Crédito AFP un policía en la zona O
Por Redacción ContraPunto
El 11 de septiembre de 2001, cuando cuatro aviones fueron secuestrados y utilizados en los atentados que estremecieron a Estados Unidos y al mundo, los teléfonos se convirtieron en el último puente entre quienes estaban atrapados en el aire y quienes permanecían en tierra.
No había redes sociales, teléfonos inteligentes ni comunicación instantánea como la que existe hoy. Algunos pasajeros utilizaron los teléfonos instalados en los respaldos de los asientos; otros consiguieron comunicarse mediante teléfonos celulares. En medio del miedo, buscaron una voz conocida: la de una esposa, un esposo, una madre, un padre o un amigo.
Aquellas conversaciones quedaron como uno de los testimonios más humanos de la tragedia.
En el vuelo 175 de United Airlines, Peter Hanson consiguió comunicarse con su padre, Lee Hanson. Viajaba junto a su esposa Sue y su hija Christine, de apenas dos años y medio.
Según los registros posteriores, Hanson explicó que el avión había sido tomado por los secuestradores y que un miembro de la tripulación había sido apuñalado. También describió que la aeronave volaba de manera irregular.
En una segunda llamada, la angustia aumentó. Hanson habló de pasajeros enfermos, de turbulencias y de la posibilidad de que el avión estuviera siendo conducido hacia un edificio.
La conversación terminó abruptamente.
No fue simplemente una llamada de emergencia. Para su padre, fue también la última conversación con su hijo.
Otro pasajero del vuelo 175, Brian David Sweeney, intentó comunicarse con su esposa, Julie.
Al no conseguir hablar con ella, dejó un mensaje. Después llamó a sus padres y habló con su madre, Louise. Les comunicó que el avión había sido secuestrado y que algunos pasajeros estaban considerando intentar recuperar el control de la aeronave.
El mensaje que dejó para su esposa comenzaba con una frase que resumía la situación:
“Jules, this is Brian. Listen, I’m on an airplane that’s been hijacked.”
La existencia de ese mensaje ha sido documentada en los registros históricos sobre las comunicaciones del 11-S.
Brian Sweeney no estaba solamente intentando informar de lo que sucedía. También estaba intentando dejar una huella de sí mismo antes de que la comunicación se perdiera.
El vuelo 93 produjo algunas de las comunicaciones más conocidas de aquella mañana.
Todd Beamer habló con la operadora Lisa Jefferson, quien permaneció en comunicación con él durante varios minutos. Beamer explicó que el avión había sido secuestrado y que los pasajeros habían descubierto que otros aviones habían sido utilizados contra edificios.
Los pasajeros comenzaron entonces a comprender que aquello no era un secuestro convencional.
Beamer y otros pasajeros discutieron la posibilidad de enfrentarse a los secuestradores.
Su nombre quedó ligado posteriormente a una de las frases más recordadas de aquel día:
“Let’s roll.”
La frase se convirtió en un símbolo de la decisión de los pasajeros del vuelo 93 de intentar recuperar el control de la aeronave.
El avión terminó estrellándose en un campo cerca de Shanksville, Pensilvania, antes de alcanzar el objetivo de los secuestradores. Las investigaciones posteriores concluyeron que la rebelión de los pasajeros impidió que el avión llegara a su destino previsto. El Servicio de Parques Nacionales conserva la memoria y documentación de los pasajeros y tripulantes del vuelo 93.
Entre las llamadas más dolorosas está la de Lauren Grandcolas.
Tenía 38 años, estaba embarazada y regresaba a California en el vuelo 93. Desde el teléfono instalado en el avión intentó comunicarse con su esposo, Jack.
No consiguió hablar directamente con él y dejó un mensaje.
“Honey, are you there? Jack, pick up, sweetie.”
Después llegó una frase sencilla, pero devastadora:
“I just wanted to tell you I love you.”
La llamada de Lauren muestra una dimensión distinta de la tragedia. No hay en esas palabras una explicación política ni una discusión sobre terrorismo. Hay una mujer intentando encontrar a la persona que ama.
Su último mensaje no fue una declaración histórica.
Fue una despedida familiar.
Las comunicaciones realizadas desde el vuelo 93 fueron fundamentales para que quienes estaban en tierra comprendieran que se trataba de una operación coordinada. El Memorial del 11-S señala que desde ese avión se realizaron alrededor de 30 llamadas.
En el vuelo 77 de American Airlines viajaba Barbara Olson, comentarista política y esposa del entonces procurador general de Estados Unidos, Theodore Olson.
Barbara consiguió comunicarse con su esposo desde el avión.
Le explicó que el avión había sido secuestrado.
La llamada colocó a Theodore Olson ante una de las decisiones más dolorosas imaginables: escuchar a su esposa sabiendo que probablemente se encontraba ante una situación de la que no podría escapar.
Según testimonios posteriores, ambos se despidieron.
Las comunicaciones de Olson fueron también importantes porque ayudaron a las autoridades a comprender que los aviones habían sido secuestrados y que los acontecimientos estaban relacionados. Los archivos del FBI conservan documentación de las entrevistas realizadas después de los atentados sobre aquellas llamadas.
Madeline Amy Sweeney era auxiliar de vuelo del American Airlines 11, el primer avión que impactó contra el World Trade Center.
Sweeney consiguió comunicarse con Michael Woodward, un empleado de American Airlines, y proporcionó información sobre los secuestradores.
