La última epidemia y la sospecha contra la felicidad.

Por: Mario Mejía

Desde hace mucho tiempo se ha hablado de que el ser humano ha anhelado alcanzar la felicidad. Las diferentes teorías filosóficas, sociales, políticas y morales que han existido han ofrecido diversas propuestas sobre qué es la felicidad y cómo alcanzarla. Ahora, con la ciencia moderna más avanzada, podemos decir que la felicidad, si es que existe, es un estado bioquímico del cuerpo. Es decir, que la felicidad está solamente en nuestras sensaciones, en nuestra mente, que no es más que el cerebro funcionando.

En el cuento “La última epidemia” de Hugo Lindo se narra una especie de epidemia compuesta por querubines microscópicos que infectan a toda la especie humana, excepto a un individuo. Esta enfermedad, o aparente enfermedad, convierte a los seres humanos en pacíficos, contentos y sumisos; prácticamente es el paraíso prometido por la Biblia, donde viven los mansos de espíritu, los que dan la otra mejilla. Podría decirse que han alcanzado la felicidad, porque los conflictos políticos, sociales, morales y militares de la humanidad desaparecen. Desaparecen también la delincuencia y todo tipo de violencia.

Esto hace que los organismos internacionales, como la ONU, los tribunales de justicia y los cuerpos de seguridad estatales, queden obsoletos. Podría decirse que la humanidad al fin alcanzó lo que tanto quería: la felicidad. Pero, una vez que todos están infectados, unos extraterrestres vienen a la Tierra y someten a los seres humanos. Estos no se resisten y, aparentemente, empiezan a vivir su sometimiento con alegría, pacifismo, sumisión y felicidad.

Sin embargo, el único individuo que logra inmunizarse contra esta epidemia ve todo esto como una catástrofe, como algo malo. Desde ahí, el cuento parece sugerir que, aunque nos sintamos felices bajo sometimiento, hay algo profundamente problemático en esa situación.

Pero aquí surge una pregunta: ¿no ha buscado siempre la humanidad la felicidad y no el dolor o el sufrimiento? Fyodor Dostoevsky es uno de los autores que mejor nos muestra que el ser humano puede encontrar placer en el sufrimiento, como si la vida no tuviera sentido sin padecer. Esto parece una paradoja.

Tenemos, por ejemplo, al personaje de Lise en “Los hermanos Karamazov”, quien dice que quiere a alguien que se case con ella, que la martirice, que la engañe y que después la abandone, dando a entender que existe un extraño placer en que la hagan sufrir. Entonces, al parecer, el ser humano es una criatura mamífera más compleja de lo que pensábamos: parece encontrar cierta forma de felicidad incluso en el sufrimiento.

Quizás por eso un mundo en el que todos estemos felices bajo el sometimiento de esa servidumbre sería objetivamente malo —o al menos algunos lo verían así—, porque la naturaleza humana quizá también necesita cierta ausencia de felicidad para poder experimentar la felicidad.