Stoker. Hoy, paradójicamente, Vlad vuelve a caminar entre los vivos, aunque ya no solamente como el supuesto origen del conde Drácula. En las redes sociales de algunos sectores de Europa oriental y los Balcanes, su figura empieza a reaparecer como símbolo de resistencia frente a la expansión otomana. Y allí comienza otro problema: cuando un personaje histórico sale de la literatura y entra en la propaganda contemporánea, puede ser tan deformado como cuando se convierte en monstruo.

Vlad III, conocido como Vlad Țepeș —Vlad el Empalador—, fue príncipe de Valaquia, un territorio situado en la actual Rumania, y perteneció a la dinastía Basarab. Nació alrededor de 1431 y gobernó en tres períodos distintos, en una región sometida a enormes presiones políticas y militares. No era un personaje eslavo ni un nacionalista en el sentido moderno de la palabra. Las categorías nacionales que hoy utilizamos para hablar de rumanos, serbios, búlgaros o croatas no pueden trasladarse mecánicamente al siglo XV. Vlad era, antes que nada, un príncipe medieval que defendía el poder y la autonomía de Valaquia dentro de un tablero dominado por Hungría, los principados vecinos y el creciente poder del Imperio otomano.

Su historia personal explica mucho más de lo que suele contar la leyenda.

Cuando Vlad todavía era un niño, su padre, Vlad II Dracul, tuvo que entregar a sus hijos Vlad y Radu como rehenes al sultán otomano Murad II. Los muchachos permanecieron durante años bajo custodia otomana. No se trataba de una excursión diplomática ni de una educación aristocrática voluntaria: eran garantías humanas de la obediencia política de su padre. Vlad regresaría posteriormente a Valaquia marcado por una experiencia que debió resultar extraordinaria para cualquier muchacho de su edad: había conocido desde dentro el poder que posteriormente combatiría.

La historia quiso que aquel muchacho terminara enfrentándose precisamente con el Imperio que lo había retenido.

Vlad no fue un santo, y sería un error convertirlo en uno ahora que el vampiro parece haber perdido terreno frente al héroe militar. Fue extremadamente cruel. El empalamiento fue una de sus armas preferidas y las fuentes de su época y posteriores atribuyeron a su gobierno ejecuciones masivas, torturas y castigos que hoy resultan difíciles de imaginar. La investigación histórica reciente, sin embargo, introduce una perspectiva interesante: el empalamiento no era una invención personal de Vlad ni una práctica completamente ajena al mundo militar de su tiempo. Su uso estuvo relacionado con tradiciones de violencia presentes tanto en ambientes húngaros como otomanos, y Vlad aprendió sobre ellas precisamente durante sus años de contacto con ese mundo.

Ahí aparece una de las contradicciones más fascinantes del personaje.

Vlad utilizó el terror como arma política y militar. No necesitaba vencer siempre a un ejército enemigo en el campo de batalla si podía conseguir que el enemigo tuviera miedo de entrar en su territorio. El bosque de cuerpos empalados que, según los relatos, recibió a las tropas de Mehmed II en 1462 no debe interpretarse solamente como una escena de horror medieval. Era también un mensaje. Vlad estaba diciendo a un ejército mucho más poderoso: aquí no encontrarán una tierra indefensa; encontrarán un gobernante dispuesto a llevar la guerra hasta sus últimas consecuencias.

Las historias sobre Vlad se multiplicaron por Europa y algunas de ellas lo presentaron como un monstruo que disfrutaba comiendo entre cadáveres, bebiendo sangre o contemplando tranquilamente el sufrimiento de sus víctimas. Algunas de esas imágenes fueron difundidas mediante relatos y grabados que buscaban construir una determinada reputación sobre él. La fama de su crueldad, por tanto, no nació exclusivamente de la imaginación moderna. Ya en el siglo XV existía una auténtica guerra de imágenes alrededor de su figura.

Pero una cosa es reconocer la existencia de esa propaganda y otra muy distinta negar sus crímenes.

Vlad fue cruel. Lo fue incluso con habitantes de su propio territorio y con enemigos que no necesariamente eran combatientes. Su defensa de Valaquia no convierte automáticamente sus métodos en justos. La historia no necesita absolverlo para comprenderlo. Aquí está precisamente la diferencia entre la historia y el fanatismo contemporáneo.

