De lejos, la sangre corría hacia el horizonte, y todo cuanto alcanzaba la mirada se teñía de rojo.
De lejos, la sangre corría hacia el horizonte,
y todo cuanto alcanzaba la mirada
se teñía de rojo.
Sentí en mi pecho el latido del corazón,
ese rojo corazón
donde la sangre aprende a brotar.
Era niño cuando me corté la piel
y vi caer mi sangre
sobre las flores blancas del jardín.
Tendido en el suelo,
la contemplé correr por los tallos,
manchando los pétalos,
hasta hundirse en la tierra marchita.
Entonces comenzó a llover.
La sangre se diluyó lentamente,
pero dejó su rojo espesor sobre mi cara,
como una última caricia
de la tierra y de la muerte.
Y allí permanecí,
con el sabor de la sangre en la boca,
ese sabor salado, metálico, extrañamente dulce.
Ese sabor a vida que ni la lluvia pudo arrancarme.
Ese sabor a muerte ni las pesadillas pudieron arrancarme,