La salida de Macklemore de la gira de Ed Sheeran no debería analizarse únicamente como un episodio de censura o como una defensa de la causa palestina. También plantea una pregunta incómoda sobre el uso político de los escenarios musicales: ¿qué ocurre cuando un artista convierte el concierto de otro en una plataforma para una causa deliberadamente polarizante y la reacción que provoca termina alimentando la propia narrativa de confrontación?
Zarko Pinkas |
La salida de Macklemore de la gira de Ed Sheeran no debería analizarse únicamente como un episodio de censura o como una defensa de la causa palestina. También plantea una pregunta incómoda sobre el uso político de los escenarios musicales: ¿qué ocurre cuando un artista convierte el concierto de otro en una plataforma para una causa deliberadamente polarizante y la reacción que provoca termina alimentando la propia narrativa de confrontación?
Me siento tan aburrido cuando escucho las frases clichés de los propagandista de cualquier lado del fanatismo. Me desespera leerlos u oír sus voces lastimeras . En especial de los que andan con el “Free Palestine”. Son como los antivacunas, terraplanista o los reaccionarios de de derecha con sus consignas que buscan convencer a otros que su defienden un temática que es tan verdadera como la existencia de la vida después de la muerte.
Pero hay algo que me resulta particularmente llamativo en la controversia que terminó con Macklemore fuera de la gira estadounidense de Ed Sheeran. La discusión se ha concentrado casi exclusivamente en si el rapero fue censurado, lo cual no es así, por expresar su apoyo a Palestina, pero existe otra lectura que me parece mucho más interesante desde el punto de vista del pensamiento crítico: preguntarnos qué ocurre cuando un artista decide utilizar una plataforma musical ajena para introducir deliberadamente un mensaje político sobre uno de los conflictos más polarizados del planeta para continuar contaminando nuestras mentes con dicho tema.
Macklemore no apareció accidentalmente con ese mensaje en medio de un concierto. Él mismo ha explicado que una de las razones por las que quiso participar en la gira era precisamente disponer de escenarios de enorme capacidad para hablar sobre el conflicto entre Israel-Hamas y Palestina. Durante sus presentaciones en el MetLife Stadium de Nueva Jersey realizó intervenciones políticas y expresó públicamente su posición sobre el conflicto. La decisión tenía, por tanto, una dimensión perfectamente consciente: utilizar una audiencia musical masiva para amplificar una determinada posición política. Aunque, como otros activista de ese sector, se les olvida mencionar siempre a Hamas.
Lo que no podemos afirmar es que Macklemore hubiera diseñado previamente una estrategia para conseguir su expulsión. Eso requeriría pruebas que no tenemos, pero podemos tenerlo en cuenta. Sin embargo, sí resulta razonable pensar que conocía el potencial de confrontación de sus intervenciones. No estaba actuando en un pequeño club frente a un público que había comprado entradas específicamente para escucharlo a él, sino como artista invitado dentro de la gira de otro músico y ante audiencias enormes en Estados Unidos, un país donde el conflicto entre israelíes y palestinos genera desde hace décadas profundas divisiones políticas, sociales y culturales.
Por eso la pregunta resulta inevitable: ¿qué esperaba que sucediera?
La respuesta no tiene que ser necesariamente que esperaba ser expulsado. Puede ser simplemente que estaba dispuesto a asumir las consecuencias de utilizar esa plataforma. Y ahí existe una diferencia importante. Un artista tiene derecho a asumir riesgos políticos con su propia carrera, pero cuando utiliza el escenario de otra persona también introduce a terceros en las consecuencias de esa decisión: al artista principal, al promotor, a los propietarios de los estadios, a los patrocinadores, a los trabajadores de la producción y, finalmente, al público.
Eso es precisamente lo que terminó ocurriendo.
Después de las intervenciones de Macklemore, varios recintos donde estaban previstas las siguientes presentaciones comunicaron que no querían que continuara formando parte del espectáculo. Según el promotor, algunos llegaron incluso a plantear la posibilidad de cancelar los conciertos si el rapero permanecía en el cartel. Macklemore terminó siendo retirado de las fechas restantes de la etapa estadounidense.
