Mi cena con André: el extraño privilegio de amar a alguien inteligente

Hace dieciocho años que busco mi cena con André. No es una metáfora que haya inventado después de conocer la película de Louis Malle. Es una manera de nombrar una necesidad que descubrí hace mucho tiempo: la de encontrar en una relación amorosa algo que vaya más allá de la atracción, de la convivencia, de la compañía y, por supuesto, del sexo.

Zarko Pinkas |

Hace dieciocho años que busco mi cena con André. No es una metáfora que haya inventado después de conocer la película de Louis Malle. Es una manera de nombrar una necesidad que descubrí hace mucho tiempo: la de encontrar en una relación amorosa algo que vaya más allá de la atracción, de la convivencia, de la compañía y, por supuesto, del sexo. Busco a una mujer con quien pueda sentarme a conversar y sentir que, mientras hablamos, algo está ocurriendo dentro de nuestras cabezas; que una idea conduce a otra, que una diferencia de opinión abre un territorio que ninguno de los dos había explorado antes y que, al terminar la conversación, los dos sabemos un poco más que cuando comenzamos.

Eso es lo que entiendo por mi cena con André.

No busco a una mujer que piense como yo. Sería insoportable enamorarse de un espejo. Tampoco necesito que haya leído los mismos libros, visto las mismas películas o escuchado la misma música. La inteligencia que me interesa no tiene demasiado que ver con los títulos académicos ni con la cantidad de autores que alguien pueda citar para impresionar a los demás. Tiene que ver con la capacidad de relacionar una experiencia con otra, formular una pregunta que no estaba prevista, reconocer una contradicción y, sobre todo, mantener viva la curiosidad por aquello que todavía no comprendemos.

He tenido la fortuna de conocer esa posibilidad tres veces. Julieta, chilena; Muriel, francesa; Regina, suiza. Las tres fueron mujeres distintas, con historias distintas y formas distintas de mirar el mundo, pero en las tres relaciones encontré algo que para mí resulta excepcional: la conversación podía convertirse en una experiencia de conocimiento. No necesitábamos estar de acuerdo para sentirnos cerca. Podíamos discutir, contradecirnos, descubrir que uno de los dos estaba equivocado o simplemente dejar una cuestión abierta. Lo importante era que la relación no se agotaba en lo sentimental. Había un movimiento intelectual que nos llevaba hacia alguna parte.

Cuando uno ha experimentado eso, resulta difícil conformarse con menos.

No lo digo desde una supuesta superioridad intelectual. La vida me ha enseñado demasiadas veces que uno puede saber muy poco y, sin embargo, creer que sabe muchísimo. Tampoco considero que exista una categoría humana llamada “intelectual” que tenga el monopolio de la inteligencia. El conocimiento está en todas partes. Un campesino que conoce la tierra puede comprender fenómenos que un académico jamás ha tenido que enfrentar; un pescador sabe interpretar el viento, las corrientes y las mareas porque lleva años leyendo un mundo que no aparece necesariamente en los libros. La experiencia también produce conocimiento, y muchas veces produce una forma de inteligencia que no necesita exhibirse.

Lo que me interesa evitar es otra cosa: la renuncia al pensamiento.

Hay personas que han decidido vivir dentro de las ideas que otros les proporcionan. Las encuentran en la televisión, en las redes sociales, en los discursos políticos, en el estadio, en el concierto, en la publicidad o, ahora con mayor intensidad, en el algoritmo. No importa demasiado de dónde proceda la idea mientras venga suficientemente empaquetada y acompañada por la aprobación de los demás. El individuo deja de preguntarse si aquello es cierto y comienza a preguntarse cuántas personas lo están creyendo.

La masa funciona así.

No porque todos sus integrantes sean ignorantes, sino porque el individuo dentro de ella puede suspender temporalmente su capacidad crítica. Basta observar lo que ocurre alrededor de determinados acontecimientos deportivos, espectáculos musicales o fenómenos de consumo. Hay personas para quienes asistir a un Mundial constituye prácticamente la experiencia máxima que puede ofrecer la existencia; otras han convertido el dinero, la apariencia y la capacidad de mostrar lo que poseen en una medida casi absoluta del valor personal. No hay nada malo en disfrutar del fútbol, de la música o del dinero. El problema comienza cuando esas cosas dejan de ser una parte de la vida y pasan a convertirse en la vida misma.

Entonces el mundo se hace pequeño. Y ese mundo pequeño tiene ahora una herramienta extraordinaria para reproducirse: las redes sociales.

