Trump, el lenguaje de matón y la Venezuela entregada a Washington

Por Alonso Rosales

Hay momentos en la política internacional en los que el lenguaje deja de ser una herramienta diplomática y se convierte en una demostración de poder. El discurso pronunciado por Donald Trump ante la Asamblea General de Naciones Unidas vuelve a colocar esa discusión sobre la mesa: mientras se presenta como un dirigente que busca acuerdos, utiliza simultáneamente un lenguaje de amenaza extrema contra sus adversarios.

Trump advirtió que Irán podría ser “aniquilado” si no acepta determinadas condiciones sobre su programa nuclear y el estrecho de Ormuz. Sobre Cuba, afirmó que la isla “caerá”. Son expresiones que difícilmente pueden confundirse con el lenguaje tradicional de la diplomacia internacional.

La pregunta no es si Estados Unidos tiene una enorme capacidad militar —la tiene—, sino qué consecuencias tiene convertir esa superioridad en una forma permanente de comunicación política. Amenazar con destruir gobiernos o anticipar la caída de otros países reduce problemas complejos a una lógica elemental: el poderoso ordena y el débil obedece.

Irán, Cuba y Venezuela son países diferentes, con historias, sistemas políticos y capacidades militares distintas. Meterlos dentro de una misma retórica de confrontación tampoco ayuda a resolver los problemas que enfrentan sus poblaciones.

Venezuela: del discurso de potencia militar a una realidad muy diferente

Uno de los episodios más llamativos es Venezuela. Durante años, el gobierno de Nicolás Maduro presentó a las Fuerzas Armadas como una barrera prácticamente inexpugnable frente a cualquier intervención extranjera.

El arsenal venezolano no era imaginario. Caracas adquirió sistemas rusos como los cazas Su-30, tanques T-72 y sistemas antiaéreos S-300 y Buk. Sobre el papel, era un inventario considerable para América Latina.

Pero disponer de armas no significa necesariamente disponer de una fuerza militar moderna y plenamente operativa.

Reuters informó en 2025 que las propias limitaciones venezolanas incluían equipamiento ruso envejecido, problemas de mantenimiento, entrenamiento insuficiente y debilidades logísticas. Un análisis especializado de War on the Rocks también señaló problemas de disponibilidad y mantenimiento en los Su-30 y otros sistemas terrestres.

Por eso resulta difícil sostener retrospectivamente la imagen de una Venezuela militarmente inexpugnable. La experiencia posterior mostró que la cantidad y el tipo de armamento no equivalen automáticamente a capacidad de combate.

Y aquí aparece una cuestión todavía más incómoda: la ausencia de una resistencia militar efectiva durante la operación estadounidense que terminó con la captura de Maduro plantea preguntas sobre la cadena de mando, la preparación de las fuerzas armadas y posibles fracturas internas. Las causas exactas de esa situación deben distinguirse de las especulaciones.

Hablar simplemente de “traición” como un hecho demostrado sería excesivo sin pruebas concluyentes sobre quién ordenó qué. Pero sí existe una pregunta política legítima: ¿cómo fue posible que un Estado que durante años proclamó estar preparado para resistir una intervención extranjera terminara en semejante situación?

Delcy Rodríguez y el nuevo mapa del poder venezolano

La llegada de Delcy Rodríguez al poder abrió una etapa completamente diferente en las relaciones entre Caracas y Washington.

La paradoja resulta evidente. El chavismo construyó durante años buena parte de su identidad política sobre la confrontación con Estados Unidos. Sin embargo, después de la caída de Maduro, Rodríguez ha tenido que negociar estrechamente con la administración Trump.

Las informaciones publicadas recientemente señalan que Washington mantiene una influencia significativa sobre los ingresos petroleros venezolanos y que un acuerdo contempla participación estadounidense en activos petroleros del país. El Financial Times informó que una quinta parte de las reservas petroleras venezolanas estaría vinculada a una empresa con participación relacionada con el Pentágono.

El propio Trump describió el acuerdo petrolero como “un regalo de Venezuela al pueblo de Estados Unidos”, según EL PAÍS.

Es precisamente aquí donde la crítica política adquiere fuerza: Venezuela corre el riesgo de pasar de una retórica de soberanía absoluta a una dependencia económica y estratégica de Washington.

Decir que Delcy Rodríguez “ha regalado el país” es una valoración política, no un hecho jurídico demostrado. Pero las condiciones de los acuerdos petroleros y la influencia estadounidense sobre las decisiones económicas venezolanas permiten entender por qué algunos críticos describen el proceso en esos términos.

Y hay otra paradoja: mientras el discurso chavista denunciaba durante años la supuesta intención estadounidense de apoderarse de los recursos venezolanos, hoy Washington obtiene una posición privilegiada sobre una parte sustancial del negocio petrolero venezolano.

¿Quién gana con el nuevo escenario?

La pregunta inevitable es quién obtiene los mayores beneficios económicos y estratégicos de esta nueva relación.

No hay base suficiente para afirmar que Donald Trump personalmente se está enriqueciendo con el petróleo venezolano. Lo que sí está documentado es que empresas e intereses estadounidenses están obteniendo una posición mucho más favorable en el sector petrolero venezolano.

Ese matiz es fundamental.

La riqueza petrolera pertenece a Venezuela. Si su administración termina bajo condiciones en las que Washington decide, condiciona o supervisa una parte importante del uso de esos ingresos, la discusión deja de ser únicamente ideológica y pasa a ser una cuestión de soberanía económica.

Venezuela no necesitaba demostrar que poseía un arsenal gigantesco en los desfiles. Necesitaba instituciones capaces de proteger sus intereses nacionales, fuerzas armadas funcionales, una economía sostenible y una política exterior que no dependiera de quién tuviera el poder en Washington.

Lo ocurrido demuestra una vieja lección de la geopolítica: un país puede tener petróleo, tanques, aviones y misiles, y aun así ser extremadamente vulnerable si sus instituciones están debilitadas y su clase dirigente termina dependiendo de una potencia extranjera.

Trump parece entender perfectamente esa ecuación. Su lenguaje es el del poder duro: amenaza, presión, negociación y posteriormente acuerdos económicos.

La verdadera contradicción está en que quienes durante años prometieron defender la soberanía venezolana terminaron negociando desde una posición de enorme debilidad frente a Washington.

Y mientras Trump habla de “hacer grande” a Estados Unidos, Venezuela enfrenta la incómoda realidad de tener que negociar el control de su principal riqueza estratégica desde una posición mucho menos poderosa de la que durante años proclamó tener.