Por Alonso Rosales, periodista, filósofo y poeta
A veces la vida tiene una manera extraña de recordarnos quiénes somos. No lo hace con discursos, ni con libros, ni con los salones iluminados donde suelen conversar los poderosos. Lo hace de golpe, con un sacudón suave o violento, empujándonos hacia lugares donde jamás imaginamos dormir, respirar o descansar el pensamiento. Así llegué yo, un hombre acostumbrado a la comodidad de los hoteles y a los silencios perfumados de zonas residenciales, a convivir con la pobreza que no se imagina: la pobreza que se mira, que se toca, que se escucha llorar en las madrugadas frías.
En esta colonia de Santiago de María, Usulután Norte, la pobreza no es una palabra; es un cuerpo que se mueve, un rostro que se agacha para soplar el fogón, unas manos que remiendan las láminas rotas para que el viento no se lleve la esperanza. Es la champa que tiembla con cada aguacero. Es el frío que se filtra por entre los huecos de la vida. Es la niña que corre descalza sin quejarse, el anciano que sonríe aunque no haya desayunado, la madre que inventa milagros con un dólar al día.
Yo creía conocer la pobreza. Creía que haber visitado el proyecto Chaparral, haber tomado café y pan con las familias, haber compartido atol chuco —dulce, tibio, humilde— me daba derecho a decir que entendía. Creía que regalar casas y techos en San Gerardo me acercaba a su realidad. Pero aquella cercanía era un espejismo amable: llegaba, escuchaba, compartía dos horas… y luego volvía a mi mundo cómodo, donde el techo no se caía y el agua no era un lujo.
Vivir aquí es distinto. Aquí no soy visitante: soy parte de la escena, parte del ruido de las latas que golpea el viento, parte de la noche que se siente interminable cuando el alma reflexiona demasiado. Vine por consecuencias ajenas, por daños económicos provocados por otros, por esas vueltas del destino que nadie controla. Pero ahora sé que nada es casualidad. Cada día aquí me ha recordado que un hombre no se define por dónde duerme, sino por lo que aprende de cada noche.
En medio de esta realidad cruda, he descubierto una ternura que no existe en los hoteles ni en los despachos. La ternura de Marlene , que me ofrece su sonrisa como si fuera un pequeño amanecer. La bondad de Viki , siempre dispuesta a compartir lo poco que tiene. La inocencia luminosa de Catalina , que corre hacia mí como si yo fuera un faro en medio de la tormenta. El abrazo espontáneo de Rossmery , la energía de Alice , y las hijas de mi sobrina Sofia — con sus tres nietas, que me han rodeado con un cariño sin cálculo, sin máscaras, sin pedir nada a cambio.
Ellas, con su afecto sincero, han sido una especie de salvación silenciosa. Son la prueba de que en la pobreza más dura florece un tipo de riqueza que los hombres acomodados rara vez conocen: la lealtad que no se compra, la compañía que no se presume, el abrazo que no se negocia.
Y aquí, entre estas calles polvosas, entre los techos que suenan como tambores cuando llueve, me he visto a mí mismo con una claridad que nunca tuve. He recordado que soy un guerrero no por mis cargos ni por mis viajes, sino por mi capacidad de resistir sin perder la sensibilidad. He aprendido que la verdadera fortaleza está en convivir, en escuchar historias que duelen, en sentir el frío que sienten los demás, en aceptar que la vida nos desnuda para enseñarnos lo que siempre debimos entender.
Quizá por eso estoy aquí. Porque, de alguna manera, el destino quiso devolverme a la raíz, al corazón del pueblo que tantas veces analicé desde la distancia. Quiso mostrarme que la humildad no se estudia ni se dirige: se vive. Y que un hombre que ha visto el mundo desde arriba necesita, alguna vez, tocar el suelo para comprenderlo.
Estas son mis memorias. Las memorias de un guerrero que, por obra del azar y la necesidad, ha encontrado en el rincón más humilde de Usulután una lección grande, una verdad profunda y un cariño que no sabía que necesitaba. Y que ahora, al fin, entiende que convivir con los más pobres no es descender, sino elevar el espíritu hasta donde realmente importa.