"Hoy los cuarenta son, según mi percepción, una mezcla de juventud extendida y madurez que se saborea tal cual vino añejo": Nelson López Rojas.
Por Nelson López Rojas.
No me di cuenta cuándo mi nombre comenzó a ser usado con el prefijo “don”, casi un pasaje forzoso hacia el respeto, hacia la solemnidad. Supongo que fue cuando empecé a pintar canas.
Hace veinte o treinta años, cumplir cuarenta equivalía a entrar en la categoría de “adulto serio” o, como dicen las radios, “adulto contemporáneo”. Chavo-ruco, pues. Los cuarenta eran la edad en la que se esperaba fútbol rápido, tener barriga con un dad bod, una hipoteca y cierta renuncia al juego de la vida. Pero los tiempos cambian, y hoy los cuarenta son otra cosa, según mi percepción, son una mezcla de juventud extendida y madurez que se saborea tal cual vino añejo.
A mis cuarenta largos parece que hay más opciones que a mis veinte, y no lo digo en plan de conquista, sino con perplejidad. Hay inteligencia artificial, Ani, la avatar de Grok que dobla como novia virtual, teléfonos que sustituyeron a las cámaras profesionales, Tinder y demás.
Muchos le temen a los cuarenta como si esto fuera la frontera del precipicio. Ahí vienen las arrugas, las primeras canas, la sospecha de que ya no se es “deseable”. Ese miedo lo cargan hombres y mujeres por igual. Pero no hay que temerle ni a los cuarenta ni a la soledad. Hay que aprender a convivir con ambos. Lo triste es que, por miedo a quedarse solos, algunos terminan emparejándose con cualquiera. Hombres en sus cuarenta que buscan veinteañeras creyendo que allí está escondido el elixir de la juventud. Y muchachas que aceptan, ilusionadas por la emoción, hasta que se dan cuenta de que un viejo no les conviene. Al final, la ecuación se desploma cuando ellos descubren que el castillo construido sobre la negación de la soledad se derrumba, y ellas se marchan dejando al cuarentón en caída libre, más solo y más golpeado que antes.
La soledad no es un enemigo, más bien es un espejo. El problema es que muchos prefieren quebrarlo antes que mirarse en él.
A mis cuarenta, hay gente que me llama ermitaño por vivir en la montaña con el rocío de la mañana, con mi jardín, mis perros, mi gato y mis libros. No busco matrimonio ni proyecto común; busco momentos. Y cuando quiero compañía, la elijo: tragos con amigos, sopa con la familia, una cena, un vino, una charla que puede ir de un ensayo filosófico a una anécdota trivial, un habano compartido bajo el cielo despejado. La vida a esta edad ya no es urgencia ni maratón; es un espacio de libertad.
No sé si esa libertad sea un privilegio generacional. Se dice que las nuevas generaciones solo piensan en sexo, pero sé que, en la vida de antes, las abuelas tenían docena y media de hijos… ¿A ver quién es el más sexoso, abue? Mis amigas más jóvenes parecen habitar con naturalidad las relaciones sin etiquetas, lo que antes se consideraba tabú: compañías sin contratos. Yo, mientras tanto, observo cómo el deseo se vuelve menos sobre la cantidad y más sobre la calidad, es decir, sobre la coincidencia con la gente que uno quiere.
Le achacan a Víctor Hugo haber dicho que “los cuarenta son la edad madura de la juventud; los cincuenta la juventud de la edad madura”. Y hasta Manlio Argueta, el mayor novelista vivo de El Salvador, hoy en sus noventas, me dice que apenas ahora siente que ha llegado a su madurez novelística. A mí me causa gracia y me digo a mí mismo, ¿será que todavía me faltan más de cuarenta años para sentir que llegué a la madurez de algo? Si es así, me queda mucho por improvisar todavía, y quizá eso no sea tan mala noticia.
La filosofía siempre ha vinculado la edad con la sabiduría. Los griegos con su idea de prudencia y los modernos con su visión de experiencia. Al final, uno termina descubriendo que la madurez no llega como un paquete de Temu. Es más bien un vaivén donde algunos días parecés más joven de lo que sos; otros, un viejo cascarrabias que ya no soporta ni a su sombra y se pelea con el espejo.
Y claro, la cultura pop nos da lecciones curiosas como la Jennifer López, Madonna y otras estrellas con novios mucho más jóvenes que ellas muestran que lo que antes se juzgaba hoy se aplaude como libertad. El escándalo se diluyó; ahora es casi aspiracional. Nadie se pregunta si esos romances son “inapropiados”; se celebra que la edad ya no sea una cadena, al menos para algunas personas. Yo, desde mi montaña, lo observo con ironía pues el mundo ha cambiado tanto que la pareja intergeneracional dejó de ser tema de chisme para volverse tendencia en Instagram.
En lo personal, la madurez de los cuarenta y tantos se parece más a un nuevo humor vital que a un punto de llegada. Es la tranquilidad de no correr detrás de expectativas ajenas, de elegir la soledad como lujo, de disfrutar la compañía como regalo y de vivir el deseo sin manual de instrucciones.
Si Manlio Argueta necesitó noventa años para sentirse maduro como novelista, y si Víctor Hugo tenía razón en que la juventud se prolonga hasta los cincuenta, entonces quizás lo mío es una novela todavía en borrador. Lo que importa en la vida, como en la literatura, es la gracia de seguir corrigiendo versiones, con un poco de vino, un poco de ironía y la certeza de que la madurez —sea lo que tenga que ser— siempre llega más tarde de lo que uno imagina.