Los senderos de la higuera | Las revelaciones del gato

Era una mujer alta, desproporcionadamente alta para esa ciudad, rozando el metro noventa y cinco, de cabello blanco y ojos claros que contrastaban con el entorno opaco de la polis.

Zarko Pinkas |

El café estaba casi vacío, envuelto en una luz gris que no terminaba de definirse entre la tarde y una neblina persistente que parecía haberse instalado sobre la polis desde hacía semanas. Afuera, la gente caminaba rápido, sin mirarse demasiado, como si cada uno cargara una urgencia que no podía explicarse. Las hojas secas se acumulaban en las esquinas y se desplazaban con el viento en pequeños remolinos, dando la impresión de que el otoño se había quedado atrapado en ese lugar, sin intención de irse. Ella ocupaba una mesa junto a la ventana, con el portátil abierto y una taza que ya se había enfriado, observando la pantalla con una concentración que no era del todo racional, sino más cercana a una necesidad.

Era una mujer alta, desproporcionadamente alta para esa ciudad, rozando el metro noventa y cinco, de cabello blanco y ojos claros que contrastaban con el entorno opaco de la polis. Su presencia no pasaba desapercibida, no solo por su físico, sino porque había en ella una tensión constante, como si su cuerpo aún no terminara de adaptarse a ese lugar. No parecía pertenecer ahí. Su forma de moverse, de observar, incluso de sostener la taza, tenía algo extranjero, como si viniera de otra ciudad-estado donde las reglas fueran distintas, o donde el mundo aún no se hubiera torcido del todo.

Desde lo ocurrido en su apartamento —aquella noche del ojo incrustado en la pared—, había abandonado cualquier intento de normalidad. No buscaba respuestas claras, porque intuía que no existían. Buscaba repeticiones. Patrones. Algo que le confirmara que aquello no había sido una fractura aislada, sino parte de algo que se extendía más allá de su propia experiencia. Escribía términos simples, sin precisión, dejando que el sistema le devolviera fragmentos dispersos de realidad: incendios sin causa, estructuras colapsadas, testimonios incompletos, imágenes tomadas con prisa.

Fue en esas imágenes donde comenzó a verlo. Primero como una coincidencia apenas perceptible: un hombre al fondo de una escena, fuera de foco, casi irrelevante. Luego, en otra cobertura, en otra polis distinta, con otro desastre distinto, pero con la misma presencia contenida, como si estuviera ahí sin querer ser visto. Amplió las fotografías, comparó gestos, posturas, detalles mínimos. Era él. Y en una de esas imágenes, apenas visible, distinguió al animal sobre su hombro: un gato de pelaje blanco con manchas negras, inmóvil, observando en una dirección que no coincidía con el resto de la escena.

La sensación que le produjo no fue miedo inmediato, sino una forma de reconocimiento incómodo, como si algo en su memoria —o en su cuerpo— reaccionara antes que su pensamiento. Encontró luego un registro en video, una entrevista breve en la que el hombre respondía con frases neutras, sin profundidad, evitando cualquier implicación. Vestía un sobretodo oscuro de cuero gastado, demasiado pesado para el clima, y hablaba con una calma que no era tranquilidad, sino contención. Dijo no haber visto nada fuera de lo normal. Dijo que solo pasaba por ahí. Pero su mirada, fija y ligeramente desviada, sugería otra cosa.

No tardó en encontrarlo. La polis no era tan grande como pretendía parecer, y ciertas presencias terminaban repitiéndose en los mismos lugares. Estaba sentado en un café similar al anterior, junto a una ventana empañada por la humedad exterior. El gato descansaba sobre su hombro como si formara parte de él, con el cuerpo relajado pero la mirada alerta. Ella se acercó sin vacilar, arrastrando consigo esa mezcla de curiosidad y tensión que ya no sabía separar.

El hombre levantó la vista antes de que ella hablara, como si ya supiera que iba a llegar. Su rostro era más definido de cerca, con rasgos marcados por el cansancio y una quietud que resultaba incómoda. El gato giró la cabeza lentamente hacia ella, y en ese movimiento hubo algo que no terminaba de encajar con lo natural, una precisión excesiva, casi calculada.

El ataque fue rápido, apenas un gesto. El gato se lanzó lo suficiente para alcanzar su antebrazo y dejar un corte limpio, superficial, pero inmediato. Ella reaccionó por instinto, tensando el cuerpo, lista para responder, pero la voz del hombre la detuvo con una firmeza inesperada. No debía tocar al animal. No era una advertencia común, sino una afirmación cargada de algo más, como si estuviera señalando un límite que no podía cruzarse.

El dolor no era lo importante. Lo que la desestabilizó fue la sensación que siguió al contacto, una impresión difusa de que algo se había desplazado más allá de la piel, instalándose en un lugar que no podía identificar. Cuando le preguntó qué estaba pasando, su voz ya no tenía la seguridad inicial. Él dudó, midiendo las palabras, y terminó por hablar de un error, de algo que no debía ser tocado, de una forma de conocimiento que no se posee sin consecuencias. Mencionó la higuera sin detenerse en ella, como si nombrarla fuera suficiente para convocarla.

Después de ese encuentro, nada volvió a ser estable. Las noches se poblaron de imágenes incompletas, de formas que no terminaban de definirse, de presencias que parecían observarla desde un plano que no alcanzaba a comprender. Su cuerpo empezó a resentirlo: dejó de comer con regularidad, perdió peso, y una fatiga constante se instaló en sus movimientos. Comprendió, no desde la lógica sino desde la experiencia, que aquello no había sido solo un encuentro, sino una transferencia. Algo había pasado a través de él hacia ella.