No tengo ningún problema con la tecnología ni con quien utiliza una red social para encontrar información interesante. Una persona puede descubrir allí una referencia histórica, una película, un libro, una grabación musical o una investigación que jamás habría encontrado de otra manera. El problema está en la sustitución del conocimiento por su versión instantánea. Me resulta particularmente difícil tomar en serio a quien cree que conoce una obra musical porque vio tres videos de dos minutos sobre ella, o que considera que ha comprendido a un filósofo porque un influencer le explicó cinco frases suyas mientras sonaba música de fondo.

La universidad de TikTok ha producido una nueva especie de autoridad cultural: el especialista en todo aquello que acaba de descubrir y a los charlatanes profesionales.

Hay incluso quienes pueden hablar durante horas sobre Depeche Mode después de haber visto una docena de videos de dos minutos, sin haber escuchado jamás un álbum completo con la atención necesaria para entenderlo. Eso no significa que un video breve carezca de valor. Puede ser el principio de una investigación. Lo absurdo aparece cuando el principio se confunde con el final.

Por eso el proceso de contemplación contemporáneo exige, paradójicamente, aprender a aislarse. No necesariamente del mundo, sino de la saturación.

Hay que saber abandonar una fiesta cuando la conversación ya no nos interesa. Hay que poder pasar frente a un estadio sin sentir la necesidad de entrar porque todo el mundo está entrando. Hay que apagar una red social cuando descubrimos que llevamos una hora consumiendo información que desaparecerá de nuestra memoria antes de terminar el día. Hay que aprender incluso a renunciar a determinada música, determinados programas y determinadas conversaciones cuando comprendemos que no nos aportan nada.

No es desprecio por los demás. Es administración de la propia conciencia. El tiempo es demasiado corto para entregárselo entero a aquello que no nos interesa.

Hace unos días fui a un cementerio porque estaba considerando, llegado el momento, la posibilidad de ser cremado. Y mientras observaba aquel lugar pensé en algo bastante más sencillo y bastante más brutal: allí estaba el final de todos. Toda la extraordinaria maquinaria con la que los seres humanos construimos nuestras diferencias termina reducida, tarde o temprano, a una misma condición. El dinero deja de servir, la apariencia desaparece, las disputas pierden importancia y aquello que durante décadas parecía urgente se vuelve absolutamente insignificante.

Sabemos que vamos a morir y, sin embargo, vivimos como si el tiempo fuera infinito. Quizá por eso importa tanto con quién lo compartimos.

Y aquí aparece el amor. El amor es probablemente una de las experiencias fundamentales de la existencia humana. Nos vincula, nos permite formar parejas, familias y comunidades, y participa de esa continuidad biológica y cultural que ha permitido que la especie humana llegue hasta nosotros. Pero nuestra época ha reducido con frecuencia el amor a una combinación de deseo, posesión, necesidad afectiva y exhibición. Las redes sociales han añadido otra capa: ahora también podemos convertir nuestra relación en una representación pública de nosotros mismos. Eso me interesa muy poco.

El sexo, además, puede convertirse en una de las grandes trampas de la inteligencia. El deseo es poderoso y puede hacer que una persona permanezca durante años en una relación que, fuera de la cama, no tiene absolutamente nada que ofrecerle. El placer sexual puede conseguir que alguien tolere el aburrimiento, la incompatibilidad, el vacío intelectual y hasta la ausencia de un proyecto común. No hay nada extraño en ello: el deseo forma parte de nuestra biología y tiene una fuerza enorme. Lo extraño es permitir que esa fuerza decida por completo con quién vamos a compartir nuestra existencia.

Mi cena con André no es eso. Eso es apenas una colación. Es comerse una salchicha dentro de un pan, sentado en un parque público, esperando que termine la función de una película mediocre para volver a casa. Puede tener su encanto y hasta puede ser divertido, pero no es una cena. La cena requiere otra disposición del espíritu. Requiere sentarse frente al otro y descubrir que las horas han pasado sin que ninguno de los dos haya sentido la necesidad de mirar el teléfono.

Lo que busco en una relación es una forma de excitación que no nace exclusivamente del cuerpo. Existe un placer intelectual difícil de explicar a quien nunca lo ha experimentado. Una conversación puede producir una intensidad semejante a la del deseo físico porque la mente también tiene sus propias formas de placer. Una idea que aparece inesperadamente, una asociación que descubrimos juntos, una discusión que modifica nuestra percepción de algo que creíamos conocer: todo eso puede producir una especie de orgasmo intelectual.

