Una reconstrucción histórica basada en archivos desclasificados, testimonios y el Libro Amarillo
Por Carlos Santos
La última madrugada que María Teresa Hernández Saballos vio en libertad fue la del 15 de septiembre de 1979, fecha en que El Salvador celebraba —como cada año— su independencia de la Corona española. Mientras las escuelas afinaban bandas de paz, las autoridades preparaban desfiles oficiales y el discurso patriótico hablaba de libertad, otra historia, terrible y silenciosa, se desarrollaba al margen de toda celebración: la de una mujer arrebatada por el aparato represivo del Estado.
María Teresa tenía 30 años. Vivía en la colonia Atlacatl —edificio “O”, apartamento 21— y sostenía a su hijo Vladimir, de nueve años, y a su madre, Paula Saballos, de 63. Era doctora en Derecho, profesora de Sociología en la Universidad de El Salvador y una abogada comprometida con sindicatos, trabajadores y sectores empobrecidos. Su vida profesional estaba marcada por la defensa jurídica de quienes carecían de voz.
Aquella mañana salió rumbo a Ciudad Delgado para visitar a unos familiares y, más tarde, hacer compras en el mercado. A las 6:00, cuando El Salvador apenas despertaba, cayó en un retén instalado por cuerpos combinados de la Guardia Nacional y la Policía Nacional sobre la carretera Troncal del Norte.
Fue en ese momento cuando comenzó una desaparición que abriría una de las páginas más oscuras de la represión salvadoreña.
UN RETÉN DISEÑADO PARA NO DAR OPCIONES
Testigos describen el retén de aquella mañana como un operativo intimidante: hombres fuertemente armados, órdenes gritonas, rostros tensos, vehículos detenidos al azar. La doctora Hernández Saballos fue separada del resto de las personas, registrada y conducida sin resistencia a una camioneta oficial. Fue trasladada directamente al cuartel central de la Guardia Nacional, en San Salvador; éste uno de los centros de detención más temidos y opacos del país.
No hubo acusación. No hubo registro oficial. No hubo explicación. Sólo la palabra muda de los fusiles. Su familia nunca volvió a verla con vida.
UNA ABOGADA INCÓMODA PARA EL PODER
La desaparición de María Teresa no fue un exceso aislado ni un error administrativo. Era una abogada brillante que dedicó su carrera a la asesoría jurídica de sindicatos y trabajadores, enfrentando abusos patronales y denunciando atropellos laborales. En un país gobernado por una élite económica y militar que consideraba la organización obrera como una amenaza, su voz la convirtió en objetivo.
Como profesora de Sociología en la Universidad de El Salvador —vigilada de cerca por organismos de inteligencia— enseñaba pensamiento crítico y análisis social. Su perfil combinaba tres características peligrosas para el régimen: educación, conciencia social y compromiso con los más vulnerables.
Desde el día de su captura, su madre, colegas y estudiantes iniciaron una ronda interminable de visitas a cuarteles, delegaciones, ministerios y juzgados. Siempre recibieron la misma respuesta:
“Aquí no está.”
“No la hemos visto.”
“Mejor no pregunte.”
LA PRESIÓN NACIONAL E INTERNACIONAL
Pese al silencio oficial, la presión creció dentro y fuera del país. La desaparición de la doctora Hernández Saballos fue denunciada ante:
• La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)
• La Comisión Internacional de Juristas (CIJ) en Ginebra
• Organizaciones estudiantiles, sindicales y eclesiales
• Y, de manera insistente, por Monseñor Óscar Arnulfo Romero, quien en varias homilías de septiembre y octubre de 1979 pronunció su nombre, exigió su liberación y denunció públicamente su secuestro.
“Que la devuelvan. Que la presenten. Que se respete su derecho a la vida”, dijo Romero ante miles de feligreses.
El Estado jamás respondió.
EL HALLAZGO MACABRO
El 9 de diciembre de 1979, la CIDH informó sobre el hallazgo de 26 cadáveres en fosas clandestinas. De ellos, 14 correspondían a personas asesinadas entre tres y cuatro meses atrás, exactamente el periodo que coincidía con la desaparición de María Teresa. Los demás cuerpos tenían hasta cuatro años de antigüedad.
Sólo dos cadáveres pudieron ser identificados:
• Un cuerpo femenino que la CIDH presumió correspondía a la doctora María Teresa Hernández Saballos.
• Jesús Nicolás Palacios, chofer, reconocido por su familia.
No hubo investigación transparente.
No hubo entrega de restos.
No hubo verdad, ni justicia, ni reparación.
Sólo un intento de imponer el olvido.
EL INFORME QUE CERRÓ TODA ESPERANZA
El 3 de enero de 1980, una Comisión Especial del Estado publicó un informe devastador:
“No fue posible encontrar en ninguna de las cárceles del país a ninguna de las personas desaparecidas, a pesar de tener pruebas de que muchos fueron capturados por elementos de la fuerza pública.
Su ausencia y la falta de registros permiten presumir que la mayoría ha muerto.”
Era la confirmación tácita —aunque nunca reconocida por los responsables— de que la doctora había sido capturada, desaparecida y asesinada bajo custodia estatal.
LA PRUEBA FINAL: EL LIBRO AMARILLO
Décadas después, al hacerse público el documento secreto conocido como Libro Amarillo, utilizado por la inteligencia militar para catalogar, vigilar y exterminar, “sospechosos”, apareció una ficha con el código H95: María Teresa Hernández Saballos, señalada como integrante de la organización guerrillera FPL.
Esa anotación —fría, burocrática, sin pruebas ni procesos— equivalía en aquellos años a una condena de muerte. Nunca hubo acusación formal ante los tribunales. Su nombre en el Libro Amarillo prueba dos cosas:
1. El Estado sabía exactamente quién era.
2. El Estado la había marcado como enemiga.
Y en consecuencia: el Estado la desapareció y posteriormente la asesinó.
LA DOCTORA QUE EL PAÍS PERDIÓ DOS VECES
Perdida al amanecer y perdida después en informes oficiales, en archivos secretos y en fosas anónimas, María Teresa Hernández Saballos se convirtió en símbolo de una generación que creyó en la justicia y pagó con su vida ese compromiso.
Su hijo creció sin respuestas.
Su madre murió esperando.
La Universidad perdió a una académica brillante.
Los sindicatos, a una defensora valiente.
El país, a una profesional íntegra que trabajó por la dignidad humana.
La última vez que la vieron iba rumbo a visitar a unos familiares, llevando la serenidad de quien cree que el día será como cualquier otro. Pero en un país gobernado por el miedo y la sospecha, la muerte fue su sentencia.
Hoy, María Teresa Hernández Saballos sigue viva en los pasillos de la Universidad Nacional, en los expedientes de derechos humanos, en la memoria obrera y en la voz del arzobispo también asesinado, Óscar Arnulfo Romero, que aún resuena:
“Que la devuelvan. Que la presenten. Que se respete su derecho a la vida.”
Ese llamado nunca fue atendido. Pero tampoco ha sido olvidado.