Cultura de la crueldad

Por Luis Armando González

En las líneas que siguen reflexiono sobre una dinámica cultural que, sospecho, se está instalando en El Salvador de una manera firme: una cultura de la crueldad. Desde ya dejo constancia de que lo que más deseo es equivocarme en mi diagnóstico acerca de lo que recién acabo de enunciar pues, si en algo le atino, tendremos algo grave en el país y sobre lo cual tendremos que preocuparnos en serio.

 Cuando escribo “cultura de la crueldad” pienso en una forma de ver la realidad social según la cual está bien –es válido e incluso motivo de celebración— que determinadas personas (a nivel individual o como colectivo) sean sometidas, por otras, a tratos degradantes y abusivos que violentan su dignidad y derechos.  En esa forma de ver el mundo, quienes son objeto de degradación se lo tienen bien merecido y, si padecen alguna enfermedad o son mayores de edad, peor para ellos:  una u otra condición, por críticas que sean, se añaden al castigo merecido que nunca será excesivo. Desde una cultura de la crueldad quienes son objeto de tratos degradantes no sólo no tienen derechos, sino que su humanidad o ha sido disminuida –son menos humanos que el resto— o de plano les ha sido negada, es decir, no son seres humanos. Esto último se consigue aplicando a las víctimas de crueldad calificativos degradantes o acusándolas de comportamientos reprochables que, para sus acusadores, justifican el trato cruel que aquellas reciben.   

         Quienes están atrapados en las redes de la cultura de la crueldad pueden ser ejecutores de abusos de los cuales se sienten orgullosos y satisfechos; pueden ser los que celebran a los abusadores y se hacen mofa de sus víctimas; o pueden ser los espectadores que, pese a su indiferencia, están de acuerdo con lo que les sucede a quienes son maltratados e injuriados. Ejecutores, burlones e indiferentes han interiorizado la crueldad como algo no sólo normal, sino como algo loable y digno de encomio.  Y esto es ciertamente grave para cualquier sociedad, pues lo deseable es que la crueldad sea motivo de vergüenza para sus cultivadores y animadores, y no motivo de orgullo.  

Si las personas crueles creen que son justas y buenas por serlo, y si hay quienes les celebran sus barbaridades y se burlan de sus víctimas, o vuelven la vista hacia otro lado, algo muy pernicioso se está incubando en la sociedad. Algo que, si lo anterior se generaliza y se convierte en una cultura (creencias y conductas) ampliamente compartida, terminará en un “sálvense quien pueda” que incluirá a los crueles de ahora como posibles víctimas de la crueldad de otros en el futuro.  Es cierto: quienes son crueles en un momento dado creen que siempre, eternamente, estarán a salvo de cualquier crueldad, pero con sus acciones o justificaciones lo que hacen es lo contrario: facilitar ser tratados con crueldad cuando la rueda del poder coloque por encima de ellos a otros quizás más crueles. La cultura de la crueldad, pues, no es un buen negocio para nadie; y por eso no se la debería tolerar o incentivar.

En Salvador –aunque no sólo en este país—, desde hace varias décadas, esa cultura –hermana gemela de la cultura de la violencia y de la impunidad— fue echando raíces poco a poco. O sea, no se trata de algo reciente, aunque sus manifestaciones ahora sean más notorias. Y precisamente por no tratarse de algo que recién despunta es que hay prestarle la debida atención, para lo cual lo primero que tiene que hacerse es caer en la cuenta de la existencia de una cultura de la crueldad; segundo aceptar que es algo anómalo para la convivencia social; y tercero que hay que desentrañar los mecanismos que la nutren para desarticularlos.

