Escrito en una servilleta: Una charla intrascendente (2).
Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1
Unido a todo eso, estaba la incapacidad de estar atado a cuatro fronteras; de poner las cosas donde las encontraba; de repetir el rezo inocuo de las viejas sin oficio que me hiciera olvidar mi hambre… y la de los demás; la necedad de tomar lo que no era mío en las manos, pero sí en el imaginario; y la imposibilidad de aceptar vivir en un orden público que juntó, con maestría, el punto de llegada de la izquierda y la derecha, para luego enmaridar el silencio con la mesa baldía, la que no se parecía a aquella en la que jugábamos a ser los caballeros de Camelot que, con armaduras brillantes y hechizadas, luchaban con los dragones de la maldición del norte, le dice, con tono melancólico.
Aunque es duro confesarlo, la carencia crónica me fue consumiendo de tal forma que, como podrás comprobar, hasta se me puede ver el alma y su sombra roja, porque roja es, cuando, después de haber luchado tanto por una utopía social, me di cuenta de que resultó ser un árbol sin frutos, o que éstos fueron privatizados, hipotecados o vendidos por quienes, con una máscara roja, jugaron a ser la Celestina. Puta, qué difícil era comprender la vida, con el cerebro y el corazón, pues nos habíamos hecho a la idea de agachar la cabeza, como los cuches, y, en el lapso de treinta años, ya la teníamos a ras de piso, le dice, mientras el otro, que seguía en silencio, se seca la cara con las manos.
Cómo te habrás dado cuenta, no te invité para recordar viejos tiempos, ya que creo que, de tan viejos que son, sólo existieron en la quimera de una infancia llena de juguetes rotos y piñatas sin dulces. Le pone la mano en el hombro para soltar otra ráfaga. Te invité aquí, al parque Libertad, para que nos tomemos un café –ralo y sin azúcar, a los dos nos tiene bien jodidos la diabetes y la gastritis- y para descoserme con vos, sin testigos vivientes, esa sigue siendo mi táctica para combatir la desilusión, y lo es desde aquel día en que escribí mi primer poema (tenía sólo diez años) para conquistar el aroma huracanado de la….. el tropel de un bus nos impide oír el final de la frase.
Te das cuenta de cómo es de irónica la puta vida que venían, al parque Libertad, los hombres que no eran tratados como hombres libres, ni en la calle, ni en el mercado, ni en la vejez, ni en las urnas. Te invité aquí por eso, y porque aquí, desde hace cinco años, se puede oír a los pericos, de las cinco de la tarde, repitiendo un abecedario inédito y fascinante con el que inventan palabras nuevas, aunque la real academia de la lengua con pelos no las acepte.
La sumisión parecía predestinada, y sólo podíamos darnos golpes de pecho en los novenarios, propios y ajenos, le susurra, mientras posa su mirada en el bus que bufa frente a ellos. Así se la pasaban todos: dándose golpe y golpe; tratando de que la comida les abundara al menos el treinta y uno de diciembre, porque eso augura un año nuevo en abundancia, lo cual es un mito absurdo y desesperado. Aquí se la pasaban sentados, todos ellos, esperando la próxima camada de buena suerte; esperando que el presidente de turno, esta vez sí, les resolviera el problema urgente que tenían, mientras ellos hacían su parte como víctimas adscritas. Tomando aire con gula, le dice que, Roque, debió agregar en su poema que éramos los pendejos más pendejos del mundo. Ambos se sonríen.
Te invité aquí para decirte que he vuelto al punto de partida de los pobres; al punto de partida de mi mamá y mi abuela, pues yo también fui engendrado por el espíritu santo de una religión que jamás escogí, y ese ha sido un viaje largo que a cada rato inicia de cero, le dice, en tono solemne. Aún recuerdo la enorme ilusión que sentí cuando conseguí, por los méritos dados por las largas noches de estudio, mi primer trabajo como Tenedor de Libros.
Bien recuerdo que mi mamá, haciendo a un lado su timidez, fue a la casa de don Tito, un abogado que no sabía sonreír, a prestarle unas corbatas viejas para que me viera presentable; corbatas que –años más tarde- llegué a odiar a muerte debido a que tenían el tic de levantarse del pecho por voluntad propia, como las del célebre payaso Cañonazo, y eran tan anchas, pero tan anchas, que más que un atuendo moderno, daban la impresión de que me estaba cobijando con ellas; y estaban obscenamente llenas de flores y figuras tan vomitivas como hipnóticas. Lo peor de todo es que estaban hechas con una tela tan gruesa que el nudo me cubría todo el cuello, le dice, con una sonrisa entre sarcástica y agradecida. Pero don Tito, te acordás de él, le pregunta, y el otro asiente con la cabeza, me las prestó con mucho gusto y hasta me enseñó a hacerme el nudo inglés, y yo estaba feliz de usarlas, porque con ellas me sentía importante, serio, triunfador, elegante…
Lo mejor fue al final de la quincena: recibí mi primer sueldo, y lo sentí enorme y poderoso, sensación que desbarató, en un santiamén, la mano invisible del mercado que… La charla es interrumpida por un policía municipal que, con cara de forense y olor a cementerio, le pide que, por favor, se levante de la banca, porque está poniendo inquietas a las personas que, con lástima o miedo, lo están viendo hablar solo desde hace una hora.