Si no me acuerdo, no pasó

Por: Nelson López Rojas

Thalía y Natti Natasha dicen que si no me acuerdo, no pasó. Y estoy de acuerdo. El problema empieza cuando aparecen las fotos como evidencia de la noche de anoche: ahí sí no hay escapatoria, o me acuerdo… o me acuerdo.

Hay países que entierran a sus muertos; otros entierran la memoria. Y luego se sorprenden cuando el cementerio les florece debajo de los pies como prueba de un pasado que juran superado, aunque prefieran no recordarlo.

Nos hemos vuelto expertos en el arte de poner una lámina encima del agujero, o como dice mi amigo uruguayo: “expertos en tapar el pozo después que se ahogó el niño”. Si alguien pregunta qué pasó, se responde que “aquí no hubo nada”. Si alguien insiste, se le acusa de vivir en el pasado, que se modernice. Si alguien recuerda, se le considera sospechoso y que quiere traer las maras de regreso. Y así vamos construyendo el país nuevo sobre una montaña de cosas viejas que fingimos no ver, que escondemos debajo de los muebles.

Aunque escondamos la basura y aunque solo limpiemos la casa cuando va a llegar la suegra, lo curioso es que la basura tiene esa cualidad profundamente antipatriótica de no desaparecer solo porque uno la declare inexistente.

A veces pienso en una historia que escuché sobre Ruanda. Después del horror, dos primos podían sentarse frente a frente, tocar un tambor y decirse la verdad: “Yo hice esto”. “Yo sufrí aquello”. No era una ceremonia para sentirse bien. Era una ceremonia para sentir, que siempre es mucho más difícil.

Pedir perdón no es una operación estética. No es como cuando el dueño de la casa pinta la pared encima de la humedad porque los inquilinos se quejan de los hongos que produce. No. Se debe arrancar el repello y descubrir hasta dónde llegó el hongo.

Nosotros, en cambio, hemos perfeccionado la arqueología inversa. No excavamos para encontrar la verdad; excavamos para enterrarla más profundo. Es así, y cuando alguien toca la llaga, aparecen los especialistas del silencio. Los mismos que aseguran que remover el pasado divide al país, como si las heridas cerraran mejor cuando se les prohíbe existir.

Todos necesitamos sanar para dejar de arrastrar resentimientos: la chancleta con clavos de mamá, los golpes del papá borracho, los abusos del tío, los maltratos emocionales del ex. No me malinterpretés, no se trata de olvidar, sino de traer esos recuerdos a la mesa y reconocer que duelen, y que hay que perdonar o pedir perdón. Yo lo hice con un familiar que me entregó una carta de cinco páginas llena de culpa y resentimiento. La tomé, la leímos, encendí un fósforo y le dije que hasta ahí llegaba el tema. Enojarme con él no iba a deshacer el daño que alguna vez me causó.

No se trata de perdón y olvido, se trata de enfrentarnos a lo que solemos esconder. Ah, pero claro, a la memoria se le da mala fama y se le acusa de resentida. La amnesia, en cambio, siempre encuentra patrocinadores.

Esa tensión entre recordar y olvidar no es exclusiva de un país. Ahí está España, donde la Guerra Civil sigue conversando con los vivos, aunque muchos prefieran archivarla junto a las fotos amarillentas y los discursos estériles. Ahí estamos nosotros, con Óscar Romero y Roque Dalton. Mañita que tienen nuestros muertos de seguir hablando cuando fueron enterrados sin respuestas.

Por eso, cuando se trata de comprender la historia, me interesan más las personas que los documentos, pues la historia no está hecha solo de ideas, sino también de voces, gestos, silencios y contradicciones. Los documentos mienten, “el papel aguanta con todo, hijo” —decía Toño cuando le predicaban. Las personas mienten también, pero sudan mientras lo hacen. Al reconstruir una historia, los archivos ofrecen fechas, decretos y comunicados. Lo decisivo suele escaparse por otros lados como una conversación en la cocina, una discusión en la esquina, una amistad, una traición o un miedo compartido. Mis amigos historiadores llaman a eso “fuentes orales”; yo prefiero llamarlo humanidad.

Quizás por eso prefiero escuchar a los mayores antes que a quienes se empeñan en vender versiones remasterizadas del pasado. No quiero que me ofrezcan un futuro impecable, quiero saber dónde quedaron los errores y qué debo hacer para enmendar mi daño y para no repetirlos.

Tengamos el valor de afrontar esas conversaciones pendientes con el familiar, con el amigo, con el ex, porque lo que se entierra sin comprenderse siempre regresa. A veces convertido en fantasmas, a veces como estrés o enfermedad, a veces como conflictos mayores. A veces en discursos que prometen inaugurar un país nuevo mientras esconden bajo la alfombra aquello que nunca se resolvió.

Los tambores de Ruanda entendieron que la memoria no es un castigo, algo que nosotros seguimos intentando evitar. Es nuestra conversación pendiente. Y vos y yo sabemos que las conversaciones pendientes tienen una costumbre aún más terca que la basura.