Por: Mario Mejía
Una de las características distintivas del ser humano es creerse el centro del cosmos en el que cree. Sin embargo, no siempre se ha pensado que toda la especie humana ocupa ese lugar. Durante miles de años, los seres humanos evolucionamos en pequeñas bandas de cazadores-recolectores, y cada una de esas bandas concebía un tipo de universo en el que ellos mismos —su propio grupo— eran el centro, y no otros seres humanos.
Con el surgimiento de las primeras culturas y civilizaciones, comenzó a formarse poco a poco la idea de una humanidad más universal. Paralelamente, también se fue desarrollando la noción de que la especie humana, como tal, ocupa el centro del universo.
Cuando una tribu se cree el centro del universo, tiende a pensar que tiene derecho a dominar a las demás tribus. Del mismo modo, cuando la especie humana se concibe como el centro del universo, se atribuye el derecho de dominar a todas las otras especies y a los elementos de la naturaleza. Así, podemos ver que la idea de universo —y el lugar que el ser humano cree ocupar en él— influye profundamente en la organización política y moral de una sociedad.
Pero la ciencia moderna fue quitando poco a poco a los seres humanos del centro del universo. Primero nos confirmó que la Tierra no es el centro del cosmos, sino que gira, junto con los demás planetas del sistema solar, alrededor del Sol. Después nos mostró que el Sol tampoco es el centro del universo, sino apenas una estrella entre miles de millones de estrellas que existen en la galaxia.
A su vez, la Vía Láctea —la galaxia a la que pertenecemos— tampoco ocupa un lugar central: es solo una entre miles de millones de galaxias que pueblan el universo observable.
La cosmología contemporánea incluso plantea que el universo continúa expandiéndose y que podrían existir realidades más allá de lo que hoy conocemos, como la hipótesis de un posible multiverso.
Esto significa que la humanidad habita un rincón diminuto de un cosmos inmenso, poblado por planetas, estrellas, Agujero negro, cometas, meteoritos y explosiones estelares como las Supernova.
El universo es frío e indiferente. Estamos aquí, en el planeta Tierra, por pura casualidad. La vida misma surgió en nuestro planeta también por azar. No hay más sentido que el que nosotros mismos imaginamos.
Si somos libres de escoger el sentido que queramos, ¿qué sentido tiene sufrir por significados que solo existen en nuestra imaginación, como las guerras o los conflictos políticos? ¿Qué son, en realidad, nuestros conflictos humanos ante la inmensidad del universo?
Entonces surge otra pregunta: ¿qué tipo de sentido podría inventar el ser humano que no provoque conflictos, que no nos haga perder el tiempo en disputas inútiles y que nos permita gozar la corta vida que, como individuos, tenemos aquí en el planeta? Tal vez una posible respuesta la ofrezca el Transhumanismo, pero de eso hablaremos en otro artículo.