Las palabras de Roger Waters: entre el fanatismo e intolerancia

Roger Waters ha transitado de músico fundamental a activista de extrema izquierda de tiempo completo. El problema no es su militancia, sino el método: el insulto sistemático contra cualquier colega que piense distinto, y una obsesión monotemática con Israel que ha derivado en una intolerancia abierta. ¿Quién le ha dado el báculo de inmaculado para descalificar a otros artistas? La pregunta es pertinente cuando su discurso convierte cada concierto ajeno en un juicio moral.

Zarko Pinkas |

Roger Waters ha transitado de músico fundamental a activista de extrema izquierda de tiempo completo. El problema no es su militancia, sino el método: el insulto sistemático contra cualquier colega que piense distinto, y una obsesión monotemática con Israel que ha derivado en una intolerancia abierta. ¿Quién le ha dado el báculo de inmaculado para descalificar a otros artistas? La pregunta es pertinente cuando su discurso convierte cada concierto ajeno en un juicio moral.

En las últimos días, su blanco fue James Hetfield. El vocalista de Metallica declaró en Las Vegas que su banda busca ser un espacio de desconexión, sin propaganda política en el escenario. La reacción de Waters, en el podcast de Katie Halper, no fue un debate de ideas sino una descalificación personal:

“¿Podemos dejar de hablar de este imbécil? Estoy harto de él. Está demostrando que es un completo imbécil. Puede tener varios cientos de millones de dólares, pero es un imbécil y no es músico.”

Añadió que Metallica le parecía espantoso en acústico y que su coeficiente intelectual era cercano a tres. La tesis de Waters es clara: el artista que no convierte su concierto en núcleo de propaganda extremista es, por definición, despreciable. Es una postura que ha cansado a millones de espectadores que pagan una entrada para escuchar música, no un manifiesto.

Este patrón no es nuevo. Su fijación más documentada es con Israel. Desde que se sumó al movimiento de boicot cultural en 2011, Waters ha hecho del señalamiento a colegas que tocan en Tel Aviv una cruzada personal.

El caso más prolongado es el de Radiohead. Cuando Thom Yorke y Jonny Greenwood mantuvieron su concierto en Tel Aviv en 2017, Waters inició una campaña de cartas y declaraciones públicas. Años después, sigue refiriéndose a Yorke en términos personales, calificándolo de completo imbécil y asegurando que está dañado y que no puede tener realmente una conversación. En la prensa británica ese choque fue descrito como calificar a Yorke de tímido y desagradable, un ataque que persiste desde 2017.

La intolerancia se extiende incluso más allá de la política. Tras la muerte de Ozzy Osbourne en julio de 2025, Waters declaró en el canal The Independent Ink:

“Ozzy Osbourne estuvo en nuestras pantallas durante décadas con sus tonterías e idioteces. En cuanto a la música, no podría importarme menos. No me importa Black Sabbath, nunca me importó.”

Cuando Sharon Osbourne le replicó por esos comentarios, su respuesta escaló a otro nivel. En enero de 2026, en entrevista con Piers Morgan, al ser preguntado si pediría disculpas, Waters dijo:

“Obviamente no tenía idea de que Sharon Osbourne estaría viendo un podcast. No es que tenga tiempo para Sharon Osbourne, es una sionista furiosa y en consecuencia me ha acusado de todo tipo de cosas porque es parte del lobby israelí.”

Aquí se revela un patrón que excede la crítica política. Waters no discute una postura sobre un gobierno: convierte la identidad política —ser sionista— en un insulto y en una descalificación automática. Presentar el sionismo, que es el movimiento de autodeterminación del pueblo judío, como algo intrínsecamente negativo para desacreditar a una mujer judía que le respondió, es el mismo recurso discursivo que utilizan grupos de extrema izquierda radical, neonazis e islamistas yihadistas.

No es crítica a una política de Estado. Es el uso del término sionista como estigma. Y en el contexto de un artista que nunca menciona a Hamas en sus diatribas contra Israel, que nunca hace un llamado a la liberación de rehenes y que azuza a sus seguidores contra cualquier músico que toque en Tel Aviv, esa retórica deja de ser antisionismo para entrar en el terreno del antisemitismo clásico.

