Hay un punto de inflexión racial en Estados Unidos

Por Alonso Rosales

Los carteles de Black Lives Matter que hace unos años llenaban jardines y ventanas en Estados Unidos han ido desapareciendo. Los libros sobre antirracismo que dominaban las listas de ventas ahora parecen olvidados en estantes y bibliotecas. Y las protestas masivas que en 2020 llenaron las calles con el grito de “No puedo respirar” ya no ocupan los titulares ni la conversación diaria.

A simple vista, podría parecer que aquel despertar racial fue solo un momento pasajero. Una oleada emocional que se encendió con fuerza tras el asesinato de George Floyd, pero que se apagó lentamente cuando la vida volvió a su ritmo normal.

Sin embargo, si queremos entender hacia dónde se mueve realmente el país, no debemos mirar a Nueva York ni a Washington. Hay que mirar a Minnesota.

Lo que ocurre allí no tiene el espectáculo mediático de 2020, ni la misma magnitud de manifestaciones multitudinarias. Pero podría ser más importante. Porque lo que está naciendo en Minnesota parece menos un estallido y más un proceso: una revisión de cuentas racial más lenta, más organizada y posiblemente más duradera.

La inmigración como nueva frontera del conflicto racial

Las protestas recientes en Minneapolis comparten elementos claros con las movilizaciones tras la muerte de Floyd: ciudadanos grabando abusos de autoridad, comunidades resistiendo, y un Estado que responde con fuerza. Pero esta vez el centro del conflicto no es únicamente la policía local: es el sistema migratorio federal.

El Gobierno de Donald Trump ha intentado justificar su ofensiva migratoria con el argumento de expulsar a “criminales peligrosos”, lo que llaman “lo peor de lo peor”. Pero lo que las redadas y operativos en Minnesota han revelado ante muchos estadounidenses —sobre todo blancos— es una verdad incómoda: que la política migratoria también funciona como una herramienta de exclusión racial.

Cuando se habla de eliminar la ciudadanía por nacimiento, restringir la entrada desde países mayoritariamente negros o facilitar la llegada de ciertos grupos blancos, el mensaje se vuelve evidente: no se trata solo de papeles, sino de identidad. De quién pertenece y quién no.

Minnesota se ha convertido en un espejo donde el país se ve reflejado, aunque no le guste lo que encuentra.

Cuando las víctimas son blancas, el país escucha más

En 2020, la muerte de George Floyd sacudió al mundo, pero también reveló algo que Estados Unidos arrastra desde siempre: la humanidad de una persona negra es más fácil de cuestionar.

Floyd fue presentado por muchos como un hombre “imperfecto”, un exconvicto, alguien a quien ciertos sectores intentaron reducir a su pasado para justificar su muerte.

En contraste, los recientes casos de Renee Good y Alex Pretti —dos personas blancas muertas en contextos relacionados con operativos federales— han provocado una reacción distinta. No porque su muerte sea más trágica, sino porque su blancura vuelve más difícil ignorarlos o deshumanizarlos.

Esta es una realidad amarga, pero constante en la historia del país: cuando las víctimas son blancas, la indignación se vuelve más amplia y el movimiento deja de percibirse como “un problema de minorías”.

Ya pasó en Selma en 1965. El asesinato de activistas blancos como Viola Liuzzo o el reverendo James Reeb ayudó a que el movimiento por los derechos civiles se percibiera como “la lucha de todos”, mientras que la muerte de Jimmie Lee Jackson —un hombre negro— no tuvo el mismo eco.

Estados Unidos no ha superado esa lógica. Solo la ha refinado.

El activismo real no se construye con hashtags

Otra diferencia clave con 2020 es que el país ya aprendió, a la fuerza, que la viralidad no es lo mismo que la transformación.

Las protestas tras la muerte de Floyd tuvieron un impacto enorme, pero también dependieron demasiado del impulso emocional y del poder de las imágenes. Hubo solidaridad, sí. Pero también hubo mucho “clicktivismo”: apoyo simbólico desde redes sociales sin organización real detrás.

Y cuando la emoción pasó, la estructura no estaba lista para sostener el movimiento.

Minnesota, en cambio, parece estar viviendo algo distinto: redes de ayuda mutua, comunidades organizadas, personas capacitándose para documentar operativos, cuidando familias migrantes escondidas, formando coaliciones duraderas. No es solo protesta: es tejido social.

Y el tejido social, a diferencia de las tendencias en internet, no desaparece tan fácilmente.

Un movimiento que ya se está extendiendo

Lo que ocurre en Minnesota no se ha quedado ahí. La resistencia contra ICE ya se refleja en ciudades como Chicago y Los Ángeles, y también empieza a crecer en estados conservadores. Iglesias, comunidades religiosas, maestros, padres y organizadores comunitarios se están preparando para enfrentar legalmente arrestos migratorios y proteger a sus vecinos.

Esto no es una moda política. Es una reacción nacional ante una sensación compartida: que el país está entrando en una etapa más dura, más polarizada, pero también más reveladora.

El verdadero ajuste de cuentas está comenzando

Lo ocurrido en 2020 fue una explosión: grande, poderosa y emocional. Pero como muchas explosiones, dejó humo, ruido y promesas sin cumplir.

Lo que está ocurriendo ahora podría ser diferente. Más silencioso, menos fotogénico, menos viral… pero más profundo.

Porque el cambio real no siempre llega con multitudes gigantes o rodillas en el suelo frente a cámaras. A veces llega cuando la gente deja de publicar y empieza a organizarse.

Minnesota podría ser el inicio de un nuevo tipo de despertar racial en Estados Unidos: uno menos simbólico y más práctico. Menos centrado en declaraciones públicas y más enfocado en acciones concretas.

Quizás no se vea como el verano de 2020.

Pero tal vez, por primera vez en mucho tiempo, este ajuste de cuentas sí tenga futuro.

FUENTES ,CNN