Por: Francisco (Chico) Campos
Luchar en beneficio del medio ambiente a menudo se percibe como un esfuerzo estéril al observar el avance implacable de la deforestación y la contaminación en nuestro entorno. En el corazón del Gran San Salvador, la vulnerabilidad climática se manifiesta trágicamente en las comunidades que residen en las riberas de ríos convertidos en desagües. Mientras tanto, la constante construcción de grandes edificios, centros comerciales, estadios y zonas residenciales consolida cada día a El Salvador como uno de los países más deforestados de América Latina, sepultando el equilibrio natural bajo el concreto.
El planeta ya no discute, no argumenta ni negocia; simplemente envía señales innegables a través de olas de calor, grandes incendios y glaciares en descenso, demostrando que el temido límite de un grado y medio de aumento en la temperatura global está siendo cruzado. En este crítico escenario, este 5 de junio se conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente bajo el lema de este 2026: “Un llamamiento mundial a la acción climática”. Liderado este año por Azerbaiyán, el Programa de las Naciones Unidas exige actuar #PorElClimaYa, intentando mantener vivo el espíritu de aquella primera conferencia de Estocolmo de 1972.
Como testimonio visual de esta crisis, la siguiente galería fotográfica documenta la cruda realidad que nos rodea. A través de la lente, quedan expuestos los cerros y montañas taladas que han sido despojadas de su flora, los cauces de agua agonizantes y las calles de la ciudad asfixiadas por la acumulación de basura orgánica y desechos tecnológicos. Cada captura es un registro documental innegable del impacto destructivo de nuestras acciones diarias.
Ante esta abrumadora evidencia gráfica, la defensa de nuestros ecosistemas parece, en efecto, una batalla perdida. Sin embargo, el propósito de exponer esta realidad sin filtros no es fomentar la resignación, sino sacudir la apatía y generar una profunda conciencia colectiva. Observar de frente el daño documentado en estas imágenes es el paso indispensable para detener nuestra propia destrucción y asumir el respeto urgente que la naturaleza nos exige.