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Por Alonso Rosales
Francia aprobó el lunes 2 de febrero su presupuesto general para 2026, poniendo fin a varios meses de incertidumbre política y de intensas negociaciones parlamentarias que pusieron a prueba la estabilidad del Ejecutivo. La adopción del texto representa un alivio para el presidente Emmanuel Macron, quien logra así encarar la recta final de su segundo y último mandato con una hoja de ruta financiera definida, en un contexto nacional e internacional especialmente complejo.
El aval presupuestario no estuvo exento de obstáculos. El gobierno, encabezado por el primer ministro Sebastián Lecornu, logró sobrevivir a dos mociones de censura impulsadas por sectores de la oposición que cuestionaban tanto el contenido del presupuesto como el método utilizado para sacarlo adelante. Las iniciativas parlamentarias, aunque lograron aglutinar descontento político y social, no alcanzaron los votos necesarios para derribar al Ejecutivo, permitiendo finalmente la aprobación del plan financiero.
El presupuesto para 2026 se presenta como un ejercicio de equilibrio entre la contención del déficit público y la necesidad de sostener el gasto social, la inversión estratégica y el fortalecimiento del Estado en áreas clave como defensa, transición energética y servicios públicos. Desde el Elíseo se ha insistido en que el texto refleja “responsabilidad fiscal sin renunciar a la cohesión social”, una fórmula que Macron ha defendido como central para preservar la credibilidad económica de Francia ante los mercados y sus socios europeos.
La oposición, sin embargo, mantiene sus críticas. Desde la izquierda se denuncia un ajuste encubierto que, según sus dirigentes, recaerá sobre las clases medias y los sectores más vulnerables. En la derecha y la extrema derecha, el reproche se centra en el nivel de endeudamiento y en lo que consideran una falta de reformas estructurales más profundas. Estas diferencias auguran que la tensión política no desaparecerá por completo, aun con el presupuesto ya aprobado.
Para Macron, el resultado tiene un valor político adicional. Con un Parlamento fragmentado y sin mayoría absoluta clara, lograr la aprobación del presupuesto se interpreta como una demostración de resistencia institucional y de capacidad de maniobra del Ejecutivo en un escenario adverso. También refuerza la figura de Lecornu, que sale fortalecido tras sortear las mociones de censura y consolidarse como un primer ministro clave en la etapa final del quinquenio.
La aprobación del presupuesto de 2026 no cierra el debate político en Francia, pero sí marca un punto de inflexión. Tras meses de bloqueo y confrontación, el país cuenta ahora con un marco financiero que le permitirá planificar el próximo año con mayor certidumbre, mientras el gobierno de Macron se prepara para afrontar sus últimos desafíos antes del relevo presidencial.