En algunos espacios digitales de Europa oriental, especialmente en conversaciones relacionadas con la memoria de las guerras balcánicas contra los otomanos, Vlad aparece nuevamente como una especie de guerrero cristiano idealizado. En Bulgaria, por ejemplo, las discusiones actuales sobre su figura muestran hasta qué punto la memoria puede ser contradictoria: para unos representa la resistencia frente al poder otomano; para otros, recuerda también la violencia ejercida contra poblaciones de la región.

Convertirlo en héroe absoluto sería tan equivocado como convertirlo en vampiro.

Porque Vlad Țepeș no fue Drácula.

El conde de Bram Stoker es una criatura literaria. El personaje de la novela publicada en 1897 posee una naturaleza sobrenatural que no tiene absolutamente nada que ver con la biografía documentada del voivoda de Valaquia. Stoker tomó el nombre de Dracula y encontró probablemente alguna inspiración en la fama histórica de Vlad, pero el vampiro pertenece al territorio de la ficción. Las historias sobre Vlad bebiendo sangre o alimentándose entre sus víctimas forman parte de una tradición legendaria cuya veracidad histórica no está demostrada.

El propio nombre contribuyó a la confusión. Vlad era hijo de Vlad II Dracul, cuyo sobrenombre estaba relacionado con la Orden del Dragón. Drăculea significaba, en esencia, “hijo de Dracul”. El nombre terminó viajando por Europa hasta convertirse, siglos después, en el nombre universal de una de las criaturas más famosas de la literatura.

Pero en Rumania la memoria de Vlad ha seguido otro camino.

Allí su figura ha sido recordada como un gobernante severo, cruel y autoritario, pero también como un príncipe que intentó defender la independencia de Valaquia y restaurar el orden en una época de extraordinaria inestabilidad. Su memoria permanece en monumentos, calles y lugares históricos. En Târgoviște, antigua capital de Valaquia, existe incluso un busto de Vlad Țepeș junto a otros grandes gobernantes medievales del territorio.

No se trata necesariamente de un culto.

Y quizá ahí está la lección.

Una sociedad puede recordar a un personaje histórico sin convertirlo en santo. Puede reconocer su papel militar sin negar sus atrocidades. Puede estudiar su resistencia frente a una potencia imperial sin transformar aquella guerra medieval en una cruzada contemporánea contra una religión. Puede comprender que Vlad era un príncipe cristiano que combatió a un imperio musulmán sin convertir esa circunstancia en una licencia para fabricar una guerra cultural seis siglos después.

Eso es lo que las redes sociales suelen olvidar.

La historia medieval no fue un mundo de buenos contra malos. Fue un universo de principados, imperios, alianzas cambiantes, tributos, traiciones, matrimonios políticos, prisioneros, rehenes y guerras en las que la crueldad podía convertirse en una herramienta estratégica. Vlad Țepeș fue producto de ese mundo y, al mismo tiempo, uno de sus protagonistas más extremos.

Su historia tampoco pertenece exclusivamente a Rumania, Turquía, Bulgaria, Serbia o cualquier otra nación moderna. Pertenece a una Europa oriental que durante siglos fue escenario de choques entre poderes diferentes y donde las fronteras políticas cambiaban con una velocidad que hoy resulta difícil imaginar.

Por eso quizá haya que rescatar a Vlad Țepeș, pero no para convertirlo en héroe. Hay que rescatarlo de Drácula. También hay que rescatarlo de quienes ahora quieren convertirlo en un avatar político.

Entre el vampiro de Bram Stoker y el guerrero perfecto de las redes sociales existe un hombre mucho más incómodo: un príncipe medieval que conoció el cautiverio, perdió a miembros de su familia, luchó por conservar el poder, desafió a uno de los grandes imperios de su tiempo y utilizó el terror con una eficacia que todavía nos horroriza.

Ese hombre no necesita colmillos para resultar perturbador. Tampoco necesita ser convertido en santo Le basta con volver a ser lo que realmente fue: Vlad Țepeș, príncipe de Valaquia, uno de los personajes más brutales, contradictorios y fascinantes de la Europa del siglo XV.