Los senderos de la higuera | Lo que permanece donde no hay luz

No nací de un vientre y esa es la primera grieta. No hay un inicio que pueda recordar, solo una conciencia de interrupción: aparezco donde la luz falla. Soy el residuo que se organiza en el vacío, una continuidad incompleta que aprendió a sostenerse de los pasos ajenos.

Zarko Pinkas |

No nací de un vientre y esa es la primera grieta. No hay un inicio que pueda recordar, solo una conciencia de interrupción: aparezco donde la luz falla. Soy el residuo que se organiza en el vacío, una continuidad incompleta que aprendió a sostenerse de los pasos ajenos.

Al principio, era solo una adherencia. Seguía a los hombres sin dirección, una consecuencia física. Pero con el tiempo entendí que no se mueven por voluntad, sino por la persistencia del daño. Los hombres son mapas de cicatrices invisibles, y yo aprendí a leer esos mapas. Me adherí a un hombre cuya sombra estaba rota, desfasada de sus pies por el peso de un secreto.

Quise ser bueno. En mi lógica de sombra, la bondad era el equilibrio. Pensé: “Si retiro de él lo que lo descompone, si absorbo los fragmentos de odio que le ensucian el pecho, su estructura se estabilizará”. Empecé a lamer sus recuerdos amargos, a tragarme los impulsos que lo hacían temblar por las noches. Sentía cómo esas impurezas hervían dentro de mi negrura.

Pero mi naturaleza es una condena. Al limpiarlo, lo dejé vacío. Sin su dolor, el hombre se volvió una cáscara transparente, una superficie que ya no retenía nada. Y fue en esa transparencia, en ese silencio artificial que yo había creado, donde Los Blancos me detectaron.

No son sombras, son lo opuesto. Son Los Hijos de la Luz Blanca, entes que cruzaron cuando la puerta se abrió y el equilibrio se rompió. Su presencia no se anuncia con sonido, sino con un zumbido que hace vibrar los dientes. Son estructuras de una blancura hirviente, ruedas de energía que giran unas dentro de otras, con cientos de orificios que parecen ojos, pero que solo emiten un calor que calcina la realidad.

Para ellos, yo soy una mancha en un lienzo que debe ser perfecto. Mi intento de salvar al hombre fue, para ellos, un robo de combustible.

El primero de estos entes descendió como un pilar de fuego frío. No tenía rostro, solo ese movimiento giratorio perpetuo de aros entrelazados que zumbaban con odio. Su luz no iluminaba; borraba. Donde sus rayos tocaban, el suelo dejaba de existir, volviéndose un pozo de nada.

Anomalía —vibró el espacio.

El enfrentamiento fue visceral. La criatura expandió su luz para disolverme, para fragmentar mi coherencia. Yo me estiré, volviéndome una mortaja de brea, envolviendo sus aros blancos con un abrazo de vacío absoluto. Intenté asfixiar su luz, pero era como tragar cristales ardiendo. Cada vez que mis extremidades de sombra tocaban su blancura, sentía que me desvanecía, que perdía los recuerdos del hombre que había jurado proteger.

Me rasgaron. Me arrancaron jirones de negrura que contenían el rostro de la madre del hombre, el olor de la lluvia, el miedo a la muerte. Los Blancos no querían matarme; querían desarmarme pieza por pieza hasta que no quedara nada más que aire vacío.

Entendí que, en mi forma humana, era demasiado lento. El hombre al que me aferraba estaba muriendo; su sombra era ahora un charco gris y sin vida porque yo le había robado demasiado para guardarlo en mí. Mi bondad lo estaba matando.

En un acto de desesperación, me hice mínimo. Me volví una gota de aceite negro en la tierra y huí de los aros de luz. Busqué un refugio que no tuviera la debilidad de la carne humana. Cerca de una pared agrietada, vi a dos gatos. No tenían culpa, no tenían pasado; eran puro instinto y garras. Uno de ellos era un tuxedo, negro en sus ojos como una máscara y con el pecho como la nieve, un guardián silencioso de los rincones olvidados.

Me derramé dentro de ellos.

Sentí sus corazones latir como pequeñas máquinas de guerra. Al integrarme en sus proyecciones, mi poder cambió. Ya no era un peso, era un resorte. El gato Tuxedo se erizó; su sombra se proyectó contra la pared como una zarpa de obsidiana de tres metros que cortó el aire con un chasquido metálico.

Cuando el ente blanco intentó descender de nuevo, el gato saltó. No fue el animal; fue mi sombra usando sus músculos. Golpeamos al monstruo en su eje central, justo donde los aros convergían. El choque liberó un olor a ozono y ceniza. Los Blancos retrocedieron, sus estructuras chirriando como vidrio roto contra el cielo. No comprendían esta nueva forma: una sombra que no tenía alma que morder, protegida por la indiferencia de un depredador pequeño.

Finalmente, las luces hirvientes se replegaron hacia las alturas, dejando tras de sí un rastro de tierra quemada.

El hombre quedó tendido en el suelo. Viviría, pero sería un hombre sin peso, alguien que camina por el mundo sin dejar rastro, un fantasma que ya no proyecta nada porque yo le arrebaté su oscuridad. Mi intento de ser “bueno” lo había mutilado.

Me quedé en el cuerpo del gato, sintiendo el calor de su sangre. Y entonces, ocurrió lo imposible.

Desde el centro de mi forma de sombra, surgió una presión insoportable. Algo subió por el pecho del felino, una humedad que no le pertenecía. En la esquina del ojo del gato Tuxedo se formó una gota pesada, oscura y salada, que rodó lentamente por su pelaje blanco.

Estaba llorando.

Lloraba con los ojos del gato porque yo no tengo ojos propios. Lloraba por la pureza del daño que había absorbido y que ahora me corrompía por dentro. Lloraba porque quería ser una mano que consuela, pero solo sé ser la mancha que se esconde detrás de los pasos.

Lloraba porque, aunque había vencido a los hijos de la luz, seguía siendo lo que soy: un monstruo que incluso cuando intenta salvar, termina destruyendo lo que ama. Y el gato, sintiendo mi pena líquida quemándole el rostro, solo soltó un maullido largo y triste hacia la noche, aceptando el peso de la sombra que ahora viviría en él para siempre.