Con David Gilmour, su ex compañero en Pink Floyd, el lenguaje y el rechazo son aún más reveladores. Waters ha descrito el ambiente de la banda como tóxico y a sus ex compañeros como engreídos, asegurando que siempre intentaban arrastrarlo hacia abajo. En 2020 los acusó de contar grandes mentiras sobre quién hizo qué en Pink Floyd. Pero el peso real del distanciamiento actual no viene solo de esas rencillas internas.

En febrero de 2023, Polly Samson —esposa de Gilmour y letrista de varios temas posteriores de Pink Floyd— escribió públicamente que Waters era “antisemita hasta la médula podrida”, además de apologista de Putin, mentiroso, ladrón, hipócrita, misógino y megalómano. Gilmour no solo no se desmarcó: respaldó el mensaje con un contundente “Cada palabra es demostrablemente verdadera”. Más tarde promovió un documental que detalla acusaciones de antisemitismo por parte de colaboradores cercanos a Waters, y ha reiterado en entrevistas que no hay “ninguna posibilidad” de compartir escenario con él. Cuando el propio compañero de décadas, alguien que lo conoció de cerca en lo creativo y en lo personal, llega a esa conclusión y la sostiene públicamente, el cuadro se completa: Waters no solo hostiga a colegas externos; genera un rechazo profundo incluso entre quienes compartieron con él la cima del rock.

Lo que cierra el análisis es el contraste. Mientras Waters ejerce un acoso constante contra quien viaja a tocar a Israel, su discurso sobre otros conflictos muestra un evidente sesgo antioccidental. En febrero de 2023 fue invitado por Moscú para intervenir por video ante el Consejo de Seguridad de la ONU, hablando en contra de la ayuda a Ucrania. Posteriormente difundió una carta abierta dirigida a Vladimir Putin preguntando si quería ver el fin de la guerra. En esa misma serie de entrevistas calificó las evidencias de crímenes de guerra rusos como mentiras y justificó la intervención rusa en Siria.

Es el punto que más inquieta: su obsesión con Israel no viene acompañada de una condena equivalente al terrorismo que enfrenta ese país. No hay dos lados de la moneda. Hay una radicalización progresiva que azuza a sus seguidores y es amplificada por millones de cuentas de grupos de extrema izquierda en redes, dedicadas a fabricar narrativas contra Israel y Occidente.

Waters actúa como un militante antioccidental clásico. Da la impresión de que, de existir aún, apoyaría a la URSS, y de que apoya a cualquier grupo que se maquille de resistencia o guerrilla. No es una acusación personal, es la lectura de sus propias afinidades públicas.

A su controvertida postura sobre el Kremlin se suma su posición frente al conflicto en Oriente Medio, la cual terminó por dinamitar su ya deteriorada reputación internacional.

Tras los brutales ataques terroristas perpetrados por Hamás el 7 de octubre, Roger Waters se negó a condenar las acciones de la organización, describiendo el asalto general como un acto legítimo de “resistencia armada” bajo el amparo de las Convenciones de Ginebra. En entrevistas con los periodistas Glenn Greenwald y Piers Morgan, el músico redobló su apuesta al acusar a Israel de “inventar historias” sobre las atrocidades cometidas contra civiles y negar de forma sistemática las evidencias de violencia sexual documentadas por las Naciones Unidas. Estas declaraciones, en las que incluso llegó a sugerir la infundada teoría de que el ataque pudo ser una operación de “falsa bandera” permitida por el propio gobierno israelí, desataron una ola masiva de indignación global, provocando que diversos sectores —incluidos sus antiguos compañeros de Pink Floyd— tacharan su discurso de negacionismo explícito y antisemitismo desbocado

El problema, por tanto, no es que Waters sea de izquierda. El problema es que ha caído en un fanatismo sin límites. Cuando un artista cree que su prestigio le autoriza a insultar impunemente a otros por pensar diferente, y cuando su crítica a Israel se vuelve una obsesión que ignora el contexto del terrorismo, deja de ser un referente musical para convertirse en un ejemplo de intolerancia. El hecho de que ni siquiera su antiguo compañero de banda lo tolere ya no es una anécdota: es un síntoma.

Somos muchos los que no apoyamos el fanatismo ni la propaganda de cualquier ideología en los escenarios. El público merece respeto y su a Roger Waters tanto le duele eso, puede seguir el consejo que se les da a muchos radicales de izquierda que viven en el lujo gracias al neoliberalismo imperialista : que vaya a vivir a Irán o Afganistán y que después nos narre cómo le va allá cuando quiera criticar a sus amigos.