Zarko Pinkas |
Lo ocurrido la noche de Halloween en el restaurante de la Zona Rosa, en San Salvador, no fue simplemente una escena de mal comportamiento juvenil. Fue también una demostración de la falta de control del establecimiento, de la ausencia de intervención de su personal de seguridad y del irrespeto hacia los trabajadores y los clientes.
La noche de Halloween terminó convirtiendo el McDonald’s de la Zona Rosa en un escenario bastante desagradable. Lo que debería ser un establecimiento para comer tranquilamente se transformó en un espectáculo de gritos, insultos, basura y una absurda guerra de papas fritas.
Dos grupos de jóvenes, uno de aproximadamente ocho muchachas y otro de unas seis personas, protagonizaron una escena difícil de justificar. Se lanzaban papas fritas y agua, gritaban y convertían el restaurante en una especie de campo de batalla. En medio de semejante espectáculo, una papa estuvo a punto de golpear en la cabeza a uno de mis acompañantes, que ni siquiera se había percatado de lo que sucedía detrás de él.
Pero la situación no terminó ahí. También hubo quienes arrojaron deliberadamente la basura fuera de los recipientes, dejando el suelo convertido en un basural. Una empleada del establecimiento tuvo que recoger los desperdicios que otros habían dejado tirados. Me acerqué a ella para explicarle que aquella basura no había aparecido por casualidad: eran los restos de lo que esas jóvenes habían tirado intencionalmente al suelo.
Mientras tanto, otro individuo gritaba insultos y expresiones ofensivas, incluyendo términos homofóbicos y referencias despectivas hacia la orientación sexual de otras personas. El ambiente era de absoluto desorden. ¿Y dónde estaba el personal de seguridad?
Aquí comienza otra parte del problema. El vigilante estaba presente. Cuando entramos, incluso tuvo tiempo para hacer un comentario jocoso sobre la vestimenta de mi acompañante, que iba disfrazado de Indiana Jones. Sin embargo, durante los incidentes que estaban ocurriendo dentro del restaurante, no vimos una intervención efectiva para controlar a quienes estaban molestando a los demás clientes.
No se trata de pedirle al vigilante que se convierta en policía, sino de recordar que su función también consiste en prevenir situaciones que alteren la seguridad y la convivencia dentro del establecimiento. Si hay personas lanzando comida, agua, gritando e insultando a los demás, alguien tiene que intervenir y poner orden.
La responsabilidad también corresponde a la administración del restaurante. McDonald’s no es una pequeña cafetería improvisada. Es una cadena internacional que tiene procedimientos, cámaras de seguridad y una marca que debe cuidar su reputación. ¿Para qué sirven las cámaras si no se revisan los incidentes? ¿Qué protocolos tiene esta sucursal para impedir que unos clientes conviertan la experiencia de los demás en una pesadilla?
Y hay otro asunto que no podemos ignorar: el trato hacia los trabajadores.
¿Por qué una empleada tiene que recoger la basura que otros arrojan deliberadamente? ¿Por qué quienes están atendiendo y limpiando tienen que soportar los comportamientos de personas que parecen creer que pagar por una hamburguesa les concede el derecho de hacer cualquier cosa?
La educación no tiene que ver con el dinero que uno lleva en la cartera, el automóvil que conduce o el colegio donde estudió. La posición económica no otorga privilegios para humillar a nadie. Lamentablemente, todavía encontramos comportamientos de prepotencia social, esa actitud de quienes parecen considerar que las personas que trabajan en servicios y atención al público están en una condición inferior y, por tanto, deben soportar cualquier maltrato.
La noche también terminó con otro incidente en el estacionamiento. Al salir, un conductor realizó una maniobra agresiva con su vehículo y dirigió un gesto obsceno hacia mi acompañante. El estacionamiento estaba saturado y el tránsito interno era caótico. La disposición del autoservicio junto a los espacios de estacionamiento parecía contribuir a la congestión, sin que observáramos una gestión efectiva para ordenar la circulación de los vehículos.
Es decir, los problemas no se limitaban al interior del restaurante. También existían deficiencias en el manejo del estacionamiento y del tránsito vehicular.
Quiero dejar algo claro: quienes llegamos a un establecimiento comercial tenemos derecho a recibir un trato respetuoso. Estamos pagando por un servicio, no entrando a un bar de mala muerte para soportar gritos, insultos, comida volando por encima de nuestras cabezas y comportamientos propios de quienes desconocen las reglas más elementales de convivencia.
Halloween puede ser una celebración, una fiesta y una oportunidad para divertirse. Pero disfrazarse y salir con amigos no significa renunciar a las normas de convivencia ni convertir un restaurante en territorio sin ley.
Por eso, mi reclamo no se dirige únicamente a quienes protagonizaron estos incidentes. Se dirige también a la gerencia de McDonald’s Zona Rosa y a la administración de la franquicia en El Salvador.
La empresa dispone de cámaras de seguridad. Sería importante que revisaran las grabaciones de esa noche, identificaran los incidentes y evaluaran la actuación de su personal de seguridad. También deberían establecer mecanismos para impedir que situaciones semejantes vuelvan a repetirse, incluyendo medidas contra quienes deliberadamente perturban a los demás clientes.
Los trabajadores de McDonald’s merecen respeto. Las personas que llegan a comer merecen respeto. Y quienes pagan por un servicio tienen derecho a disfrutarlo sin convertirse en espectadores de la ordinariez, la prepotencia y la mala educación de otros.
La diversión de unos no puede convertirse en la molestia de todos. Y mucho menos en una carga adicional para quienes están trabajando.
La educación y el respeto no deberían ser disfraces que uno se pone solamente para determinadas ocasiones.