Gracias, mi familia laboral

Poema de gratitud

Por Alonso Rosales

A mis sesenta y dos años, la vida me enseñó, que hasta el hombre más fuerte alguna vez cayó; entre paredes blancas, mi salud se quebrantaba, y en medio de aquel silencio, mi corazón esperaba.

Fueron días de incertidumbre, de lucha y de temor, cuando más necesitaba una palabra de calor; pero nunca estuve solo en aquella situación, porque ustedes me acompañaron con cariño y corazón.

A usted, estimado  jefe, le doy mi gratitud, por mostrarme que también se lidera con virtud; su interés y sus palabras me dieron fortaleza, y en mis horas más difíciles sentí su gentileza.

A usted, la contadora, gracias de corazón, por estar siempre pendiente, por su noble atención; su gesto fue una muestra de aprecio verdadero, de esos que valen mucho más que el dinero.

A todos mis compañeros, les quiero agradecer, por preguntar cómo estaba, por no dejarme caer; cada mensaje recibido fue una luz en mi camino, una prueba de que el afecto también cambia el destino.

Y hasta por aquel emoji que me supo acompañar, por ese pequeño gesto que me hizo sonreír y pensar; que a veces no hacen falta mil palabras ni un discurso, un símbolo de cariño puede aliviar nuestro curso.

Hoy regreso agradecido, con el alma renovada, con la esperanza en el pecho y la mirada iluminada; porque en medio de mi lucha pude ver con claridad, que en mi familia laboral también existe humanidad.

No se mide el gran cariño por el puesto o la función, sino por estar presente cuando sufre el corazón; y ustedes me demostraron, con sus gestos y bondad, que el trabajo también puede convertirse en hermandad.

Si algún día mis palabras no alcanzan para expresar, lo que llevo aquí en el pecho y les quisiera entregar, que estos versos sean testigos de mi inmensa gratitud, por brindarme su cariño, su esperanza y su virtud.

Gracias, jefe; gracias, contadora; gracias, compañeros, por ser conmigo tan humanos, tan sinceros y tan buenos; hoy les dejo un abrazo que atraviesa la distancia, y un gracias que nace del alma, con amor y con constancia.

Porque a mis sesenta y dos años, después de lo vivido, comprendo que el mayor tesoro es saberse querido; y si la vida me pregunta qué recuerdo guardaré, será el cariño de ustedes, que jamás olvidaré.