Escrito en una servilleta: La misa negra.

Por René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

El salvadoreño que los opositores añoran, en sus reportajes macabros -que, como “remake”, tiene más secuelas que Rocky- era un ser solitario en medio de un profuso carnaval de asesinatos. Para el salvadoreño, ser solitario era ser “alguien”, esa fue la estrategia y táctica de sobrevivencia que lo llevó a convertirse en un ser solitario al que le gustaba asistir a las fiestas para sacar a bailar a la muerte, perderle el miedo y, si se podía, tocarle las nalgas. Pero eso no le funcionó mucho tiempo, porque no podía interrumpir la marcha fúnebre del tiempo y sus festejos al revés que devinieron en verdaderas misas negras.

Al salvadoreño, le ayudó ser parte de un pueblo de ritos y mitos, pues con ellos podía soportar su condición de víctima adscrita que, en muchas ocasiones, fue obligada a convertirse en victimario, debido a que vivía en un laberinto sin centro, por lo cual era incapaz de descubrir y de saber que se sentía solo porque, en verdad, estaba solo. Sin duda, lo anterior develó la doble cara de la soledad, pues sobrevivía entre su celda de aislamiento perpetuo y el público sobreseimiento definitivo del otro, su victimario. Al ser, la muerte, la rosca de reyes de cada día, el salvadoreño optó por transformarla en una liturgia envilecida que le besó los pies al criminal. En muy pocos lugares del mundo, y de la historia, se puede constatar un espectáculo tan grotesco y agrio como ese.

En ese tiempo sin calendario, el país entero rezó de rodillas, murió en su talidad civilizatoria, se emborrachó con guaro y miedo, y, como venganza penal, asesinó todos los años, con crueldad redentora, a un tal Jesús -exhibiéndolo como testaferro de su calvario-, o asesinó en nombre de la Virgen María, para sentir que era parte de una guerra santa contra los pobres, sus prójimos.

Durante treinta años, con todos sus días, el salvadoreño intentó frenar la aguja del reloj que, en lugar de minutos, marcaba número de muertos, y eso lo mantuvo atado a un ataúd. El tiempo, en ese tiempo, dejó de ser la magnitud física de sucesos y biografías, y mutó en la repetición constante del pasado, en el presente. Y es que todas las fiestas patronales del país, coartada y escape bullicioso de la muerte asumieron el formato de misas negras que tenían, como santo patrono, a San Julián el Hospitalario, y se festejaban con miedo devoto y con recursos ilimitados, para que el salvadoreño, sabiéndose solo, no se sintiera solo en ese tiempo en el que la vida no tenía tiempo.

En esa lógica de maladaptación cultural -que también se da- el salvadoreño podía perdonarle, al alcalde, que no combatiera la violencia, pero no le podía perdonar que organizara fiestas patronales paupérrimas, ya que éstas no permiten que se descargue la culpa de la soledad y la apatía que eran proclamadas, por los curas venéreos, como virtud de las víctimas virtuosas, debido a que, decían en la homilía dominical, cuando se acepta vivir en medio de la muerte, se convoca la vida eterna. Volver a ese engaño, monumental y lamentable, es el sueño húmedo de los curas que, en el borde de la impotencia hepática, maldicen a su feligresía porque ésta no acepta volver a su condición inmoral de víctima moral.

Para ese salvadoreño que tanto añoran los opositores, la vida llena de muerte se desarrollaba en un mundo encantado por el desencanto; el tiempo vivido -que pernoctaba medio muerto- era un falso tiempo, o un tiempo en falso que desnudó territorios para rebautizarlos como misa negra en la que la ostia tenía sabor a cementerio precario. En ese tiempo en el que las ilusiones juveniles no tenían tiempo, toda festividad era una misa negra que los reportajes de sangre extrañan porque, de oficio, en ella se conmemoraba la muerte violando la vida y, en el momento de “darse la paz”, el cura se arrancaba la sotana protocolaria y se ponía la capa de sepulturero; el victimario se quitaba la careta de apóstol y se ponía la de la santa muerte; el monaguillo regordete cambiaba el misal por la Constitución con el himen intacto; y la víctima, de rodillas, se persignaba con el agua bendita de la sangre para negarse, a sí misma, al regresar a su estado más remoto, estéril e indiferenciado, un estado de mortinato, se podría decir.

El salvadoreño -ese espectro solitario que tanto añoran los pregoneros de los victimarios, ese que, para ser “alguien”, tenía que estar solo- sobrevivió a la misa negra abriéndose el pecho para que el corazón cruzara, indocumentado, la religiosa frontera del miedo cuando las fiestas ya no podían esconderlo. Y fue tan significativo, entonces, que el país de los tristes más tristes del mundo fuera el país con más fiestas patronales, por kilómetro cuadrado; y fue significativo, también, que el país con más iglesias per cápita del mundo, institucionalizara la misa negra para divinizar el maná de victimarios. Muerte, como causa de la vida; festejo, como máscara de la tristeza; el “yo pecador” que se comía los pecados de los otros, era la expresión tangible del duelo doloso.

Para el salvadoreño de ese tiempo, del fin de los tiempos, ese que tanto añoran los productores ejecutivos de los reportajes de victimarios bendecidos, la cotidianidad era la comunión de la vida con la muerte, era el rincón en el que se escondía de sí mismo, y en el que, más que abrirse, se desgarraba, se mutilaba, se suicidaba con la soga del hermetismo que hacía coherente el saberse solo. En la misa negra de aquellos años, el salvadoreño conoció la agonía en la procesión del silencio solitario, porque el diálogo era un monólogo de autoflagelación.