A diferencia de otras llamadas, la suya tuvo un componente adicional: permitió reconstruir parte de lo que estaba sucediendo dentro del avión.
Pero detrás de la información estaba una persona.
Una mujer que sabía que se encontraba en una situación extrema y que, aun así, intentó ayudar a otros.
Las llamadas realizadas desde los aviones posteriormente fueron utilizadas para reconstruir la secuencia de acontecimientos y se convirtieron en parte de la documentación histórica y judicial de los atentados. Los registros disponibles incluyen transcripciones de llamadas de emergencia y comunicaciones relacionadas con los cuatro vuelos.
Las cinco historias tienen algo en común.
Antes de convertirse en nombres de una lista de víctimas, aquellas personas fueron hijos, padres, esposos, esposas, compañeros de trabajo y amigos.
El teléfono fue, durante aquellos últimos minutos, mucho más que un instrumento de comunicación.
Fue una puerta hacia casa.
Para algunos, sirvió para informar a las autoridades. Para otros, para explicar lo que estaba ocurriendo. Y para varios, simplemente para decir una frase que millones de personas pronuncian todos los días sin imaginar que podría ser la última:
“Te quiero”.
La historia del 11-S no terminó cuando las torres cayeron ni cuando cesaron los incendios.
Para cientos de miles de personas, comenzó entonces otra batalla.
El polvo y el humo que cubrieron Lower Manhattan contenían una mezcla de sustancias tóxicas. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, alrededor de 400.000 personas estuvieron expuestas a contaminantes tóxicos, riesgo de lesiones y condiciones de enorme estrés físico y emocional durante los días, semanas y meses posteriores a los ataques.
Bomberos, policías, trabajadores de emergencia, voluntarios, residentes, trabajadores de oficinas y otras personas estuvieron expuestos al ambiente contaminado.
Algunos enfermaron poco después.
Otros tardaron años.
Y algunos comenzaron a presentar enfermedades décadas después.
Entre las condiciones asociadas con la exposición al World Trade Center figuran enfermedades respiratorias, asma, sinusitis crónica, trastornos gastrointestinales, diferentes tipos de cáncer y problemas de salud mental, incluido el trastorno de estrés postraumático.
La dimensión de esa herida se refleja en el propio programa sanitario creado para atender a los afectados. Los datos del programa han documentado decenas de miles de personas diagnosticadas con enfermedades físicas y mentales relacionadas con las exposiciones y el trauma del 11-S.
Uno de los aspectos más difíciles de comprender es que muchas personas que sobrevivieron físicamente al ataque tuvieron que enfrentarse posteriormente a enfermedades que no aparecieron inmediatamente.
Respirar el polvo aquel día podía parecer, inicialmente, una consecuencia menor frente a la magnitud de la tragedia.
Pero el cuerpo conservó aquella exposición.
Investigaciones médicas han encontrado una presencia importante de enfermedades respiratorias entre personas expuestas al desastre, además de trastornos psicológicos y otras condiciones crónicas.
El trauma tampoco desapareció.
Algunos sobrevivientes experimentaron ansiedad, depresión, problemas de sueño y estrés postraumático. Otros pasaron años intentando reconstruir una vida normal mientras enfrentaban recuerdos que regresaban con determinados sonidos, olores, fechas o imágenes.
La tragedia se convirtió así en una especie de calendario interior.
Cada septiembre podía volver el recuerdo.
Este 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados.
Las ceremonias conmemorativas ya no recuerdan solamente a las casi 3.000 personas que murieron aquel día. También comienzan a reconocer de manera más explícita a quienes murieron posteriormente por enfermedades relacionadas con las consecuencias de los ataques.
Reuters informó este viernes que las ceremonias del 25.º aniversario incorporan por primera vez un homenaje específico a las miles de personas que fallecieron posteriormente por enfermedades vinculadas al 11-S.
La dimensión de esa segunda tragedia es enorme. El programa de salud del World Trade Center continúa atendiendo a sobrevivientes y trabajadores expuestos. Sus estadísticas muestran que decenas de miles de personas siguen formando parte del sistema de atención médica relacionado con el desastre.
Hay algo profundamente humano en aquellas llamadas.
En medio de una operación terrorista que cambió la historia mundial, las personas atrapadas en los aviones no hablaron solamente de política, guerra o terrorismo.
Hablaron de sus familias.
Preguntaron por sus hijos.
Buscaron a sus esposas.
Intentaron tranquilizar a sus padres.
Y dijeron que amaban a quienes estaban al otro lado de la línea.
Por eso las grabaciones y transcripciones de aquellas comunicaciones siguen teniendo una fuerza que las imágenes de los edificios no pueden sustituir.
Las fotografías muestran la destrucción.
Las estadísticas muestran la magnitud.
Pero una voz temblorosa al teléfono permite imaginar al ser humano que había detrás del número de asiento.
Veinticinco años después, el 11-S sigue siendo una fecha de muertos, pero también de voces.
Voces que quedaron atrapadas en las grabaciones.
Voces de quienes llamaron desde los aviones.
Voces de quienes respondieron desde tierra.
Y voces de los sobrevivientes que todavía hoy conviven con enfermedades, recuerdos y heridas invisibles de aquella mañana.
Porque para muchos de ellos, el 11 de septiembre de 2001 no fue solamente el día en que ocurrió una tragedia.
Fue el día en que comenzó una vida distinta