En los últimos años, las redes sociales se han llenado de imágenes y mensajes que presentan la pobreza como una experiencia casi entrañable. Fotografías de niños jugando en el lodo, familias cocinando en ollas oxidadas sobre el suelo de tierra, viviendas precarias mostradas como símbolos de una vida “simple” y “auténtica”.
Zarko Pinkas-Ramírez |
En los últimos años, las redes sociales se han llenado de imágenes y mensajes que presentan la pobreza como una experiencia casi entrañable. Fotografías de niños jugando en el lodo, familias cocinando en ollas oxidadas sobre el suelo de tierra, viviendas precarias mostradas como símbolos de una vida “simple” y “auténtica”. Estos contenidos suelen ir acompañados de frases cargadas de nostalgia y moralismo: “antes no había lujos, pero había valores”, “con poco éramos felices”, “la verdadera riqueza no es material”. Miles de reacciones emotivas, comentarios religiosos y expresiones de aprobación completan el cuadro.
Este fenómeno no es inocente ni espontáneo. No se trata de simples recuerdos personales ni de una valoración genuina de la austeridad. Estamos frente a un proceso sistemático de romantización de la pobreza, que opera como una forma de anestesia social y como una narrativa ideológica funcional al orden económico vigente.
La pobreza, convertida en imagen y en relato emotivo, deja de ser un problema político y estructural para transformarse en un objeto de consumo simbólico.
La pobreza no es una experiencia espiritual ni una elección cultural. Es una condición material producida por estructuras económicas, históricas y políticas concretas. Implica carencias reales: alimentación deficiente, acceso limitado a la salud y a la educación, precariedad habitacional, exposición constante a la violencia y a la enfermedad. Presentarla como una forma alternativa de felicidad no solo es falso, sino profundamente violento.
En América Latina, esta romantización resulta especialmente grave. La pobreza en la región no puede entenderse sin considerar la historia de la colonización, el despojo sistemático de tierras a los pueblos originarios, la concentración de la propiedad desde la época colonial y la consolidación de élites económicas que han controlado los recursos durante siglos. La desigualdad no es accidental ni reciente: es estructural y heredada.
Reducir esa realidad a imágenes nostálgicas de infancia rural o a relatos de “vida sencilla” equivale a borrar deliberadamente la historia.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ofrece herramientas clave para comprender este fenómeno. En obras como La sociedad del cansancio y Psicopolítica, Han analiza cómo el poder contemporáneo ya no opera principalmente mediante la represión, sino mediante la seducción, la positividad y la autoexplotación.
Las redes sociales son un espacio central de esta lógica. En ellas, el conflicto, la negatividad y la crítica estructural son penalizados por el algoritmo. Lo que se premia es lo emotivo, lo inspirador, lo “compartible”. En ese contexto, la pobreza solo puede circular si es despojada de su carga política. Debe presentarse como resiliencia, humildad o nostalgia, nunca como injusticia.
La pobreza real incomoda; la pobreza estetizada tranquiliza.
Desde esta perspectiva, la romantización de la pobreza no es una percepción errónea de la realidad, sino una reformulación de la realidad para que resulte digerible en el entorno digital. El sufrimiento se convierte en contenido. La miseria se vuelve imagen agradable. La indignación se sustituye por emoción pasajera.
Zygmunt Bauman, por su parte, ayuda a comprender las consecuencias sociales de este proceso. En Vida líquida y Daños colaterales, Bauman describe cómo el neoliberalismo transforma los problemas colectivos en fracasos individuales. La pobreza deja de ser una falla del sistema y pasa a interpretarse como falta de esfuerzo, mala decisión personal o incapacidad moral.
La romantización refuerza esta lógica. Si la pobreza puede ser “bonita”, “auténtica” o incluso “feliz”, entonces deja de ser una injusticia que exige transformación. Se convierte en una condición aceptable, incluso deseable, siempre que no afecte a quienes observan desde una posición de privilegio.
Bauman advierte que las sociedades contemporáneas generan poblaciones “sobrantes”, personas que el sistema no necesita integrar plenamente. La estetización de la pobreza cumple una función clara: hacer tolerable la existencia de esa población excluida sin modificar las estructuras que la producen.
El “me gusta”, el “amén” y el corazón digital no alimentan, no educan ni reparan condiciones materiales. Funcionan como una descarga emocional mínima que sustituye cualquier compromiso real con el cambio social.
Aquí resulta inevitable incorporar a Marshall McLuhan. Su famosa afirmación —“el medio es el mensaje”— adquiere una vigencia inquietante en el contexto de las redes sociales. No es solo el contenido lo que importa, sino la forma en que el medio condiciona lo que puede decirse, cómo se dice y qué efectos produce.
Instagram, por ejemplo, es un medio visual, rápido, emocional y algorítmicamente orientado a maximizar la interacción. En ese entorno proliferan contenidos racistas, misóginos, xenófobos, homofóbicos y clasistas, muchas veces de manera abierta. No porque todos los usuarios lo busquen conscientemente, sino porque el medio favorece la polarización, la simplificación y la viralización de discursos extremos o emocionalmente cargados.
LinkedIn, que se presenta como una red profesional, ha adoptado una lógica similar. Bajo el disfraz del “pensamiento empresarial” circulan discursos que responsabilizan al individuo de su pobreza, exaltan el emprendimiento como solución universal y niegan cualquier análisis estructural. La pobreza aparece allí como un problema de actitud, no como una consecuencia del sistema económico.
El medio no solo transmite el mensaje: lo produce.
Uno de los pilares de esta narrativa es el mito del emprendimiento. Se repite hasta el cansancio que cualquiera puede salir de la pobreza si se esfuerza lo suficiente, si “piensa como millonario”, si adopta la mentalidad correcta. Esta idea ignora deliberadamente los datos empíricos: la movilidad social real es extremadamente baja, y los grandes capitales no surgen de la motivación individual, sino de herencias, redes de poder y acceso privilegiado a recursos.
La promoción constante de estas ideas no busca empoderar a los pobres, sino legitimar la desigualdad existente. Si alguien es pobre, es porque no se esforzó. Si sigue siendo pobre, es porque no aprendió. Y si además se muestra feliz en su precariedad, entonces el sistema queda moralmente absuelto.
A esto se suma un fenómeno central de nuestro tiempo: la migración masiva. Nadie abandona su país, su comunidad y su historia por gusto. Las personas migran porque las condiciones materiales de vida se vuelven insostenibles. Presentar la pobreza como una experiencia romántica resulta obsceno cuando millones se ven obligados a desplazarse para sobrevivir.
Mientras tanto, un grupo reducido concentra el acceso a la tecnología, a los datos y a las nuevas formas de acumulación de riqueza. La brecha no se reduce: se profundiza. Y frente a esa realidad, la romantización de la pobreza funciona como un relato tranquilizador para quienes se benefician del sistema.
Romantizar la pobreza no dignifica a quienes la padecen. Dignifica a quienes la observan desde la distancia. Convierte una injusticia estructural en una experiencia estética, una desigualdad histórica en un recuerdo entrañable y una violencia cotidiana en contenido consumible.
No se trata de una percepción equivocada de la realidad, sino de una percepción políticamente funcional. Mientras la pobreza siga siendo estetizada, emocionalizada y despolitizada, seguirá siendo útil para el mismo sistema que la produce.
La pobreza no necesita ser romantizada. Necesita ser comprendida, cuestionada y transformada.