Entonces apareció una segunda dimensión del episodio: la victimización.
No utilizo aquí “victimización” para negar que Macklemore haya sufrido una consecuencia profesional real. Fue apartado de una gira y eso es un hecho. Lo interesante es observar cómo una controversia política puede transformarse rápidamente en una narrativa mucho más sencilla: un artista expresa una causa, alguien reacciona, el artista es apartado y posteriormente la historia comienza a contarse principalmente como un caso de censura.
Ese mecanismo es conocido en la propaganda política, independientemente de la ideología que lo utilice. Una causa puede fortalecerse cuando consigue presentarse como perseguida. La reacción del adversario se convierte entonces en una prueba de que la causa es necesaria y, de manera paradójica, termina proporcionando al mensaje una audiencia todavía mayor.
No estoy afirmando que Macklemore haya organizado deliberadamente todo el episodio con ese propósito. Lo que planteo es que un artista con experiencia en comunicación pública conoce perfectamente el poder de una controversia y las posibilidades de amplificación que ofrece. Una intervención política dentro de un concierto puede llegar a miles de personas; una expulsión posterior puede conseguir que esa misma intervención sea discutida durante días por millones.
La propaganda funciona de la misma manera cuando cambia de bandera. Puede provenir de la extrema derecha o de la extrema izquierda, puede utilizar argumentos nacionalistas, religiosos o revolucionarios y puede defender a Israel, Palestina, Rusia, Ucrania, Trump, los demócratas o cualquier otra causa. El procedimiento de polarización es similar: presentar un conflicto complejo desde una sola perspectiva, dividir a los protagonistas entre buenos y malos, seleccionar determinadas víctimas como representación de toda la realidad y convertir cualquier cuestionamiento en una muestra de complicidad con el enemigo.
El concierto no debería ser necesariamente el territorio de esa batalla. Quien compra una entrada puede tener una posición política completamente distinta de la del artista. Puede apoyar a Israel, apoyar a Palestina, criticar a ambos gobiernos, rechazar a Hamás, rechazar al Gobierno de Netanyahu o simplemente no tener una opinión definida. También puede haber pagado una cantidad considerable de dinero porque quiere escuchar música y disfrutar de un espectáculo después de una semana de trabajo.
¿Por qué debería tener que escuchar obligatoriamente una intervención política que no esperaba encontrar allí? ¿ Por qué debo ser usado cómo títere de la propaganda de la extrema izquierda en este caso?
La pregunta puede hacerse exactamente igual si cambiamos el contenido ideológico. Si un artista invitado utilizara el escenario para defender a Donald Trump, atacar a los demócratas, justificar una invasión rusa o defender determinadas posiciones de la extrema derecha europea, sería perfectamente comprensible que una parte del público se sintiera incómoda. Si aceptamos ese principio, tenemos que aplicarlo también cuando la posición política coincide con nuestras propias simpatías.
Ese es, precisamente, el punto del pensamiento crítico: no cambiar el criterio dependiendo de quién sostiene el argumento.
El conflicto entre Israel y Palestina es demasiado complejo para reducirlo a una consigna pronunciada durante un concierto. Las guerras producen víctimas civiles y ese hecho, por doloroso que resulte, no convierte automáticamente una cifra de muertos en una explicación completa del conflicto ni determina por sí mismo quién tiene razón.
Una persona que trabaja como periodista tiene además una responsabilidad diferente de la de un activista. Cuando aparecen cifras de víctimas, debe preguntarse de dónde proceden, cómo fueron obtenidas, qué metodología se utilizó y hasta qué punto pueden verificarse independientemente. Una cifra procedente de una de las partes de una guerra puede ser importante y merece ser considerada, pero no debería convertirse automáticamente en una verdad definitiva simplemente porque coincide con una determinada narrativa política.
