Escrito en una servilleta: La larga fila de la burocracia (2)

"La conciencia es una enfermedad crónica que no tiene cura mientras existan aulas cundidas de cuadernos hambrientos": René Martínez Pineda.

Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1

La maldición oprimido-opresor, perfora las sienes como dolor de oídos, me empapa de remordimiento cada vez que, por instinto, intento salirme del carril impuesto por el burócrata vocativo. Está bien, capataces del capital digital, castradores estadísticos del alfabeto, feligreses del promedio aritmético de los cuerpos sin sentimientos, medidos por un reloj. A partir de mañana, me voy a poner de pie cuando escuche las sagradas notas del himno al capataz, y me pondré, en el pecho, la mano que se pone frenética en el baño; me haré el sordo, cuando me pregunten dónde quedó la dignidad; me haré el loco, cuando me reclame el sistema límbico; me aprenderé, de memoria, el nombre de todos los intelectuales de la historia, aunque no pueda emularlos, porque están fuera de la franja horaria del cerebro; veré como peón, a todo el que se me ponga enfrente, mientras ejerza un cargo; pondré dibujos en las diapositivas, sin salirme del borde remarcado por la profesora de Didáctica para Enajenados; me aprenderé –en orden alfabético- el nombre de todos los planetas del universo, y no buscaré, en los libros de sociología del arte, qué significa la creatividad en el aula; no dejaré copiar, en el examen memorístico, para que los estudiantes sepan quién decide qué es lo que deben aprender, así como el burócrata decide cómo debo trabajar.

Aquí estoy, haciendo fila, para tomarme la foto infame que atestiguará que, con las manos atadas, fui metido en la Era de la Neocolonización de la Educación, que depreda la docencia y precariza al maestro. Está bien, desertores inconfesos de la dignidad, científicos del control biométrico, académicos de los concejos con dietas, intelectuales de jornada única: compraré tarjetas de felicitación el día del encierro del maestro; enjaularé pájaros extintos, iguanas de seis colores y pericos con alas de papel, para sentirme un preso exótico que no desea la libertad; imprimiré miles de elegantes tarjetitas de presentación, para repartirlas en las reuniones de Junta Directiva, y no dejar, ninguna duda, de que mi nombre es Licenciado, mi apellido Máster, mi número de expediente es el 69069, y que soy conocido socialmente como “el Doctor”. Son muchos títulos colgados del cuello, y, sin embargo, aún no sé de dónde putas proviene el compromiso infinitamente amargo de la docencia, y quiénes fueron los autores intelectuales de la masacre más horrenda contra la educación; iré al panteón municipal, los dos de noviembre, y escupiré la sangre universitaria que se derramó en nombre de la autonomía y la Reforma de Córdoba; jugaré al insurrecto siguiendo, al pie de la letra y del número, el manual impreso por el pequeño-burgués de la universidad de control; tiraré a la basura las revistas de mujeres desnudas y los libros de Marx y Weber, para no caer en la tentación de chulonear la burocracia; guardaré silencio en la solemne misa de la franja horaria y en el pasillo de la injusticia de las horas extra sin pago extra, para ganarme el título de: hijo meritísimo de la universidad, y de dignísimo guanaco hijo de la gran puta sin poema de amor; saludaré cada vez que entre a un auditorio desmemoriado –buenas tardes a todos, todas, todes y toditos-; le imprimiré, con fuego, un código de barras a mi historia, y un código binario a mi cerebro, para sentirme parte de la universidad de control.

Está bien, aves de pico quemado, olvidaré la mirada opaca de los que no pudieron graduarse por culpa de las franjas horarias; haré, de la estupidez pedagógica, una camisa a la medida, y de la sociología de la educación, una camisa de once varas; veré, con resignación, la precarización del docente universitario; hablaré sólo cuando me lo permitan, y con las palabras que me permitan, sin dejar de creer en la libertad de cátedra; me pondré una cara que haga juego con mi número, para no ser acusado de antiuniversitario; olvidaré el grito de los zapatos que quedaron abandonados en las gradas de catedral, un 30 de marzo y un 30 de julio.

Está bien: no diré nada, aunque me asfixie la culpa y tenga que ocultar mis gestos indignados. Está bien: degolladores implacables de la conciencia crítica, matarifes de la educación pública; verdugos de la palabra, fiscales de la verdad del auditor… dedicaré mis horas a hablar sobre la bondad del reloj biométrico que convierte en número al profesor; a fantasear con la hipotenusa de las esquineras sospechosas, aunque siga sin saber cuánto es dos por dos, en el conocimiento social; a alardear sobre la forma de preparar un programa de estudio pétreo, aunque no pueda redactar un proyecto contra la posverdad; a soñar con la sonrisa del burócrata castrense y su homilía sobre el control; a imaginar el jugoso coseno de la didáctica cronometrada; a arreglar el mundo, desde la comodidad del escritorio que tortura mis nalgas con neutralidad barroca, aunque siga sin entender la mundanidad teórica de la vida en la calle.

Está bien, ustedes mandan, haré todo lo que me ordenan, sin protestar, sin fruncir la cara, sin putear a nadie, sin sacarle la lengua a los que venden a sus colegas por un sobresueldo… y, entonces, llenaré los requisitos para tomar mi puesto en esa larga fila de la burocracia que nos corta las venas con un minutero; esa larga fila de cabezas gachas que me recuerda la entrada al matadero, o a la universidad de control que hace, de la educación, una maquila; del cerebro, un casillero; del aprendizaje, un acto de repetición litúrgica; y de la mística, un infalible reloj biométrico.

Está bien, haré mía la visión retrógrada de la sociología, para impedir que mis clases consulten la calle; seré un experto en el complejo proceso de memorizar más de cien citas bibliográficas sin parir una idea propia, aunque no sea capaz de recordar los componentes de la fórmula para impulsar el aprendizaje significativo de los cuerpos-sentimientos.

Pero… no les garantizo nada, porque la conciencia es un animal indomable que deambula por la universidad pública del pasado. La conciencia es una enfermedad crónica que no tiene cura mientras existan aulas cundidas de cuadernos hambrientos. No les garantizo nada… ¡NADA! porque la dignidad social es un mal “yo pecador”.