Por: Nelson López Rojas
Algunos recordarán una videocolumna en este medio que se llamaba “Me cuesta trabajo creer…” donde con una cámara, como buen sapo lechoso, exponía la hipocresía y la ineptitud de algunos conciudadanos de esta sociedad. Llegó un momento que me di cuenta de que ya no me costaba trabajo creer las cosas que veía y que la gente aceptaba y hasta defendía al del Kia Soul parqueado en las franjas para ciegos o en las aceras exponiendo a los peatones y ciclistas.
A veces me engento –para usar ese término de la chaviza que define el momento cuando la gente te asfixia. A veces quisiera tener una manzana y ponérsela en la boca a la gente que habla burradas como si fueran verdad y que dice payasadas que solo sirven para agitar a los demás. ¿Lo hago? No. Vivo en una sociedad civilizada y debo convivir dentro de ella.
Uno oye estupideces todos los días en el trabajo, con los amigos, en la política, en las redes, en conversaciones familiares, en titulares patrióticos y hasta en la forma en que construimos las ciudades. Mucho ruido, mucha indignación, mucho discurso grandilocuente, pero no una verdadera intención de construir algo mejor, colectivo, para todos.
Tomemos, por ejemplo, a los partidos políticos en El Salvador que aseguran querer convertirse en una “verdadera oposición”. Uno escucha el discurso y parece contundente hasta que llega la pregunta más básica que más de una vez le he hecho a candidatos que buscan mi apoyo: “¿Y cuál es el plan?” Ahí todo se desinfla porque la propuesta suele resumirse en sacar a los actuales políticos, que el Nayí es un dictador, que los alcaldes están robando, que los diputados son incompetentes y que los ministros no ministran y que hay que sacarlos. Está bien. Supongamos que lo logran. ¿Y después qué? Gobernar no es solamente quitar gente; es tener una visión de país, una idea económica, institucional y social. Sin eso, sin visión y sin estatutos a futuro, la política termina convertida en una especie de reality show con banderas y micrófonos.
Lo mismo pasa dentro de muchas familias. Hay padres y abuelos que dicen con total naturalidad: “Yo te tuve para que me hicieras compañía”. Y la frase pasa como si fuera tierna, cuando en realidad encierra una carga emocional enorme, mucho mayor que aquella que repiten los adolescentes de “yo no pedí nacer”. Un hijo no viene al mundo para llenar vacíos ajenos ni para convertirse en enfermero afectivo de nadie. Después aparecen adultos incapaces de poner límites sin sentirse culpables, convencidos de que independizarse es una traición. Hay que aceptar que mucha gente nunca quiso hijos; lo que quiere es no quedarse sola.
También existe el patriotismo oportunista. Cuando algún hijo de salvadoreños triunfa en el extranjero, aparecen titulares inflados diciendo que son orgullo salvadoreño. Va. Creételo. Así como crees que San Salvador es la mejor ciudad del mundo y que El Tunco tiene las mejores playas. ¿Ya te preguntaste quién formó a ese pipilito triunfador? Porque muchas veces estudió afuera, creció afuera, entrenó afuera y triunfó gracias a estructuras que aquí nunca tuvo. El país no sembró la semilla ni cuidó el árbol, pero quiere salir sonriendo en la foto cuando ya dio frutos. Todo pal Insta. Ma.
Y hablando de árboles, ahí aparece otra contradicción maravillosa. Hay gente que se queja del calor insoportable mientras corta los pocos árboles que quedan porque “ensucian”, “estorban” o “tapan el negocio”. Quieren sombra, pero odian las hojas. Quieren ciudades frescas, pero convierten todo en cemento y parqueos. Después suben historias diciendo: “OMG. Este calor ya no se aguanta”.
Y quizás el verdadero resumen de nuestra época sea querer resultados sin procesos, beneficios sin responsabilidad y cambios sin despeinarnos jamás. Queremos oposiciones sin propuestas, hijos sin autonomía, orgullo nacional sin inversión social y ciudades frescas sin naturaleza.
Ya. Basta. Mucho discurso, mucho espectáculo, mucho circo emocional y político con pocas acciones. Hacete cargo de la parte aburrida del proceso, de construir y de cuidar las cosas.
Y quizá por eso es que me engento y me agotan tanto ciertas conversaciones, porque uno empieza oyendo opiniones ajenas con toda la calma del mundo y termina sintiendo que hasta el antidepresivo deja de hacerle efecto.