Por Alonso Rosales
La economía estadounidense enfrenta una combinación de presiones que está poniendo a prueba a pequeñas y grandes empresas: combustibles más caros, interrupciones en las rutas marítimas, aranceles, problemas climáticos, dificultades para conseguir insumos y una inflación que comienza a trasladarse nuevamente a distintos sectores de la economía.
El problema no es únicamente el impacto inmediato de la guerra con Irán. El escenario descrito por empresarios y especialistas consultados por CNN muestra una cadena de dificultades que se acumulan desde hace varios años y que, en algunos casos, resultan más difíciles de administrar que las perturbaciones experimentadas durante la pandemia de covid-19.
Jeff Vojta, director ejecutivo de Dilworth Coffee, una distribuidora de café con sede en Raleigh, Carolina del Norte, resume la situación desde la perspectiva de una empresa que depende de mercados internacionales. Después de enfrentar en 2024 una mala cosecha brasileña y el incremento de los precios del café, la compañía tuvo que afrontar posteriormente los efectos de los aranceles estadounidenses y, este año, el impacto de la guerra en Medio Oriente y de las alteraciones climáticas asociadas al fenómeno de El Niño.
“Simplemente hay demasiada incertidumbre”, explicó Vojta.
La diferencia con la crisis de 2020 está precisamente en la naturaleza de las perturbaciones. Durante la pandemia, las cadenas de suministro prácticamente se paralizaron en numerosos puntos del planeta. Puertos congestionados, fábricas cerradas y falta de productos provocaron una crisis visible y generalizada.
Ahora el escenario es más irregular.
El transporte marítimo continúa funcionando, pero con mayores costos, retrasos y riesgos. Los barcos deben modificar sus rutas para evitar zonas consideradas peligrosas, mientras las empresas enfrentan aumentos en combustibles, seguros, fletes y almacenamiento.
Ryan Petersen, director ejecutivo de Flexport, sostiene que los desvíos provocados por la inseguridad en el mar Rojo y otras interrupciones han reducido considerablemente la capacidad efectiva del transporte marítimo mundial.
A esto se suman fenómenos meteorológicos que han afectado importantes centros logísticos asiáticos. Los tifones que golpearon la región de Shanghái provocaron cierres y retrasos en uno de los principales puntos del comercio internacional.
El resultado es una economía en la que el producto puede seguir llegando, pero hacerlo cuesta mucho más.
Uno de los principales canales de transmisión de esta crisis es la energía.
El aumento del precio del diésel afecta directamente al transporte terrestre, la agricultura, la distribución y prácticamente cualquier actividad que dependa de vehículos comerciales.
Para las empresas pequeñas, el problema es particularmente delicado. Absorber temporalmente los aumentos puede evitar perder clientes, pero reduce los márgenes de ganancia. Trasladarlos inmediatamente al consumidor puede disminuir las ventas.
Sean Brownlee, director ejecutivo de Ravenox, fabricante de cuerdas, cordones y correas, describe precisamente ese dilema. Según explicó, las pequeñas empresas intentan absorber los costos adicionales hasta que ya no tienen capacidad para hacerlo.
El problema, por tanto, no se limita al precio de un barril de petróleo. La energía más cara termina incorporándose al costo de transportar alimentos, materias primas y productos terminados.
La administración de Donald Trump ha sostenido que una eventual normalización de la situación en el estrecho de Ormuz podría contribuir a reducir rápidamente los precios energéticos.
El propio Trump afirmó que los precios del petróleo caerían con fuerza una vez solucionado el conflicto.
Sin embargo, la estructura actual de los costos empresariales hace que una eventual reducción del petróleo no necesariamente produzca una disminución inmediata de todos los precios.
Los empresarios ya han contratado transporte a costos elevados, han reducido inventarios y han tenido que buscar proveedores alternativos. Algunos sectores también enfrentan problemas de producción derivados de factores climáticos.
Además, cuando los costos de servicios aumentan, la reducción posterior de la energía no necesariamente provoca una caída equivalente de esos precios.
Por eso, la pregunta que enfrentan las empresas no es solamente cuánto cuesta hoy producir o transportar un producto, sino cuánto costará dentro de tres, seis o doce meses.
La experiencia de Dilworth Coffee ilustra cómo distintos problemas internacionales terminan acumulándose sobre una empresa estadounidense.
La compañía tradicionalmente podía planificar sus compras de café con entre 12 y 24 meses de anticipación. Ahora, según Vojta, ese horizonte se ha reducido a entre tres y seis meses.
El fenómeno de El Niño genera incertidumbre sobre las cosechas de países productores como Brasil y Vietnam. Al mismo tiempo, los costos de transporte dificultan almacenar grandes cantidades de café.
La consecuencia es una reducción del margen de maniobra.
Vojta señala que las ventas de su compañía, que normalmente podían variar alrededor de 5% mensualmente, ahora registran fluctuaciones de hasta 20%.
Esto demuestra cómo una perturbación internacional puede terminar convirtiéndose en un problema financiero para una empresa local y, posteriormente, trasladarse al consumidor.
La comparación con la pandemia debe manejarse con cautela porque se trata de dos crisis diferentes.
Durante el covid-19, la economía mundial enfrentó cierres simultáneos, restricciones sanitarias y una paralización extraordinaria de numerosas actividades. El problema actual, en cambio, está marcado por una sucesión de interrupciones parciales.
Las rutas marítimas se abren y vuelven a cerrarse. Los precios bajan y posteriormente aumentan. Los proveedores cambian. Los inventarios se reducen. Los costos energéticos se modifican rápidamente.
Para los empresarios, esa volatilidad puede ser particularmente difícil porque dificulta realizar presupuestos y comprometer inversiones.
Jack Buffington, director del Programa de Cadena de Suministro de la Universidad de Denver, calificó la situación como un problema energético de una naturaleza diferente a la pandemia.
El elemento común, sin embargo, es la incertidumbre.
La crisis empresarial tiene una segunda dimensión: el consumidor estadounidense.
Las compañías necesitan trasladar parte de sus mayores costos a los precios finales para proteger sus márgenes, pero sus clientes también están enfrentando inflación y menor capacidad de gasto.
El resultado puede convertirse en un círculo complicado: mayores costos de producción, precios más elevados, consumidores más cautelosos y empresas que reducen sus márgenes para mantener sus ventas.
Para las pequeñas compañías, que generalmente cuentan con menos liquidez que las grandes corporaciones, esta situación puede ser especialmente difícil.
La incertidumbre también puede retrasar inversiones, contratación de trabajadores y expansión de negocios.
La principal característica del actual escenario es que no existe una sola causa.
La guerra con Irán ha incrementado los riesgos energéticos y de transporte. Los problemas de seguridad en rutas marítimas agregan costos. Los fenómenos climáticos afectan puertos y cosechas. Los aranceles modifican los precios de determinados productos. Y la volatilidad internacional dificulta las decisiones empresariales.
Por eso, incluso una eventual reducción de las tensiones en Medio Oriente no eliminaría automáticamente todos los problemas.
Los empresarios estadounidenses no están enfrentando solamente una crisis de petróleo o una crisis de transporte. Están intentando operar en una economía global en la que varios factores de riesgo están ocurriendo simultáneamente.
La diferencia con 2020 es significativa: entonces el mundo sabía que enfrentaba una emergencia sanitaria extraordinaria que había paralizado buena parte de la actividad económica. Ahora, las empresas deben tomar decisiones mientras las condiciones cambian constantemente.
Y para un empresario, quizá uno de los costos más difíciles de administrar no sea únicamente el precio del combustible, del café o del transporte, sino no saber cuánto costarán mañana.