Francisco (Chico) Campos
La guerra entre pandillas dejó graves secuelas en la niñez salvadoreña. Los niños fueron expuestos, de manera consciente o inconsciente, a escenas del crimen; otros fueron víctimas directas al ser testigos de asesinatos de familiares, vecinos, amigos o conocidos. También estuvieron expuestos al acoso y a la extorsión. La muerte era tan común en la década 2010-2020 que los padres llevaban a sus hijos a las escenas del crimen, ignorantes de los daños psicológicos a los que los exponían.
Según el UNICEF, muchos de estos niños sufrieron secuelas como el trastorno de estrés postraumático (TEPT), trastornos de ansiedad y depresión. Miles de ellos quedaron huérfanos y otros tantos vivieron bajo amenazas que no les permitían la libre movilización en sus barrios, cantones o colonias. Además, crecieron bajo la amenaza de ser reclutados por las estructuras criminales que mantenían el control de la juventud en un país sumido en la violencia.
La herida estructural
El impacto psicológico en la niñez salvadoreña de esta era trasciende el diagnóstico individual para convertirse en un problema de salud pública de carácter transgeneracional. El análisis de expertos en psicología forense y social identifica tres ejes de afectación fundamentales:
Este fotoreportaje documenta la crudeza de una década donde la infancia no fue una etapa de desarrollo, sino de supervivencia. Las imágenes aquí expuestas sirven como evidencia de una deuda histórica: la de un Estado que falló en su deber de protección primordial, permitiendo que el paisaje cotidiano de sus niños fuera dictado por la criminalidad.
Francisco Campos
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