Eso tampoco significa negar las muertes. Significa reconocer que precisamente porque las víctimas importan, sus números deben investigarse con rigor.
La historia ofrece suficientes ejemplos de lo peligroso que puede ser manipular las cifras de una tragedia para convertirlas en instrumentos políticos. El Holocausto, el genocidio de Ruanda y las guerras de los Balcanes demostraron la importancia de la investigación histórica, los testimonios, los archivos, los registros y las exhumaciones para establecer la dimensión real de los crímenes.
En una guerra todavía abierta, la situación es mucho más complicada. Las cifras pueden cambiar, las identidades pueden no estar completamente verificadas y las distintas partes tienen intereses evidentes en la manera en que se presenta la información.
Por eso un periodista responsable no debería convertir automáticamente una estimación en una cifra definitiva ni utilizar términos jurídicos como “genocidio” como si fueran simplemente sinónimos de una guerra con muchas víctimas civiles. El término tiene una definición específica y su determinación requiere un análisis jurídico y factual mucho más complejo que repetir una consigna política.
Esto no significa negar que exista sufrimiento palestino. Tampoco significa negar las muertes de civiles israelíes. Significa negarse a convertir el dolor humano en una herramienta para simplificar una guerra.
Una discusión razonable debería poder aceptar simultáneamente varias cosas que actualmente parecen incompatibles para quienes viven atrapados en la polarización.
Se puede reconocer el sufrimiento de los civiles palestinos y condenar los crímenes de Hamás. Se puede reconocer el derecho de Israel a existir y criticar determinadas acciones del Gobierno israelí. Se puede condenar el terrorismo y, al mismo tiempo, exigir que las operaciones militares respeten las normas internacionales. También se puede reconocer que existen víctimas inocentes en ambos lados sin convertir esa afirmación en una supuesta defensa de uno de los gobiernos involucrados.
Lo que resulta intelectualmente pobre es transformar a millones de personas en bloques homogéneos.
Ese mecanismo aparece tanto en la propaganda israelí más radical como en determinados discursos propalestinos radicalizados. Cuando toda la población de un lado es presentada como terrorista o cuando toda la población del otro es presentada como responsable de las decisiones de su Gobierno, desaparece la posibilidad de comprender la realidad humana del conflicto.
Hay músicos que han decidido hablar públicamente de Palestina. Otros han hablado de Israel. Algunos han apoyado a Ucrania. Otros han defendido posiciones políticas completamente diferentes. Y también existe una enorme cantidad de artistas que simplemente evitan hablar de política porque entiende que su trabajo consiste en otra cosa.
No hay nada particularmente cobarde en esa decisión. Puede ser una elección profesional.
Aquí es donde mi propia experiencia entra en la discusión. En 2022 asistí a Cornucopia, el extraordinario espectáculo de Björk. Musicalmente y visualmente era una experiencia impresionante, con una propuesta escénica muy elaborada y una instrumentación que hacía del concierto algo mucho más cercano a una obra artística integral que a una presentación convencional.
En determinado momento apareció un mensaje grabado de Greta Thunberg. Björk había incorporado la intervención de la activista dentro de la estructura del espectáculo y para muchas personas aquello seguramente formaba parte natural de la propuesta.
A mí me ocurrió lo contrario. No fui al concierto para escuchar a Greta Thunberg. Fui a escuchar a Björk.
Eso no significa que Björk no tenga derecho a defender las ideas que considere importantes ni que Greta Thunberg carezca de derecho a expresarse sus posiciones radicales de la realidad. Ambas tienen exactamente el mismo derecho que Macklemore a utilizar públicamente sus voces para la propaganda. Lo que sí demuestra es que el público también tiene derecho a no querer convertir una experiencia musical en una experiencia política.
