Ser evitativo

Por: Nelson López Rojas

Me encantan las etiquetas por lo divertidas que son; las detesto porque generalizan. Que los de Chalate son cheles, que los de San Miguel hablan con la jota, que el Alianza se quedó sin aficionados porque todos están en el CECOT. En fin, la gente habla, y a veces afirma cosas con una seguridad que asusta.

Hace poco me “diagnosticaron” evitativo. Así, sin anestesia. Evitativo. Otra etiqueta para mi colección. Lo confieso, como que me gusta, suena tranquilizadora. Pero, ¿qué tiene de malo ser evitativo?

Yo mismo uso el rótulo de “en reunión virtual” y nadie me molesta. Un amigo mío ponía cara de profunda concentración cuando veía partidos de la Champions en la oficina y nadie se atrevía a perturbarlo. Hoy, decir que alguien es evitativo equivale a colgarle ese cartel en la frente.

En la cultura de la hipercomunicación, el estar callado genera sospecha. Vivimos obligados a explicarnos todo el tiempo desde lo que sentimos, lo que pensamos hasta lo que no sabemos. Algo de esto ha pensado Byung-Chul Han, cuando analiza la sociedad del rendimiento, la transparencia forzada y la autoexposición permanente. No porque haya escrito sobre los “evitativos” en sentido clínico, sino porque ha señalado con claridad cómo el exceso de comunicación puede vaciar de sentido los vínculos.

Vivimos en una época que exige presencia constante, respuesta inmediata y exposición emocional permanente. No estar —o no estar del todo— se cataloga como una falta, como un gesto de desinterés o como una falla moral. Vaya cosa. Yo no tengo Insta y vivo en una montaña, pero cuando me retiro un poco no es que me niegue al vínculo con mis amistades, sino que intento que no se vuelva ruido.

Cuando uno se pone “raro” no siempre está alejándose del otro. El “loco”, —dicen— tal cual canción de Alux Nahual. Muchas veces está intentando no romper nada, ni a sí mismo, ni a nadie más. El alejarse, el lado oscuro, amigues, no niega la luz; la sostiene.

Dicen que el evitativo se va cuando habría que quedarse, que responde con humor cuando el momento exige solemnidad, que llega tarde al abrazo o se va temprano de la conversación, que esquiva el conflicto, que cambia de tema o que se refugia en el chiste cuando alguien espera una verdad desnuda. Y puede ser cierto, no voy a negarlo. Pero conviene preguntarse algo antes de aceptar tu diagnóstico: ¿irse siempre es huir? ¿quedarse siempre es cuidar? ¿selfie con mamá es amor? No siempre huimos por cobardía, pues a veces nos retiramos por cuidado. No del otro —que suele ser la acusación habitual— sino de lo poco que todavía nos queda entero.

Muchas cosas nos han desensibilizado, es cierto. Muchos arrastramos heridas viejas: la guerra, una relación rota, un terremoto, las maras, El Niño o La Niña. Y no es que uno no sienta; es que a veces se siente demasiado. Hay días en que el mundo hace tanto ruido que uno se queda sin señal —o agarrando señal, wey— y lo único audible es la propia respiración, como si viniera de otra dimensión.

En esos momentos aparece el interrogatorio bien intencionado: Que qué me pasa, que si estoy bien, que si me duele algo, que si quiero hablar… Y no. No quiero. A veces lo único que hace falta es que alguien se siente cerca con un silencio compartido, sin preguntas, sin consejos ni protocolos emocionales.

Ahora, ¿qué tipo de presencia estamos pidiendo? ¿Una real o una simulación constante de cercanía? Estar todo el tiempo no es lo mismo que estar de verdad. Hay quienes confunden quedarse con invadir, creen que amar es insistir, empujar, forzar la palabra. No. También existe una ética de la espera que no interroga ni exige, que simplemente acompaña.

La paradoja es que exigimos presencia absoluta en un mundo donde la reciprocidad escasea. Queremos vínculos intensos, disponibles, atentos, pero ofrecemos agendas saturadas, cansancio crónico y conversaciones a medias porque el celular nos roba esos minutos de amistad. Exigimos profundidad en medio de la prisa. Y cuando alguien no responde al ritmo esperado, lo declaramos evitativo.

El evitativo suele ser leído como alguien que no sabe amar, pero a veces confundimos intensidad con amor. No todos aprendimos a entrar despacio a los lugares que importan. A algunos nos enseñaron a golpes. A otros, con ausencias. Y hay quienes todavía están aprendiendo.

Nuestra época celebra la exposición emocional como virtud y condena la reserva como defecto. No todas las personas sienten igual, ni al mismo ritmo, ni con la misma historia a cuestas. Exigir homogeneidad afectiva es otra forma de violencia, aunque se disfrace de sensibilidad.

Por eso, si alguna vez parezco distante, no te apurés con el veredicto. No siempre irse es abandonar. A veces solo voy a tomar aire o a hacer pipí. A veces es no saber cómo quedarse sin romperse. A veces es reacomodarse para volver más tarde, distinto, un poco más consciente.

En una sociedad que exige explicaciones constantes, aprender a quedarse también implica aprender a no decirlo todo y a guardarse algo. Seamos respetuosos de los tiempos propios y ajenos y entendamos que no todo vínculo se construye a fuerza de palabras.