Un asunto de no menor importancia es el de comprender cómo es que una sociedad puede terminar por aceptar que la crueldad se instale como como algo que no escandaliza ni indigna. Probablemente porque en esa sociedad sus miembros han sido (y son) sometidos a múltiples “pequeños” abusos que, por su parte, ellos realizan en contra de otros, dando lugar a una “normalización” del abuso y la denigración. Si el abuso y la denigración son algo cotidiano –lo ha sido por décadas— lo previsible es que no haya nada de extraño en que ambos escalen hacia la crueldad y que ésta se acepte, especialmente si se dirige contra quienes son posicionados como agentes de los peores males sociales. Quizás en el fondo de la mente y emociones de quienes viven cotidianamente en el abuso y la denigración ronde la idea siguiente: “si yo, que no soy culpable de nada, lo paso mal por qué me va a molestar o me voy a indignar por el sufrimiento de quienes sí son culpables de algo. Más bien, me alegro por lo que les sucede y exijo que no se les tenga ninguna consideración”[1].

¿Cómo sabremos que la cultura de la crueldad ha desaparecido? Cuando quien cometa un acto de crueldad contra un semejante se abochorne de su acción, cuando no haya personas que lo celebren y se burlen de sus víctimas (clamando incluso por más abusos) y cuando no reine la indiferencia ante situaciones de crueldad que cualquier persona decente consideraría inaceptables y condenables.  ¿Cuándo se puede sospechar que en una sociedad está vigente una cultura de la crueldad?  Cuando hay personas que se jactan de ser crueles, cuando hay quienes aplauden esa crueldad y se burlan de quienes la padecen, y cuando una mayoría mira hacia otro lado como si nada aberrante estuviese sucediendo.

Algo sumamente llamativo de la cultura de la crueldad es que a quienes están atrapados en ella jamás se van a conmover ante alguien, se trate de una persona con una enfermedad grave o con mayoría de edad, que padece de abusos y malos tratos. Y ello porque la cultura de la crueldad mata la empatía, es decir, la capacidad para ponerse en el lugar de otro y sentir, como propias, su tristeza, abandono, miedo e incertidumbre.   Lo más seguro es que, confrontados con la desolación y deterioro de las víctimas, quienes han hecho suya la cultura de la crueldad lo disfruten y se digan a sí mismos, si son los causantes de esa desolación y ese deterioro, “deber cumplido”; y, si son los que celebran esas acciones, que escriban en las redes sociales “bien merecido se lo tenían”, “hasta muy poco castigo han recibido” (por no hablar de acusaciones denigrantes y difamatorias en contra de las víctimas).

Así que con estas líneas lo que menos me interesa es conmover a las personas crueles que, me temo, andan por doquier. Esa pretensión haría que se burlaran de mí. Más bien, lo que me interesa es llamar la atención sobre mi sospecha de que en el país se haya incubado una cultura de la crueldad; y, si mi sospecha es cierta, que tenemos, como sociedad, un grave problema entre manos. Si me equivoco en mi apreciación –y ojalá que así sea— no pasa nada y, como se decía en tiempos de conciliación, podemos repetir al unísono: “paz, trabajo y amor”.


[1] Al escribir esta última línea no puedo evitar pensar en los riesgos que corren a diario –y desde hace ya bastantes años— los cientos de personas que intentan abordar el autobús en una las paradas más difíciles de la capital: la ubicada en la parte sur del antiguo Banco Hipotecario, en San Salvador. Bastantes de estas personas, a diario, se exponen a caerse de las puertas de los autobuses, pues a sus conductores se les exige –con silbatos ensordecedores— que muevan las unidades; quienes las órdenes para ello no reparan en –ni están pendientes de— la gente que intenta subirse al vehículo. En una cultura de la dignidad y el bienestar, la prioridad sería que cada persona que quiere abordar el autobús lo hiciera con la mayor seguridad y tranquilidad. Pero lo que se tiene, a la luz del ejemplo referido, es una normalización de lo contrario.   

NdelE: Fuente de la imagen: https://www.topia.com.ar/articulos/hace-cinco-decadas-una-cuestion-insoslayable-crueldad