La música entre el mercado y la memoria; una dicotomía necesaria

Por Francisco Figueroa

La música ha acompañado a la humanidad desde antes de la escritura. No nació como mercancía, sino como rito, lenguaje simbólico, cohesión social y forma de conocimiento. Sin embargo, actualmente, la música se ha visto atrapada en una tensión profunda: por un lado, la visión de la música como negocio y forma de vida profesional; por otro, la música como necesidad antropológica y cultural de los pueblos.

Esta dicotomía no es nueva, pero hoy se ha radicalizado hasta el punto de poner en riesgo la función esencial del arte como expresión humana.

Desde una perspectiva antropológica, la música cumple funciones que ningún mercado puede sustituir: transmite memoria colectiva, organiza el tiempo social, acompaña el duelo y la celebración, educa la sensibilidad y enuncia identidades. En muchas culturas, la música no “se consume”; se vive. No se separa del cuerpo ni del territorio, es práctica comunitaria, no producto aislado. El canto de trabajo, la música ritual, los arrullos de las nanas, los toques festivos y las músicas de resistencia son ejemplos de una creación que existe para sostener la vida simbólica de una comunidad.

En contraste, la visión de la música como negocio se consolida cuando la lógica del mercado impone sus criterios: rentabilidad, escala, repetición, velocidad y visibilidad. La música se convierte así en “contenido”, en “producto” optimizado para plataformas, métricas y algoritmos. El valor estético y humano se subordina al rendimiento económico.

La pregunta deja de ser “¿qué experiencia o emoción humana expresa esta obra?” para transformarse en “¿cuánto vende?”, “¿cuántos clics genera?”, “¿encaja en la tendencia?”. En ese tránsito, la música pierde espesor simbólico y gana eficiencia comercial.

De esta manera, la obra original en nuestro medio, priorizando los criterios de mercado, busca parecerse a tendencias globales de “éxito” y, de todos modos, muere en la intrascendencia de una industria que es la que determina el valor, creyendo que sonando igual a lo comercial, vamos a generar ingresos en las redes.

No negamos que la música es también una forma de vida profesional. Los músicos deben vivir de su trabajo y la industria, en su mejor versión, puede ofrecer medios, difusión y dignidad laboral. El problema surge cuando la lógica del negocio no acompaña al arte, sino que lo coloniza. Cuando la creación se vuelve rehén de la demanda, la homogeneización estética es inevitable: se repiten fórmulas exitosas, se simplifica el lenguaje, se acorta la duración, se privilegia el impacto inmediato sobre la escucha profunda.

El riesgo no es solo estético; es cultural.

Esta colonización del arte por el mercado ha tenido efectos claros: la pérdida de diversidad sonora, la invisibilización de músicas locales, el debilitamiento de procesos formativos y comunitarios, y la reducción del músico a un “creador de contenido”. La música deja de ser espacio de búsqueda y se convierte en un servicio; deja de interpelar para complacer; deja de conmover para entretener. En ese sentido, la visión puramente mercantil ha terminado erosionando la función del arte como expresión humana, crítica y transformadora.

Cuando el éxito económico se erige como principal criterio de legitimidad, se produce una exclusión silenciosa: solo “existe” lo que es visible en el mercado. Las músicas que no se adaptan a los circuitos comerciales quedan relegadas a la marginalidad, pese a su enorme valor cultural. Así, los pueblos pierden voz, y con ella, una parte de su memoria. No es casual que muchas tradiciones musicales sobrevivan hoy más por la terquedad de sus portadores que por el apoyo de las industrias culturales.

Recuperar el equilibrio implica reconocer que la música es, antes que nada, una necesidad humana; que su función no se agota en el entretenimiento ni en la monetización. Implica fortalecer la educación musical como derecho cultural, apoyar los procesos comunitarios, valorar la creación situada en la vida de las poblaciones y repensar los modelos de industria desde una ética cultural. El negocio puede y debe existir, pero no como fin último, sino como medio al servicio de la expresión, la diversidad y la dignidad del acto creativo.

En última instancia, la pregunta no es si la música debe generar ingresos, sino qué perdemos como sociedad cuando olvidamos por qué cantamos.

Cuando la música deja de ser un espejo del alma colectiva y se convierte solo en ruido rentable, no empobrece únicamente el arte: se empobrece la experiencia humana misma.