Nepal y China: una advertencia climática para la política mundial
Por Alonso Rosales
Las tragedias ocurridas en el Himalaya, particularmente en Nepal y la región china del Tíbet, han vuelto a colocar frente al mundo una pregunta que ya no puede ser ignorada: ¿hasta cuándo los gobiernos seguirán tratando el cambio climático como una discusión política y no como un problema científico, económico y humano?
El 26 de agosto de 2026, el colapso de una enorme masa de roca y hielo en la zona fronteriza entre Nepal y China desencadenó una extraordinaria cadena de acontecimientos: una avalancha de roca y hielo se transformó en un torrente de escombros y posteriormente en una inundación devastadora que recorrió cientos de kilómetros. Un análisis de World Weather Attribution señala que más de 1,300 personas habían muerto para mediados de septiembre y que miles permanecían desaparecidas. El estudio advierte, además, que el rápido calentamiento del Himalaya puede aumentar la probabilidad y severidad de este tipo de peligros, aunque sus autores aclaran que todavía no puede atribuirse exclusivamente este desastre concreto al cambio climático provocado por el ser humano.
La precisión científica es importante. El cambio climático no significa que cada inundación, deslizamiento o avalancha sea causado directamente por el calentamiento global. Los desastres naturales tienen múltiples factores. Sin embargo, la ciencia sí demuestra que el calentamiento del planeta está modificando las condiciones físicas que favorecen determinados fenómenos extremos.
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) concluye que el cambio climático causado por los seres humanos ya está afectando los extremos meteorológicos en todas las regiones del planeta. La frecuencia e intensidad de las precipitaciones extremas han aumentado en muchas zonas terrestres y existe evidencia sólida de la influencia humana en esa tendencia.
La Organización Meteorológica Mundial ofrece un panorama todavía más contundente. Su informe sobre el estado del clima mundial de 2025 confirma que 2015-2025 fueron los once años más cálidos registrados, mientras que el calentamiento de los océanos y el derretimiento de los glaciares continúan. La organización advierte que los fenómenos extremos están provocando daños humanos y económicos cada vez mayores.
El caso de Nepal resulta especialmente significativo porque el Himalaya es una de las regiones donde el calentamiento puede alterar simultáneamente glaciares, nieve, permafrost, precipitaciones y estabilidad de las laderas.
La investigación científica publicada tras la tragedia de agosto encontró condiciones excepcionalmente cálidas antes del colapso de la masa glaciar. Según el análisis difundido por The Guardian, los investigadores consideran que el calentamiento global probablemente actuó como un factor de debilitamiento del sistema glaciar que terminó colapsando.
No se trata solamente de una discusión académica. Cuando una montaña pierde hielo, cuando el permafrost se degrada o cuando aumenta la proporción de precipitaciones que cae como lluvia en lugar de nieve, cambia la estabilidad de todo el sistema.
El resultado puede ser una cadena de acontecimientos: calentamiento, pérdida de hielo, debilitamiento de laderas, desprendimiento de roca, avalanchas, inundaciones repentinas y destrucción de comunidades situadas kilómetros aguas abajo.
Aquí aparece el componente político de la crisis climática.
Durante décadas, científicos de todo el mundo han documentado el calentamiento provocado principalmente por las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, determinados dirigentes políticos continúan cuestionando la gravedad del fenómeno o impulsando políticas que priorizan la expansión de los combustibles fósiles.
Un ejemplo documentado es el presidente estadounidense Donald Trump. En septiembre de 2025, durante su intervención ante la Asamblea General de Naciones Unidas, calificó el cambio climático como “the greatest con job” y defendió una política energética centrada en petróleo, gas y carbón. Reuters también documentó que su administración impulsó medidas favorables a la producción de combustibles fósiles.
Esto no significa que pueda afirmarse científicamente que un político concreto sea responsable de una inundación determinada en Nepal. Esa relación causal sería incorrecta. Pero sí existe una cuestión política legítima: qué hacen los gobiernos frente a una evidencia científica acumulada que muestra que las emisiones humanas están calentando el planeta y modificando los riesgos climáticos.
También debe evitarse afirmar, sin pruebas específicas, que todos los políticos que cuestionan las políticas climáticas lo hacen porque reciben dinero de patrocinadores de la industria petrolera. Existen investigaciones que han documentado vínculos entre determinados legisladores estadounidenses, contribuciones de la industria de combustibles fósiles y posiciones contrarias a la acción climática. Pero cada caso debe demostrarse individualmente.
Las montañas no tienen partido político. Los glaciares no votan. Los ríos no participan en campañas electorales.
Pero las consecuencias del cambio climático terminan afectando decisiones profundamente políticas: presupuestos públicos, infraestructura, agricultura, energía, migración, seguros, salud, seguridad alimentaria y protección civil.
Nepal lo está experimentando de manera dramática. Después de la catástrofe de agosto, el país volvió a sufrir inundaciones y deslizamientos en septiembre. Según autoridades citadas por AFP, 12 personas murieron en Nepal entre el 24 y el 27 de septiembre por nuevos desastres relacionados con lluvias, mientras siete permanecían desaparecidas.
El mensaje científico no es que la humanidad pueda impedir todos los desastres. Tampoco que cada fenómeno meteorológico extremo sea consecuencia directa del calentamiento global.
El mensaje es otro, y quizá más incómodo: un planeta más caliente modifica los riesgos a los que están expuestas las sociedades.
Por eso, la tragedia de Nepal y China debería ser observada no solamente como una catástrofe humanitaria, sino como una advertencia sobre la necesidad de mejorar los sistemas de alerta temprana, estudiar los glaciares, vigilar las montañas, adaptar las ciudades y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.
La ciencia no pide creer. Pide observar, medir, comparar y actuar conforme a la evidencia.
Y mientras los debates políticos continúan, las montañas del Himalaya siguen calentándose.
El desafío para los gobiernos no consiste en escuchar a “la naturaleza” como si esta enviara mensajes políticos. Consiste en escuchar a los científicos que llevan décadas midiendo sus cambios.
Porque cuando el hielo se desprende de las montañas, cuando los ríos se desbordan y cuando comunidades enteras quedan sepultadas bajo toneladas de agua, roca y sedimentos, la discusión deja de ser solamente ambiental.
Se convierte en una cuestión de supervivencia, planificación pública y responsabilidad frente a las generaciones futuras.