Por: Gabriel Otero
Todo aprendizaje es bienvenido, las buenas y las malas experiencias. Las primeras llegan como una revelación, los instantes para desvivirse, las que esperamos se conviertan en eternas. Las segundas son tragos amargos que en el devenir del tiempo se convierten en sucesos fundamentales y marcan pautas en la existencia, esas forjan el carácter, aunque escasas, son las más recordadas.
Llevo un larguísimo camino en la gestión cultural, treinta y tres años de aprender que la tierra es redonda y que uno más uno no siempre es dos, según se perciba, miro hacia atrás y reconozco al que aprendió, a tientas y a locas, porque con el oído también se palpa, los sonidos exquisitos acumulados en la entraña.
Quizás por eso empecé a escribir versos, y a reconocer la música, no con rima ni versificación, pero si con ritmo y silencio, y a fuerza de pulirlos a delinear su intensidad, a dibujar sus imagénes y a sentir sus sonidos, pude asomarme a la que creo es mi palabra.
Reconstruyendo la memoria personal, ese resquicio desconocido por todos y desvelado hoy, mi primer evento relacionado con la música fue un concierto con un ensamble chino que se presentó en el hermoso Teatro Nacional de El Salvador. El ensamble, además de interpretar un programa de música tradicional de su país, ejecutó el himno nacional y el carbonero.
La música de don Juan Aberle y don Pancho Lara se escuchó en instrumentos exóticos y milenarios que retumbaron en los altos techos del recinto y en cada una de las conciencias de los que presenciamos su virtuosismo.
Un segundo momento, en el que no tenía ni idea en que a esto me dedicaría, fue en el Teatro Ocampo de mi amada Cuernavaca, cuando coordiné un concierto de la Orquesta de Cámara y el coro de Niños Cantores de Morelos.
Eso sucedió en la prehistoria, cuando aún existía el Instituto de Cultura de Morelos bajo la dirección de Mercedes Iturbe, una enorme promotora cultural que había llegado de París a revolucionar la gestión cultural mexicana. Suena pretencioso, pero por los resultados se evalúa y se juzga, ese ha sido uno de los periodos más enriquecedores en este campo no solo en el estado sino en la república mexicana. A Mercedes, la crucificaron mediaticámente años después, por no ser oriunda del estado y ofrecer vino francés en las recepciones institucionales, lo que según ellos era un dispendio. El Beaujolais democrático se fue al caño.
Mi mentora, Guadalupe Fragoso, me puso a prueba con la organización de ese concierto y a partir de ahí fue una sucesión de todo tipo de eventos que contribuyeron a mi formación como gestor.
Durante cuatro años se programaron los Sábados Musicales en el Jardín Borda, la sala Manuel M. Ponce era la sede de conciertos de música de todo tipo de altísimo nivel. Tenía dos pianos de cola Steinway & Sons que sonaban al alma de la música.
Se contaba con un asesor musical, don Antonio de la Borbolla, que hacía dos décadas, a principios de los años setenta, se había desempeñado como director de la Sala Chopin, el tipo era una enciclopedia móvil y tenía un oído privilegiado, además de decenas de contactos de músicos de conservatorio y de especialistas lo que le permitía estar al tanto de todos los solistas y ensambles que llegaban a México. Era una eminencia y un gran maestro, me llamaba “don Gabriel” y le exprimí todo el aprendizaje que pude.
La programación que teníamos era extraordinaria, algunos ensambles venían de gira y primero se presentaban en la Sala Nezahualcóyotl y luego en el Borda.
Así llegaron el Cuarteto de Flandes, el Cuarteto Latinoamericano, el Chronos Quartet, Julio César Oliva y Víctor Urban, entre los músicos clásicos, hasta Omara Portuondo del Buenavista Social Club. Pura exquisitez y la sala Ponce siempre estuvo colmada de almas anhelantes de excelente música.
Ahí conocí lo grande que puede ser el ego de solistas y de directores de orquesta, gajes del oficio, cada uno se ganó su lugar en el universo de la música por sus dotes interpretativas.
En una ocasión presentamos un concierto de órgano con el maestro Víctor Urban, un gentil y grandioso hombre, y hubo que contratar una mudanza para trasladar un órgano de gran tamaño desde la Ciudad de México.
Lo primero que hizo el maestro fue ir a la ferretería por un rollo de alambre para apretar las teclas y esa noche memorable salió inspirado a interpretar las piezas más conocidas de música sacra.
Esto es parte de mi bagaje, los recuerdos y lo aprendido.
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Texto no leído en la Conferencia “Programación de Festivales”, Festival Distrito Frecuencia, Universidad del Claustro de Sor Juana, Ciudad de México, 12 de octubre de 2026.