Y si la conversación continúa, si una idea engendra otra y esa otra nos obliga a reorganizar lo que pensábamos, podríamos hablar incluso de una suerte de eyaculación intelectual: no en el sentido vulgar de una ocurrencia, sino como la descarga final de un proceso en el que dos personas han producido algo que antes no existía entre ellas. Una experiencia de conocimiento compartido.

Quizá por eso las relaciones que he tenido con Julieta, Muriel y Regina ocupan un lugar particular en mi memoria. No porque hayan sido idénticas ni porque alguna de ellas haya representado una versión definitiva del amor. Al contrario: fueron distintas precisamente porque cada una me permitió descubrir otra forma de relacionarme con una mujer desde la conversación, la curiosidad y el intercambio de ideas. Es posible que las personas aparezcan y desaparezcan de nuestra vida siguiendo esos ciclos que tanto nos gusta negar, pero hay encuentros que dejan una medida de lo que uno necesita.

Después de haber conocido esa clase de relación, uno sabe que existe. Cuando sabe que existe, resulta mucho más difícil fingir que no la necesita.

Por eso no me interesa demasiado convencer a nadie de que debe vivir de esta manera. Cada persona tiene derecho a construir su vida hueca como quiera. Hay quienes encontrarán felicidad en el dinero, otros en el deporte, otros en una fiesta permanente, otros en las redes sociales y otros en relaciones basadas fundamentalmente en el deseo. No tengo ninguna misión de rescate. No pretendo salvar a la masa ni convertir a nadie a una determinada forma de existencia. No soy solidario con los aquellos que actúan en lo básico de sus razonamientos.

Me interesa salvar, en la medida de mis posibilidades, mi propia conciencia. Y quizá ayudar a unas pocas personas que todavía quieran hacer el mismo esfuerzo.

Porque salir de la masificación cuesta. El entorno empuja constantemente hacia ella. La publicidad quiere que deseemos lo que otros desean; los algoritmos quieren que miremos lo que otros miran; la industria cultural sabe que resulta mucho más rentable producir consumidores que individuos capaces de cuestionar aquello que consumen. El sistema entero funciona mejor cuando estamos distraídos, cuando compramos, cuando competimos, cuando mostramos y cuando confundimos popularidad con valor.

Pensar por cuenta propia siempre ha sido más incómodo.

Nietzsche pagó un precio por hacerlo. Kafka vivió en una relación conflictiva con su tiempo. Camus y Sartre tuvieron que enfrentarse a las tensiones intelectuales y políticas de su época. Van Gogh terminó convertido, después de su muerte, en una figura cultural que el mercado podía consumir, precisamente cuando durante su vida había vivido en los márgenes de aquello que la sociedad consideraba aceptable. Ninguno de ellos escapó completamente de las presiones de su tiempo. Nadie lo hace. La libertad absoluta probablemente sea otra de nuestras ilusiones.

Lo que sí podemos hacer es elegir cuánto de nosotros entregamos a esas presiones. También podemos elegir con quién nos sentamos a la mesa.

Esa elección, cuando se trata del amor, me parece mucho más importante de lo que solemos admitir. Una pareja no debería ser únicamente una persona con la que compartimos el cuerpo o las obligaciones de la vida cotidiana. Puede ser también el lugar donde nuestra inteligencia encuentra otra inteligencia y ambas, sin necesidad de proclamarse superiores, producen una experiencia que ninguna habría producido por separado.

Eso es lo que busco desde hace dieciocho años. Mi cena con André. No sé si volverá a ocurrir. Tal vez sí. Tal vez no. No tengo una respuesta definitiva y tampoco necesito inventarla. La vida tiene esa costumbre de cerrar algunas puertas y abrir otras cuando ya habíamos dejado de esperarlas.

Pero sé reconocer la diferencia entre una conversación y el ruido, entre el deseo y el amor, entre información y conocimiento, entre compañía y encuentro. Y también sé que, si alguna vez vuelvo a sentarme frente a una mujer y después de varias horas descubro que ninguno de los dos quiere levantarse porque todavía queda algo por pensar, por discutir o por descubrir, habré encontrado aquello que llevo dieciocho años buscando.

No será una cena perfecta. Será algo mucho más raro. Será una cena con alguien que me permita seguir siendo, durante unas horas, una persona intelectualmente viva.