He visto a Depeche Mode, Erasure, Caifanes, New Order y Pet Shop Boys, entre otros. Todos esos artistas poseen identidades, historias y sensibilidades particulares. En el caso de Erasure, por ejemplo, la identidad LGBT forma parte de su propia historia artística y cultural. No tendría sentido sorprenderse ante determinados símbolos o referencias que formen parte de su espectáculo. Pero una cosa es la identidad de un artista y otra convertir deliberadamente un concierto en una tribuna política.
Tal vez exista una solución bastante sencilla para un problema que cada vez aparece con mayor frecuencia. Si un espectáculo incluye intervenciones políticas importantes, activismo o contenidos destinados a defender una determinada causa, podría informarse al público antes de la compra de la entrada. No sería una censura. Sería información para quedar atrapado en la propaganda.
De la misma manera que existen advertencias sobre determinadas características de una película, una obra teatral o un espectáculo, podría indicarse que un concierto contiene contenido político o intervenciones relacionadas con conflictos internacionales. El espectador decidiría libremente.
Quien quiera escuchar a Macklemore hablar durante diez minutos sobre Palestina podría comprar su entrada y hacerlo. Quien prefiera escuchar solamente música podría escoger otro espectáculo.
Eso sería mucho más democrático que asumir que todas las personas que entran a un estadio están obligadas a compartir la interpretación política del artista.
Lo ocurrido con Macklemore tiene además una consecuencia que debería preocupar a la propia música. La controversia ya no se limita a un rapero que fue retirado de una gira. Ahora existen campañas contra Ed Sheeran, acusaciones cruzadas y una discusión mucho más amplia sobre qué artistas son moralmente aceptables y cuáles deben ser condenados por no adoptar una determinada posición.
Sheeran, mientras tanto, ha intentado explicar que considera que el sufrimiento de israelíes y palestinos constituye una tragedia humana y que quiere que sus conciertos sean espacios de encuentro. También sostuvo que la decisión de retirar a Macklemore no fue tomada por él, sino por los promotores y los recintos involucrados.
No hace falta estar de acuerdo con Sheeran para reconocer que esa posición es perfectamente legítima. Tampoco hace falta estar de acuerdo con Macklemore para reconocer su derecho a expresarse.
La dificultad aparece cuando una de las dos posiciones pretende convertirse en la única moralmente aceptable y comienza a considerar que quien no repite su narrativa es automáticamente enemigo. Ahí es donde la música termina perdiendo.
Porque la música tiene una capacidad extraordinaria para reunir a personas que no piensan igual. Una canción puede ser escuchada por alguien de izquierda y alguien de derecha, por una persona religiosa y otra atea, por alguien que apoya a Israel y alguien que apoya a Palestina. Durante unos minutos pueden compartir exactamente la misma experiencia sin necesidad de preguntarse qué piensa el otro.
Eso es algo demasiado valioso como para entregarlo completamente a la guerra cultural. Macklemore tiene derecho a defender las causas que considere justas. Si quiere organizar un concierto dedicado a Palestina o los régimen islamista de Irán, a los Talibanes de Afganistán o Corea del Norte, puede hacerlo y utilizar todo el escenario para expresar sus ideas. Quienes compren las entradas sabrán de antemano cuál es el contenido político del espectáculo y podrán acudir precisamente porque comparten esa posición.
Pero cuando se participa como artista invitado en la gira de otra persona, existe una responsabilidad adicional. El escenario no pertenece únicamente al artista que tiene el micrófono durante unos minutos; forma parte de un espectáculo construido por muchas personas y al que acude un público que puede no compartir sus convicciones políticas.
La libertad de expresión permite decir lo que uno piensa. No significa que los demás estén obligados a contratarte, a incluirte en su espectáculo o a aceptar que conviertas su escenario en una plataforma política.
Quizá esa sea la parte que más necesitamos recordar. Un concierto puede tener política, pero no tiene por qué convertirse en propaganda. Si un artista decide convertirlo en propaganda, lo mínimo que debería reconocer es que el público también tiene derecho a pensar diferente. Eso le deberá quedar claro al activista Macklemore antes de victimizarse como hoy hace y a todos los que venden la propaganda de la victimización.