Foto: Agencia Anadolu.
Por Alonso Rosales
En un contexto internacional cargado de tensiones geopolíticas —que abarcan desde la guerra en Ucrania hasta la competencia estratégica por el Ártico— el presidente francés Emmanuel Macron convocó el 28 de enero de 2026 en París a la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, y al primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, para una reunión de alto nivel que ya marca un hito político en la relación entre Europa, sus territorios asociados y la seguridad transatlántica.
El encuentro, celebrado en el Palacio del Elíseo, no fue casual: se produce en medio de un clima de creciente presión internacional —especialmente de parte de Estados Unidos— sobre la isla ártica, colosal en territorio, rica en recursos naturales estratégicos y situada en una posición geoestratégica clave para cualquier potencia con ambiciones en el Ártico.
Soberanía de Groenlandia: eje central de la reunión
En la declaración conjunta, al término del almuerzo de trabajo, Macron subrayó que los recientes eventos en torno a Groenlandia representan “una llamada de atención estratégica para toda Europa”. Reafirmó el compromiso francés y europeo con los principios de soberanía e integridad territorial de Groenlandia y Dinamarca, acordes con la Carta de las Naciones Unidas.
Este mensaje se produce tras semanas en las que Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, renovó su interés en obtener acceso ampliado a Groenlandia —incluso elevando la retórica acerca de comprar o tomar el territorio, lo que desató una reacción política sin precedentes en Europa y Dinamarca. Frederiksen ha sido tajante en que “la soberanía no es negociable” y que ni Dinamarca ni Groenlandia permitirán que terceros decidan sobre su destino.
Para Nielsen, por su parte, es crucial que la comunidad internacional entienda que Groenlandia no es “una propiedad negociable” ni un peón geopolítico. Su firmeza en preservar la autodeterminación del pueblo groenlandés ha sido enfática, criticando incluso la falta de comprensión de ciertos actores externos hacia la realidad política y cultural de su país.
Unión Europea: soberanía, seguridad y autonomía estratégica
Más allá de la retórica sobre soberanía, la reunión apuntó a un objetivo político más amplio: reforzar el papel de la Unión Europea como actor autónomo capaz de responder a desafíos globales sin depender exclusivamente de un único socio transatlántico. Macron lo expresó con claridad: la situación en Groenlandia debe impulsarse como un “despertar estratégico” que aliente a Europa a consolidar su soberanía, participación en seguridad ártica, combate contra la injerencia extranjera y desinformación, y una colaboración reforzada en materia energética y de cambio climático.
Este enfoque subraya la necesidad de que la UE no solo sea un bloque económico sino también un actor estratégico capaz de proteger sus valores, intereses y fronteras más allá de sus límites geográficos tradicionales. El Ártico —con Rusia reconfigurando su postura militar en la región y China expandiendo su influencia económica— está adquiriendo rápidamente una dimensión de frontera estratégica, donde la UE debe jugar un papel más integral.
Cooperación y desafíos transatlánticos
La reunión de París no solo consolidó la unidad entre Francia, Dinamarca y Groenlandia, sino que también simboliza un mensaje político más amplio al resto de Europa: hay una Europa dispuesta a aliarse para defender principios y una autonomía de decisión frente a las potencias tradicionales, sin sacrificar alianzas como la OTAN, pero exigiendo que estas no reemplacen la soberanía nacional y europea.
Frederiksen, en ese sentido, ha defendido que la OTAN no puede negociar con Estados Unidos en nombre de Dinamarca o Groenlandia, marcando una clara defensa del principio de que cada nación miembro conserva su voz soberana sobre su territorio y decisiones estratégicas.