Regresó a buscarlo impulsada por esa certeza. No utilizó la puerta; entró por la ventana, con el arma firme en la mano, como si ese objeto le ofreciera una forma concreta de control frente a lo que no lo era. Lo encontró tendido en el suelo, junto al gato, ambos inmóviles, como si el espacio mismo los hubiera vaciado de voluntad. Sobre ellos se erguían las figuras, entidades que conservaban una apariencia humana solo en lo esencial, pero cuya composición resultaba profundamente incorrecta: dos rostros compartiendo una misma cabeza, uno masculino y otro femenino, unidos de manera imperfecta, con los ojos abiertos en ambos lados, sin parpadeo.

Del cuello emergían estructuras blandas, como formaciones incompletas, y en el centro del pecho se distinguía un tercer ojo cerrado, tenso, como si estuviera a punto de abrirse. En la cabeza, unas alas plegadas parecían adheridas más que nacidas, como si no hubieran decidido aún su función. Ella disparó sin dudar, a corta distancia, y el impacto produjo una reacción extraña: los cuerpos se sacudieron, pero no como organismos heridos, sino como estructuras que perdían cohesión.

Las cabezas se separaron primero, cayendo con un peso irregular, y en ese instante las alas se desplegaron desde los restos, impulsándolas hacia arriba con movimientos torpes, antinaturales, como si el vuelo fuera una posibilidad reciente y mal aprendida. El resto de las formas colapsó sin resistencia, disolviéndose en el suelo con una consistencia que no correspondía a la carne.

Ella retrocedió, manteniendo el arma en alto, mientras el silencio volvía a ocupar el espacio. Fue entonces cuando el hombre abrió los ojos, lentamente, como si emergiera de una profundidad ajena al lugar. No mostró sorpresa al verla. Solo la observó, con esa misma calma contenida que había visto en la pantalla.

El gato, que ya no estaba en el suelo, ascendía con facilidad por su cuerpo hasta acomodarse nuevamente sobre su hombro. Desde ahí, la miró fijamente, con una atención que no parecía animal, sino algo más antiguo, más consciente, como si en él residiera una forma de entendimiento que el hombre apenas alcanzaba a sostener.

El hombre no se incorporó de inmediato. Permaneció en el suelo, respirando con dificultad, y entonces, sin previo aviso, comenzó a llorar. No era un llanto contenido ni silencioso, sino una ruptura abierta, casi desesperada, como si todo el peso de lo que había visto —o provocado— finalmente encontrara salida. Bajó la mirada, incapaz de sostener la de ella, y habló desde ese lugar quebrado, sin intentar protegerse.

—Es por mi culpa… —dijo, con la voz rota—. Todo esto… está pasando por mi culpa. Yo liberé esta monstruosidad… hace años. No sé cuántos… siete, ocho… tal vez diez. Pensé que podía controlarlo. Pensé que podía… entenderlo.

Ella no bajó el arma. Dio un paso al frente, con la respiración tensa, los dedos firmes sobre el gatillo, como si la rabia necesitara una forma concreta para no desbordarse.

—¿Qué quieres decir con que hiciste esto? —preguntó, y en su voz ya no había solo miedo—. Me contaminaste.

El hombre levantó la vista apenas, lo suficiente para mirarla desde un lugar que ya no parecía del todo humano.

—Sí —respondió, sin intentar negarlo—. Y lo lamento… pero ya no soy la persona que fui. —Hizo una pausa breve, como si las palabras le pesaran más de lo que podía sostener—. Ahora soy algo peor. Algo que sigue conectado a esto… quiera o no.

El silencio que siguió no fue vacío. Fue denso, cargado de algo que ninguno de los dos podía desarmar con palabras. El gato no apartaba la mirada de ella.

—Si quieres entenderlo —continuó él finalmente—, si de verdad quieres saber qué es esto… baja el arma.

Ella no respondió de inmediato. El pulso le latía en las manos, en la sien, en el corte aún reciente del antebrazo. Dudó. Y en esa duda, el gato intervino.

No con un sonido.

Con un movimiento.

Su cuerpo se elevó lentamente en el aire, desprendiéndose del hombro del hombre sin esfuerzo visible, suspendido en una quietud antinatural. El espacio pareció tensarse alrededor de él, como si la casa entera reaccionara a su presencia. Las sombras comenzaron a alargarse desde las esquinas, trepando por las paredes, extendiéndose sobre el suelo con una densidad que no correspondía a la luz existente.

—Debes bajar el arma —dijo el hombre, esta vez sin alzar la voz—. Porque si no…

No terminó la frase. No era necesario.

Ella lo miró. Miró al gato suspendido. Miró el cuerpo aún húmedo de las cosas que habían caído al suelo. Y entendió, no desde la lógica sino desde algo más primitivo, que disparar no resolvería nada, que la violencia que conocía no tenía alcance en ese lugar.

Ella soltó el arma. No con miedo, sino con una decisión cargada de frustración y rabia. El metal golpeó el suelo con un sonido seco que pareció perderse demasiado rápido en el espacio.

Los tres quedaron en silencio. Mirándose con desconfianza, sosteniendo una tensión que ya no era de enfrentamiento, sino de reconocimiento. Entonces el viento entró por la ventana abierta. Frío. Arrastrando consigo un aire más pesado, como si viniera de un lugar distinto al exterior inmediato. Las cortinas se movieron apenas, pero la sensación que trajo no fue la de una corriente común, sino la de algo que avanzaba con él.

La oscuridad comenzó a instalarse en la casa sin transición, ocupando los espacios con una lentitud firme, desplazando la poca luz que quedaba. Afuera, en el horizonte, el anochecer no caía como de costumbre. Era más denso. Más profundo. Como si el mundo, poco a poco, estuviera perdiendo una capa que antes lo contenía.

Y ninguno de los tres apartó la mirada.