Zarko Pinkas |
El sótano no tenía ventanas. Solo un respiradero angosto por donde entraba un aire sucio, cargado de polvo y un olor metálico que ya no sabían si venía de las bombas o de ellos mismos. Cada explosión hacía temblar las paredes, y la bombilla desnuda, colgada del techo, oscilaba como un péndulo cansado.
—¿Creés que ya pasó lo peor? —preguntó ella, sentada en el suelo, abrazándose las rodillas.
Él no respondió de inmediato. Escuchó el eco lejano de otra detonación, más cercana que la anterior. Luego, con voz baja, casi educada:
—Eso es lo que siempre se dice antes de que caiga otra.
Ella sonrió sin alegría.
—Si salimos vivos de esta… —empezó, y se quedó en silencio.
—¿Si salimos? —repitió él—. ¿A dónde iríamos?
—A cualquier parte donde no caigan bombas —respondió—. A un lugar pequeño. Con una mesa. Con una ventana. Con hijos.
La palabra quedó suspendida en el aire, más pesada que el polvo.
—Siempre hablás de hijos —dijo él—. Como si el mundo todavía estuviera haciendo espacio para eso.
—Porque alguien tiene que imaginarlo —replicó ella—. Si no, ¿para qué sobrevivir?
El silencio volvió a ocupar el sótano. Afuera, el mundo se desmoronaba con una paciencia cruel. Cada explosión parecía marcar el tiempo, como si la guerra tuviera su propio reloj.
—¿Sabés qué me da miedo? —dijo él, al fin—. Que si salimos, no sepamos qué hacer con la vida. Que todo esto haya sido en vano.
—Peor sería no salir —respondió ella—. Peor sería quedarse aquí y acostumbrarse.
Él la miró. Estaba sucia, despeinada, con una mancha de sangre seca en la manga. No recordaba cuándo había ocurrido eso. Tal vez al bajar las escaleras. Tal vez antes. Todo era borroso desde hacía horas… o días.
—No te acerqués —dijo ella de pronto.
—¿Por qué?
—Porque estoy enojada con vos.
—¿Ahora?
—Ahora, antes, siempre. Porque cuando el mundo se estaba cayendo, vos seguías hablando de esperar, de ver qué pasaba.
—Y vos siempre querías correr —contestó él—. Como si el movimiento garantizara algo.
Ella se giró, dándole la espalda. El sótano parecía encogerse con cada bomba. El aire se volvía más denso, más difícil de tragar.
—¿Sabés qué pensaba cuando empezó todo esto? —dijo ella, sin mirarlo—. Pensaba en nombres. En cómo se llamarían. En si se parecerían a vos o a mí.
—Eso ya no importa —dijo él.
—Para mí sí —respondió ella—. Porque si no pensamos en lo que no va a pasar, entonces ya estamos muertos.
La frase quedó flotando. Él sintió un escalofrío, no en la piel, sino en algo más profundo, como un recuerdo que no terminaba de formarse.
—¿Te duele algo? —preguntó.
Ella tardó en responder.
—No —dijo—. Eso es lo raro. No me duele nada. Ni el frío. Ni el hambre.
Él se miró las manos. Estaban sucias, pero no temblaban. No sentía cansancio. No sentía sed.
—Desde hace rato que no siento nada —admitió—. Pensé que era el miedo.
Otra explosión. Esta vez, tan cercana que el polvo cayó como una lluvia lenta.
—No me toqués —repitió ella—. Todavía estoy enojada.
—Solo un segundo —dijo él—. Solo para saber que estás ahí.
Ella dudó. Luego, como si ya no tuviera fuerzas para sostener el enojo, extendió la mano.
Cuando sus dedos se encontraron, no hubo calor. No hubo presión. Fue como atravesar un recuerdo mal conservado, una fotografía vieja.
Se miraron.
—¿Sentiste eso? —preguntó ella.
Él asintió, con la garganta cerrada.
—No estamos aquí —dijo él—. No de verdad.
El ruido de las bombas parecía ahora lejano, casi respetuoso.
—Entonces… —empezó ella—, ¿todo esto?
—Es lo que quedó —respondió él—. Lo que no supimos soltar.
Ella cerró los ojos. Por primera vez, se permitió acercarse. Sus cuerpos se superpusieron sin resistencia.
—No vamos a tener hijos —dijo ella, sin tristeza.
—Pero los pensamos —respondió él—. Y eso cuenta.
El sótano empezó a disolverse, como una imagen que pierde enfoque. Afuera, la guerra seguía. Adentro, ya no quedaba nadie. Solo una araña salto desde las ruinas que quedaron y el eco de dos voces que, al tocarse, entendieron que ya no existían.