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Por Redacción ContraPunto
La confrontación entre México y Estados Unidos por el narcotráfico ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta que durante décadas ha acompañado la relación bilateral: ¿hasta dónde llega la responsabilidad de cada país en un negocio criminal que funciona a ambos lados de la frontera?
Ante los cuestionamientos del presidente Donald Trump sobre los esfuerzos mexicanos contra los carteles de la droga, la presidenta Claudia Sheinbaum ha respondido planteando una perspectiva diferente: México combate el tráfico de estupefacientes hacia Estados Unidos, pero Washington también debería intensificar sus acciones contra el tráfico de armas hacia México, el lavado de dinero y las estructuras criminales que operan dentro de territorio estadounidense.
El argumento mexicano tiene un elemento concreto. El 31 de agosto de 2026, autoridades mexicanas detuvieron en Nuevo León a tres personas que transportaban un arsenal procedente de Texas. Fueron aseguradas 210 armas: 195 largas y 15 cortas, además de cargadores, según informó el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch.
El caso no constituye un hecho aislado. El Gobierno mexicano ha informado que desde octubre de 2024 hasta julio de 2026 se han asegurado más de 32,800 armas de fuego. García Harfuch señaló además que más del 80% de las armas decomisadas durante ese periodo procedían de Estados Unidos.
La pregunta de la reciprocidad
Sheinbaum ha convertido la llamada “responsabilidad compartida” en uno de los argumentos centrales de su política de seguridad frente a Washington.
La lógica es sencilla: si México debe impedir que las drogas lleguen al mercado estadounidense, Estados Unidos debería actuar con igual intensidad para impedir que las armas crucen ilegalmente hacia México.
El problema adquiere mayor dimensión cuando se observa que los carteles mexicanos no funcionan únicamente dentro de México. Sus actividades criminales tienen ramificaciones financieras, logísticas y comerciales en Estados Unidos. Una investigación de Reuters señaló que las operaciones estadounidenses de organizaciones criminales mexicanas incluyen tráfico de armas, contrabando de combustible y lavado de dinero, con utilización incluso de negocios aparentemente legítimos.
Esto modifica el debate. El narcotráfico deja de ser exclusivamente un problema mexicano para convertirse en un mercado transnacional cuya oferta, demanda, financiamiento, transporte y lavado de ganancias atraviesan las fronteras.
El mercado estadounidense
Estados Unidos continúa siendo uno de los principales mercados mundiales para drogas ilícitas procedentes de organizaciones criminales latinoamericanas. Esa demanda constituye uno de los motores económicos del negocio.
Pero reducir el problema a la demanda estadounidense tampoco explica toda la dimensión del fenómeno. Los carteles necesitan armas, empresas fachada, sistemas financieros, redes de transporte y mecanismos para introducir las ganancias ilícitas en la economía formal.
Precisamente por eso, el lavado de dinero se ha convertido en otro punto de disputa.
En junio de 2026, una subcomisión de la Cámara de Representantes estadounidense examinó el funcionamiento de redes internacionales de lavado vinculadas con organizaciones dedicadas al tráfico de drogas. El análisis describió mecanismos mediante los cuales dólares obtenidos de ventas de drogas en Estados Unidos son convertidos y posteriormente transferidos hacia México y otros países.
Washington, por tanto, sí está actuando contra estas estructuras. El Departamento del Tesoro, por ejemplo, renovó el 2 de septiembre de 2026 una orden destinada a aumentar los controles y reportes de determinados negocios de servicios monetarios en la frontera suroeste para combatir actividades relacionadas con carteles mexicanos y lavado de dinero.
La discusión no es entonces si Estados Unidos hace algo, sino si las medidas adoptadas son proporcionales a la dimensión del problema.
Armas al sur, drogas al norte y dinero en ambos sentidos
La paradoja resulta evidente: las drogas viajan principalmente hacia el norte; las armas ilegales fluyen hacia el sur; y las ganancias del narcotráfico necesitan posteriormente regresar al circuito financiero para ser utilizadas, ocultadas o reinvertidas.
Ese modelo convierte a la frontera en mucho más que una línea geográfica. Es un corredor económico utilizado tanto por actividades legales como ilegales.
México sostiene que las armas estadounidenses alimentan la capacidad de fuego de los grupos criminales. Estados Unidos, por su parte, centra gran parte de su presión en impedir la entrada de fentanilo y otras drogas a su territorio.
Ambos problemas están conectados.
Un cartel con grandes ingresos puede adquirir armas. Con armas puede proteger sus rutas. Con rutas puede mantener el suministro de drogas. Con las ganancias puede comprar propiedades, empresas, vehículos y servicios financieros para ocultar el origen del dinero.
El desafío para Washington
La discusión planteada por Sheinbaum también obliga a mirar hacia el interior de Estados Unidos.
La pregunta mexicana es políticamente incómoda pero concreta: ¿qué ocurre con los distribuidores de drogas dentro de Estados Unidos?, ¿qué empresas o personas facilitan el lavado de las ganancias?, ¿cómo llegan las armas adquiridas legalmente a manos de organizaciones criminales mexicanas?, ¿y qué responsabilidad tienen los intermediarios estadounidenses que participan en estas cadenas?
Las autoridades estadounidenses han desarrollado investigaciones y operaciones contra estas redes. Sin embargo, las dimensiones del mercado criminal hacen que la cooperación bilateral siga siendo fundamental.
México también enfrenta responsabilidades propias. Debe combatir a sus carteles, corrupción, producción, tráfico, extorsión y lavado de dinero dentro de su territorio. Estados Unidos debe perseguir la distribución interna de drogas, el financiamiento criminal, el tráfico de armas y las operaciones financieras que permiten a los grupos delictivos obtener ganancias y conservarlas.
La discusión, por tanto, no debería reducirse a quién hace más o quién hace menos.
El verdadero problema es que el narcotráfico funciona como una cadena internacional y cualquier estrategia que ataque solamente uno de sus eslabones deja intactos los demás.
La pregunta que surge de la disputa entre Trump y Sheinbaum es, en última instancia, más amplia: si las drogas, las armas y el dinero atraviesan la frontera en diferentes direcciones, ¿por qué la responsabilidad de combatir el fenómeno debería recaer principalmente sobre uno solo de los países?
La respuesta determinará si México y Estados Unidos continúan intercambiando acusaciones o avanzan hacia una estrategia verdaderamente coordinada contra las tres columnas que sostienen el negocio: las drogas, las armas y el dinero.