Escrito en una servilleta: La última página

Escrito en una servilleta: La última página.

Por René Martínez Pineda.

Buscando ideas para perdonarse, se puso a leer la última novela de Saramago: “La viuda”, un relato de 1947 que vio la luz hasta en 2021, y que él supuso, por las exquisitas mañas del portugués, trataba sobre un crimen pasional, en do mayor. Las tareas burocráticas, y un dilema familiar, tan atroz, que no se puede mencionar, de momento, lo obligaron a dejar la lectura unos días. Sin embargo, movido por una urgencia inexplicable, esa noche, cuando el silencio era su única compañía y cómplice, volvió a zambullirse en su enrevesada trama después de revisar que todas las puertas estaban cerradas con llave. Se dejó seducir por la trama de dictámenes forenses que le parecían suyos; se dejó subyugar por el bosquejo, al menudeo, de personajes amplios con diálogos magros; se dejó encandilar por el misterio alejandrino de las pausas y coturnos, hasta que se quedó dormido en medio de una palabra.

El rocío de la madrugada resbalándose por su boca, le sacudió los hombros. Seguía en el sofá, con la novela en las piernas. El día había sido ajetreado: por la mañana, lidió con las sandeces del director de la biblioteca pública en la que ha trabajado toda su vida; al mediodía, saboreó la hiel culposa del dilema familiar que lo tenía aturdido; y, por la noche, después de enviarle un correo a su hijo, que estudia un doctorado en criminología, en Alemania, retomó la novela en el sosiego de la sala, cuya ventana tiene puestos los ojos en el rumor del parque de la Monpegón, una colonia que fue construida para darle una vía de escape a quienes se consideraban, sin serlo, la clase media de los años 70s.

Apoltronado en el sillón, le dio la espalda a la puerta, como si con eso frenara el ruido que se colaba por la cerradura. Con la mano derecha, tomó el café y, con la izquierda, acarició, una y otra vez, el satín blanco del cojín, y, abstraído, se puso a leer la última página que contenía la clave de una viudez dolosa. Como cuando estudiaba para un examen de historia universal, su memoria retenía los nombres de los involucrados, las imágenes sensuales de los sospechosos, y el susurro criminal del protagonista, alguien que le parecía cada vez más familiar a medida que avanzaba en la lectura. La ilusión literaria, desde la óptica del lector, conquistó su imaginario al reproducir la trama, pero con él como personaje.

Como en el día anterior, esa noche gozó del placer siniestro de ir sacando con pinzas cada párrafo, para colocarlo, cuidadosamente, en la cotidianidad de su sala y, de cuando en cuando, estirando la mano para asegurarse de que los cigarros seguían ahí, listos para el suicidio. Letra a letra, fue sometido por el dilema carnal de vengar una transgresión venérea igual a las que él cometió, tantas veces, de forma impune. Dejándose llevar por los puntos suspensivos hasta el predio en el que las imágenes hacían un pacto y cambiaban de sexo, se vio a sí mismo como testigo y actor del último embate en una habitación que vio tan sórdida como las que se alquilan para pecar anónimamente. El desenlace de la novela, marcaba el ritmo de un antes y un después, de un allí y un acá, de una víctima y un victimario alternándose en los renglones. La mujer, entró temerosa al dormitorio, como si la llevaran a la fuerza, como si no hubiera hecho lo mismo miles de veces; el hombre, puso los cigarros sobre la mesita de noche y le rehuyó a su rostro que se reflejaba en el espejo. Era un rostro de odio, de miedo, de amor, de cinismo, de culpa, de asco, todos los sentimientos mezclados en la densa sopa del espejo.

Por instinto de sobrevivencia ante un peligro imprevisto, la sangre le subió al rostro a medida que desgajaba su lengua sobre él, del cuello hacia bien abajo, pero esta vez, él –que por ratos era el que leía la novela, y un minuto después, era el personaje- parecía no sentir nada. La alejaba con violencia, no quería revivir el ritual oral del apareamiento prohibido como el que, muchas veces, realizó en un lugar de mala muerte con mujeres sin nombre, y entonces se sintió metido en la página para ser, él, quien estaba resolviendo el dilema.

El cuchillo se puso frío, a pesar de que un chorro de sangre tibia se deslizaba o deslizó por el filo, y de que aún latía, desesperado, un corazón en la punta. Se pondría, se ponía, se puso… ya no sabía en cuál tiempo de conjugación verbal estaba leyendo… o actuando. Una charla baladí zigzagueaba por la última página como un río de ratas ansiosas, y sintió que todo estaba decidido. Las calcinantes caricias que recorrían el cuerpo del hombre, para someterlo y convencerlo de detenerse, eran una prueba de que el secreto había sido descubierto, y que estaba a punto de ser vengado, ya no sabe si en el libro o fuera de él; ya no sabe si con ella estaba el personaje o el lector, o sea él. Todo había sido develado: excusas por llegadas tardes; olores fuertes empapados en la piel; miradas perdidas y suspiros, tan profundos como inoportunos; orgasmos fingidos con maestría. Al salir del lugar en el que se resolvió el dilema, cada minuto debía tener una justificación que no generara una duda razonable, y eso fue repasado en su mente durante horas, durante días.

Ella, se quedó en la cama con la mirada fija y el cuerpo desnudo y temblando, en solitario, por no haber conseguido, como las veces anteriores, la erupción láctea que, talvez, condonaría su violación del séptimo y décimo mandato. Desde la puerta, él se volvió para verla, por última vez, para imaginarla pura, saliendo del baño con el pelo húmedo y la entrepierna pulsando por él, sólo por él, no por otro. Huyó del lugar parapetándose en los eucaliptos del parque, para no ser descubierto por la neblina del alba. Los perros debieron callar, pero ladraron. No había forma de huir.

Abrió la puerta. Aún podía oír la sangre cayendo en el suelo; aún sentía en los ojos las súplicas de la mujer: primero un, “perdóname”; después, un pujido sordo y gutural. Nadie estaba en la sala. En el dormitorio, un cuerpo inerte y desnudo. Entonces, se vio a sí mismo dormido en el sillón. Tenía un puñal ensangrentado en la mano, las ventanas cubiertas con cortinas negras, la cabeza en el sillón, leyendo la última página de la novela en la que él era el asesino, como espectador y lector del asesino.